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April 4, 2018

Historias secretas de la II Guerra Mundial

Aquello había sido “un acto extraño y maravilloso de la Providencia”

Redacción de Prisma

Era cerca de la Navidad de 1944 y Alemania todavía confiaba en ganar la II Guerra Mundial y dominar a todo el mundo. Bajo el mando del general Dwigth Eisenhower las fuerzas aliadas Llegar hasta Francia; el cuartel del comandante Eisenhower estaba en Versalles.

Representantes de todos los aliados se reunieron en Reims para darse ánimo. Se presentó un breve noticiario cinematográfico con los oficiales deseando feliz Navidad a sus repectivos pueblos. Después de una caravana de coches comenzó el regreso a Versalles. En uno iba el reportero John Carlova. Delante de él iban Eisenhower y su chofer en un Cádillac verde olivo.

Anochecía y empezó a nevar; el camino con hielo se puso muy peligroso. Carlova y sus compañeros perdieron tiempo cambiando una llanta que se reventó. Cuando, finalmente avanzaron, en el cruce de dos carreteras hallaron a muchos policías militares que paraban  y en la confusión de las sombras vieron un sedán verde olivo volcado con toda la parte delantera destruida.

Exclamaron: “Dios mío, el automóvil de Eisenhower”. Pero no era un Cádillac. Al lado yacían dos cadáveres, un coronel y un cavo. Un centenar de alemanes logró metros en París con uniformes americanos y confundieron aquel sedán con el del general. Sin embargo Eisenhower no aparecía.

Cuando por fin llegaron Carlova y sus compañeros a Versalles, se juntaron aterrados con todo el personal. Una muchacha sollozaba: “Lo mataron, lo mataron”.

De repente Eisenhower entró con su chofer, rodeado de una docena de policías militares. Se asombró cuando le dijeron lo que había sucedido.

Finalmente, Carlova le preguntó al chofer por qué no venía con la caravana. “A unos 25 kms. de París vimos a un par de viejos sentados al borde de la carretera. La mujer lloraba. El general me hizo parar para ver de qué se trataba. Iban a casa de su hija, en París. Habían caminado el día entero bajo el frío y la nieve, desde un lugar distante del norte, y la anciana ya no era capaz de dar un solo paso más. “Usted sabe cómo es el general. Insistió en que teníamos que llevarlos ”.

Carlova entendió entonces, que aquello había sido “un acto extraño y maravilloso de la Providencia”. El chofer terminó: “Tuvimos que desviarnos mucho para poder llevar a la pareja a París. ¡El general siempre está haciendo buenas obras!”.

Adaptado de Historias secretas de la última guerra.

Tomado del Noticiero Milamex 2005