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November 28, 2017

45 minutos en el consejo tutelar

Comprendí el amor de Cristo hacia los nobles de corazón, a los que tienen hambre y sed de justicia

Por María de Jesús Badillo

Un grupo de señoras me había invitado a tener una pequeña charla con los niños de uno de los Consejos Tutelares de México. Me advirtieron que me limitara a quince minutos como máximo, pero que si algún niño denotaba cansancio o aburrimiento, debería que suspender mi intervención.

Por un momento me sentí presionada. Pedí a Dios que me ayudara a tener facilidad de palabra y que fuera mi plática lo suficientemente motivante.

Seleccioné la historia de José, uno de mis personajes bíblicos favoritos, narrada de acuerdo a mi memoria, enfatizando los aspectos relevantes y comparando que este joven José también fue despreciado, vendido y humillado al igual que ellos, pero sin haber cometido ningún delito.

Observé los grandes ojos de los pequeños, la humildad ya la vez el interés que esta historia despertaba en ellos. Era como si el Espíritu de Dios los alertara. Cuando seguí hablando de todas y cada una de las injusticias sufridas por José, y cómo aún él creía y oraba a Dios, fue como confrontarlos a ellos mismos: Y yo, ¿qué hago?

Cuando referí el punto final y les expliqué cómo había llegado a ser el segundo de Faraón, cómo había recibido el anillo que le daba la autoridad y cómo aquel sueño de joven se cumplía, los niños quedaron pasmados. Volteaban a verse unos a otros.

Lo maravilloso de esto fue que entendieron el propósito, el ministerio de José: rescatar a su propia familia y aun al pueblo que servía. Les pregunté: ¿A quién le gustó la historia de José? ¿Quién cree que esto fue real? Levantaban una y otra vez la mano, hasta que alguien quiso saber:

—¿En dónde está esta escrita? ¿Nos la puede dar?
—¡Claro que sí!

Sentí deseos de llorar, de clamar a Dios, conmovida de esta increíble respuesta. Comprendí el amor de Cristo hacia los niños, a los humildes, a los de noble corazón, a los que tienen hambre y sed de justicia.

Aún tengo en mi mente las caritas expresivas, sus ojos sufridos y sus manos levantadas cuando les hice la invitación a ser un José con un fuerte amor a Dios.

Habían pasado cuarenta y cinco minutos que no se tienen sentido. Solo me daba cuenta que el corazón me iba a explotar de gozo y felicidad. El agua que Dios me había provisto había calmado su sed, y aun la mía propia.