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Un sentimiento de soledad me envolvía al verme perdida en la inmensidad del río

por Elsa Chigne C.

Las cartas de mi tía llegaban una tras otra, persuasivas, buscando arrancar el permiso a mis padres para llevarnos de vacaciones a mis dos hermanos mayores y a mí. Sería un primer viaje para una niña de siete años de edad, un sueño que prometía hacerse realidad.

Mientras el carro se alejaba, al ver la figura de mi madre empequeñecerse por la distancia, mis ojos se llenaban de lágrimas y quería volver a casa. Pero como todo niño voluble en sus emociones, al contemplar los valles y el contraste de las altas montañas cubiertas de nieve en cuyas faldas se delineaba el camino curvo del río, mi asombro acalló mi tristeza.

Después de varias horas el carro paró y la voz de la tía nos pidió bajarnos. Una persona me levantó en sus brazos y me subió a un caballo, amarrándome con fuertes soguillas a él. Me dijo: “Cruzarás este río. El caballo sabe nadar y tú eres una niña valiente”.

No hubo llanto ni protestas; todo fue muy rápido. Me sujeté fuertemente del cuello del animal buscando su protección. Me sentía mareada al mirar las aguas en movimiento y cerré los ojos mientras la corriente nos llevaba río abajo. Un intenso frío congelaba mis pies, entumecidos por el contacto con las aguas. El frío provenía también del miedo que viví en esos momentos. Estaba aterrorizada. El tiempo me pareció interminable.

Un sentimiento de soledad me envolvía al verme perdida en la inmensidad del río.

De pronto escuché voces. Cuando abrí los ojos alguien esperaba al otro lado. Un gran suspiro de alivio me acompañó. Realmente el caballo sabía nadar y estábamos en tierra firme.

El miedo no tiene rostro ni edad. Algunas veces puede aparecer circunstancial. Otras, se va enquistando poco a poco en la vida de las personas hasta hacerse parte de ellas. Su presencia en algún momento puede ser normal y hasta motivadora, porque desafía nuestro valor.

Sin embargo, no es normal vivir con las marcas de la inseguridad, esperando siempre lo peor. Produce una inquietud paralizante en la vida; no nos permite avanzar en nuestros sueños, aceptar desafíos, amar o asumir responsabilidades por temor al fracaso.

Un ingrediente que puede tocarnos muy de cerca es la preocupación, un estado ansioso de adelantarse a situaciones improbables o magnificar dificultades reales. Las preguntas se suceden una tras otra, martillando el cerebro como una gotera que termina perforando el lugar donde cae. Del mismo modo, los afanes y temores pueden afectar nuestra salud mental.

Las presiones de la vida moderna son una continua amenaza a nuestra relación de pareja, a la comunicación con nuestros hijos y familiares. Crean grandes brechas para el acercamiento amistoso. Estos elementos nos llenan de zozobra y temor. De allí que independizarnos de Dios es una arrogancia, una forma de autosuficiencia destructiva. Es como ir a una batalla campal desprovistos de los elementos de defensa mínimos para el combate.

El Señor nos dice: “No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27). Es una sentencia que lleva autoridad. Jesús vivió la traición del amigo, la negación del discípulo, el abandono espiritual de su Padre. Supo del temor envuelto en soledad. Se identificó con nuestra humanidad y por eso puede compadecerse de nuestras debilidades.

Con Jesús tenemos los recursos sobrenaturales que necesitamos para enfrentar las dificultades y los temores. Con Él, nuestras buenas intenciones, métodos y técnicas alcanzan los propósitos de la voluntad puesta en marcha.

¿Cuáles son las armas del creyente? Una actitud de acercamiento y de búsqueda de la presencia de Dios en oración y meditación de las Escrituras, nos permitirá renovar nuestros pensamientos que fácilmente se acomodan a la cultura, a las tradiciones, al sistema y al humanismo tan secularizado que no toma en cuenta a Dios.

El apóstol Pablo nos pide: “Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). Nos insta a mirar la perspectiva divina en lo que pensamos y en lo que hacemos.

Aceptemos el desafío de comprobar que el día de hoy es mejor que el de ayer. Atrevámonos a poner en acción la fe. Podemos cruzar los ríos embravecidos y los remolinos de nuestros temores poniendo nuestros ojos en el Autor y Consumador de nuestra fe.

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