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Salud emocional

Cómo vencer el rencor

Se cuenta de un hombre infeliz fracasado en sus negocios porque abrigaba un rencor en su corazón contra un colega exitoso

Por Eliseo Hernández Echegoyén

Se cuenta de un hombre infeliz fracasado en sus negocios porque abrigaba un rencor en su corazón contra un colega exitoso.

El famoso pastor Norman Vincent Peale le aconsejó deponer ese mal sentimiento alimentado por la envidia, y que para lograrlo hiciera tres cosas: orar a Dios pidiéndole que bendijese a su competidor con más éxito en los negocios, prestarle alguna atención a aquel hombre y dispensarle alguna cortesía.

Se resistió al principio, pero como no tenía paz y cada vez más iba rumbo al fracaso, decidió probar. Después de orar, invitó a su adversario a comer.

¿El resultado? Una fructífera amistad entre ambos. Además, quitado el rencor, desapareció lo que le impedía triunfar en su negocio, y aquel hombre comenzó a tener éxito comercial.

La oración y la acción amigable fueron las claves para combatir el problema. Cuando la oración es sincera, actuamos de acuerdo con el espíritu de nuestra petición y entonces viene la bendición de Dios.

El apóstol Pablo recomienda en la carta a los Romanos: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis… No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres… No os venguéis vosotros mismos… si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber… No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”.

El rencor no logra nada bueno, y la primera víctima es la misma persona que lo lleva. Entonces por nuestro propio bien y por el de otros, debemos combatirlo. “Mirad bien”, dice el autor de Hebreos, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”.

El poeta Amado Nervo expresó la inutilidad del rencor en la siguiente poesía:

“¡Rencores! ¿De qué sirven? ¿Qué logran los rencores?
Ni restañan heridas ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene tiempo solo para dar flores
Y no prodiga savias en pinchos punzadores.

Al pasar mi enemigo cerca de mi rosal se llevará
Las rosas de más sutil esencia;
Y si notare en ellas algún rojo vivaz,
Será el de aquella sangre que su malevolencia
De ayer vertió al huirse con encono y violencia,
Y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz”.

Las almas grandes y sensibles han combatido el rencor. No guardan resentimientos, ni odios, ni amarguras. José Martí escribió:

“Cultivo una rosa blanca
En junio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca;
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo
Cardos ni ortiga cultivo:
Cultivo una rosa blanca”.

Simón Bolívar, después de haber tomado la copa amarga de la ingratitud de los suyos, exclamó: “Al sepulcro es donde me han conducido mi conciudadanos”. ¡Qué grande era aquel hombre! Para probar la sinceridad de su perdón, hizo quemar las cartas y documentos donde se evidenciaba la maldad y felonía de sus enemigos.

¿Qué espíritu debe tener el seguidor de Cristo? El apóstol Pablo nos aconseja en Colosenses:

“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia;  soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto”.

El rencor es como un gusano que carcome el árbol de la vida. Guardar por mucho tiempo el rencor, es como llevar una espina envenenada hincada en el alma. Hace la existencia infeliz y lleva al fracaso. Es parte de la sabiduría diabólica, como lo describe Santiago:

“Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”.

Para combatir el rencor, el ejemplo más bello y poderoso es el Señor Jesús. Él nunca abrigó tales sentimientos. En Él podemos aprender a amar y perdonar, como Él amó y perdonó.

Dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas”. Solo aprendiendo de Cristo e imitando su ejemplo, combatiremos con éxito el sentimiento del rencor, nos apartaremos de los resentimientos y arrancaremos las raíces de amargura.

Oremos por quienes nos desagradan y menosprecian. El rencor es el estado que inutiliza el poder espiritual.

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