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Para hombres

El valor de rendir cuentas a otros

Consejos prácticos para servir de manera más efectiva, junto con personas significativas

 

por Luis Gabriel César Isunza

Últimamente se habla mucho sobre el asunto de la corresponsabilidad, o el rendir cuentas. Nos hace falta a todos los cristianos, tener un equipo de personas con las cuales seamos totalmente auténticos y vulnerables.

Como pastor que soy, sé que el ministerio es un lugar donde se viven largos períodos de soledad. Intentamos levantarnos el ánimo, sacar fuerzas de la debilidad, dejar viejos hábitos que nos frenan y quitan potencial de nuestra vida. Pero procuramos hacerlo en la soledad de nuestra alma.

Sé que Dios trata con muchos de nosotros, como lo hizo con el personaje bíblico de Jacob, cuando nos quedamos solos. Pero así no debería ser siempre. Jesús mismo nos habló de la necesidad de personas que lucharan con nosotros en momentos de necesidad.

La idea original del Señor era que sus once discípulos pasaran el tiempo difícil con Él en Getsemaní antes de su arresto. En un momento de verdadera angustia les abrió el corazón para decirles: “Me estoy muriendo de tristeza” (paráfrasis del autor). No les confesó esto delante de las multitudes ni de los Setenta, sino solo a aquel grupo pequeño de personas con las cuales había pasado la mayor parte de su ministerio en la Tierra.

Jesús esperaba que los discípulos al final respondieran, pero le fallaron. El sueño y el cansancio fueron más fuertes que la petición de auxilio de su Señor.

Esta historia presenta muchas facetas ricas, pero una de las gemas allí escondidas es el hecho de que Jesús tenía su grupo de personas con las cuales practicaba la corresponsabilidad.

Ahora, aunque estemos convencidos de la importancia de tener un grupo así, quizá de no más de dos o tres integrantes, el problema es escogerlos. A la verdad, algunos que han intentado seguir este plan han salido más dañados que bendecidos a final de cuentas. ¿Cuáles son los criterios que debemos tomar en cuenta?

En primer lugar, mencionaré cinco categorías de peligro:

1) Los que confían demasiado en sí mismos.

Personas de este tipo tratarán a toda costa de valerse de sus propios esfuerzos para lograr las cosas espirituales, pero lo cierto es que la Biblia nos advierte: “El que piense estar firme, mire que no caiga”. No estoy hablando de alguien que tiene su confianza puesta en Dios, sino del que tiene demasiada confianza en sus propias capacidades.

2) Los que no son sensibles.

¿Podemos imaginarnos a una persona a la que abrimos nuestro corazón solo para ser juzgados por ella? La falta de sensibilidad es síntoma de una mente dura.

Los que jamás lloran o ríen de la vida, tienen un problema serio. A menudo cubren su dolor y amargura bajo máscaras de espiritualidad y piensan que expresar emociones es señal de carnalidad. Para ellos, solo les recuerdo que “Jesús lloró”. Un buen consejero es sensible a lo que sienten otros.

3) Los que no tocan.

Es obvio que una persona que no nos abraza o saluda sinceramente, está colocando barreras físicas a la amistad. Indica que en lo esencial no es auténtico. Anuncia a todos: “Cuidado, no pase”. Si en cuestiones como estas no puede abrirse, ¿cómo serán las barreras de su alma?

4)  Los que no necesitan del compañerismo.

Siempre habrá algunos que piensan que eso del compañerismo es una pérdida de tiempo. Están enfocados en los principios y en los programas, pero no en las personas. En el proceso no cuidan de los suyos, porque lo importante para ellos es terminar su proyecto, al costo que sea, aunque hayan lastimado la autoestima de alguien o estorbado su crecimiento espiritual.

5) Los que usan a las personas y aman las cosas.

Inexorablemente encontraremos en nuestro caminar con Dios, personas que son así. Lo más seguro es que si le abrimos el corazón a uno de ellos, se aprovechará de lo que le digamos para su propio provecho. Para que sean usados por Dios, deben poner en su lista de prioridades primero las personas y al final las cosas.

¡Cuántos peligros! Ahora compartiré cinco ideas prácticas de cómo juntar nuestro grupo de corresponsabilidad:

1) Siga la regla de oro y sea un amigo.

Todo este tiempo hemos hablado de cómo buscar a personas confiables, pero debemos comenzar por nosotros mismos. Es decir, de todos los asuntos mencionados, ¿califica usted como un buen candidato, digno de ser tomado en cuenta por otros?

2) Obedezca los mandamientos de Dios.

En las Escrituras encontramos muchos ejemplos de la importancia de las relaciones de los unos con los otros en el cuerpo de Cristo. Solo en el Nuevo Testamento existen más de 70 referencias a este concepto.

3) Fije los momentos óptimos para asimilar enseñanza en su vida.

Uno de los problemas que he observado en mi propia experiencia, es lo difícil que es apartar el tiempo para esto. Como todo el mundo, mi agenda está llena de compromisos, cultos, conferencias, consejería, visitación, hospitales y muchas cosas más.

Pero este asunto del grupo de corresponsabilidad, debe tomar un espacio en nuestra agenda. Los problemas aparecen a diario, y debemos mantenernos por delante de las crisis, capacitándonos y perfeccionándonos a través del apoyo mutuo, estableciendo con toda antelación los momentos óptimos para lograr asimilar lo que Dios quiere hacer con nosotros.

4) Reconozca que necesita de otros.

Todos los que servimos a Jesucristo, sabemos que el ministerio ofrece muchos retos que difícilmente libraremos en la soledad de nuestra alma. Estamos para compartir. Si no aprovechamos la compañía de amigos y consiervos, poco haremos para ser más eficaces en la obra de Dios.

5) Acepte y aprecie las diferencias de otros.

Uno de los problemas serios de las relaciones, es que batallamos constantemente con las diferencias con los demás. Un consejo sabio sería el hacer de nuestras diferencias, una fuente de poder y creatividad.

En nuestro maravilloso mundo, observamos que las manos divinas formaron cosas totalmente diversas, desde los variados matices del mar y de las flores, hasta las personas mismas. Ver que somos diferentes, nos habla del poder ilimitado de Dios. Debemos dar gracias al Señor por la originalidad notada en las personas que nos rodean, y gozarnos con las diferencias.

Las pautas arriba mencionadas no son sino consejos prácticos que podemos hacer nuestros si deseamos servir de manera más efectiva, rodeándonos de personas que hagan una diferencia significativa en nuestra vida personal y profesional. Pensemos en Jesús, quien edificó su ministerio a través de personas que compartieron su visión, sus metas, su vida misma. Además, Él utilizó un proceso para formarlos, hasta que cada uno llegara a ser la persona que había concebido.

¡Pensemos ahora mismo en las personas con las que hemos de compartir nuestro ministerio, para la gloria de Dios!

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