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Salud emocional

¿Vale la pena mentir?

El que de verdad sigue al Salvador, se aparta siempre de la mentira

Por Felipe Güereña

En estos días parece que casi todo lo que practicaban nuestros abuelos, ha pasado de moda. La vida moderna rechaza mucho de lo que se consideraba válido hace cincuenta años. Pero desgraciadamente, hay algo que no ha pasado de moda: la mentira. Es más usada que nunca.

Sin embargo, todavía sigue siendo algo sumamente peligroso, porque siempre ha sido un arma de dos filos.  Destruye (a lo menos lo intenta) la verdad y el carácter del que la utiliza. Es una trampa diabólica para defraudar y para engañar. Pero al fin, el que queda defraudado y engañado es el mentiroso. Cuando un tipo de estos es descubierto, ya nadie le cree. La cosa más triste todavía es que él se crea sus mentiras.

¿Hay una base bíblica para todo esto? Claramente se ve en la Biblia cómo comenzó la mentira y el por qué de la mentira.

La base de la mentira se encuentra en el primer libro de la Biblia: Génesis. Este libro se dedica a explicar el principio de todas las cosas. Los primeros dos capítulos relatan la creación directa y divina del hombre. Dios puso la primera pareja humana en el huerto del Edén, y le dio solamente un mandamiento: “De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”  (Génesis 2:16, 17).

Pero el diablo tentó a la mujer. Ahora debemos aclarar que sufrir una tentación no es pecado. El pecado viene cuando uno se deja dominar por la tentación pecaminosa. Aquí la tentación se presentó en forma de una duda. Dijo la serpiente: “¿Con que Dios ha dicho: no comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1).

La mujer tenía la oportunidad de rechazar esta pregunta insultante, si se hubiera apoyado en la certeza de lo que Dios había dicho. Pero lo compuso a su modo y respondió: “dijo Dios: no comeréis de él ni le tocareis para que no muráis” (Génesis 3:3). Ya que la mujer se atrevió a añadir a las palabras de Dios, Satanás contestó con otra mentira: “no moriréis; sino que sabe Dios que el día que comas de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:4-5).

Cuando la mujer y el hombre probaron del fruto prohibido, cayeron en pecado. Con ese acto condenaron a la raza humana a un origen pecaminoso. La frase de Eva: “Ni le tocaréis” y la acción de comer, hicieron que el hombre sufriera la muerte espiritual. No solo esto, sino que también la naturaleza cayó en condenación (Romanos 8:19-22).  La tierra produce desde entonces espinos y cardos. La mujer da a luz con dolor. Y sobre todo, existe una barrera entre Dios y el hombre, donde antes había comunión perfecta.

Como resultado, Dios tuvo que despojarse de su gloria y bajar a la Tierra en forma humana. El pecado originado por la mentira, hizo que su Creador viniera y muriera por el hombre en la cruz. Por medio del sacrificio de Cristo, podemos librarnos al fin de la culpa de nuestros pecados.

En la historia bíblica, Dios escoge al pueblo judío como su posesión personal y le da instrucciones precisas de cómo llevar su religión. Cómo guía cotidiana del judío da los Diez mandamientos. El noveno mandamiento es: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16). Para decirlo de otra manera: No mentirás. Para cumplir con Dios, el israelita estaba obligado a desterrar la mentira de su vida todos los días.

Pero temprano en su historia, Israel cayó en pecado cuando trató de reconquistar su tierra. En los primeros capítulos del libro de Josué, Dios les dijo que no debían tomar de los despojos de la conquista de Jericó. Pero hubo uno, llamado Acán, quien desobedeció a esta orden. Por lo tanto el pueblo de Jehová sufrió derrota en su siguiente batalla.

Josué, el comandante y líder espiritual, le preguntó a Dios la razón de esa derrota. La respuesta fue: “Israel ha pecado, y aún ha quebrantado mi pacto que le mandé; y también han tomado del anatema y hasta han hurtado, han mentido. . .” (Josué 7:11).

Ya nuevamente en Palestina, los judíos siguieron practicando la mentira. El Profeta Isaías dijo al pueblo: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2,3).

Los profetas también dieron visiones falsas. Se preocuparon por darle al pueblo lo que él quería oír y no lo que Dios había dicho. (Ezequiel 13:4-10 y 20-23). Miqueas dijo: “Sus jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿no está Jehová entre nosotros? no vendrá mal sobre nosotros” (Miqueas 3.11). Esto es, confiaron en sus mentiras y esto los hizo errar. Lo más triste y desdichado es cuando el tramposo se engaña a sí mismo.

Es obvio que la mentira desagrada a Dios. Esto es porque esencialmente, es desobediencia y rebelión contra Dios y su persona. Por lo tanto, el mentiroso se aleja del Creador. El castigo que Dios imparte a esa persona o pueblo, está en alejarse de Él. Esto trae resultados drásticos.

Actualmente es muy común la mentira en todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, existe una frase común que muy rara vez se cumple: ”Haré todo lo posible”. Se usa con la mayor tranquilidad como si no fuera engaño. Con razón hace falta firmeza y paz en nuestras vidas.

Jesucristo dijo: “Yo soy la verdad”. El que de verdad sigue al Salvador, se aparta siempre de la mentira. Hay que reconocer que somos perversos sin Cristo. Solamente en Jesús hay salvación y poder para vivir una vida completamente dedicada a la verdad. El resultado es paz con Dios, con uno mismo y con el prójimo.

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