Vidas transformadas

Una venganza fallida

Hubo momentos tan felices, acompañada de mi papá, mi hermano y mis primos, que yo decía: “Estoy tan feliz y contenta que ni necesito a Dios”

Testimonio de Elizabeth Rodríguez Guzmán
Contado a Rebeca Lizárraga

Mi esposo y yo ya teníamos tiempo de vivir separados, pero ese sábado su abuelo me pidió a mis dos hijitas y vino temprano para llevarlas al parque a jugar con otros de sus nietecitos. Aproveché la mañana para hacer algunos pagos y comprar la despensa. A las 3 de la tarde, al abrir la puerta de mi departamento, una explosión que cimbró todo el edificio me envolvió en llamas.

Los brazos, la espalda y la cara se me quemaron tanto, que me significaron un año y dos meses en el hospital y 14 operaciones. Un primo y dos vecinos al tratar de sacarme del departamento incendiado, también sufrieron grandes quemaduras. Todo parece indicar que se trató de un plan maquinado por mi ex esposo y su familia para quedarse con mis hijas, que actualmente tienen 10 y 12 años.

De hecho, en el día de la explosión, aquel sábado 11 de noviembre de 2011, iniciaba yo el juicio para tener la guarda y custodia completas de mis hijas. Y como una venganza por esa acción, presuntamente mi ex marido quiso matarme.

Mi vida, como la de casi cualquier persona, había tenido altas y bajas, grandes dificultades, agresiones, maldades y desencuentros. Pero también hubo momentos tan felices, acompañada de mi papá, mi hermano y mis primos, que yo decía: “Estoy tan feliz y contenta que ni necesito a Dios”. Desde luego que otras veces dije: “¿Por qué me pasa esto a mí? ¡Dios se olvidó de mí!”.

Ahora que ya lo conozco, sé que Él me ama, tiene propósitos concretos, claros y hermosos para mi vida y para mis hijitas. Viendo todo desde una nueva perspectiva, me doy cuenta de que a pesar de las dificultades, Él nunca me abandonó, sino que siempre proveyó cuidados y atenciones médicas para mí, nunca faltó la provisión para mis hijas. En todo puedo ver su dirección. Me perdonó y me ha transformado.

En el tiempo tan duro del accidente, estuve en estado de coma durante los primeros tres meses. Fue después cuando conocí a Jesucristo. Primero me habló de Él, el pastor de la Iglesia donde iba mi hermana mayor. Aunque me resistía a aceptarlo y conocerlo, en el silencio de la noche oía su voz, sus consejos, su dirección y su amor.

Vengo de una familia especial. Mi hermano y yo nacimos y vivíamos en ese tiempo en Tizayuca, Hidalgo. Cuando mis padres se casaron, mi mamá ya tenía tres hijos adolescentes. Nació mi hermano, Andrés, y año y medio después nací yo. A los seis meses de mi nacimiento, mis papás se separaron. Mi madre nos dejó a nosotros dos con mi papá, porque le dijo que ella no podía con todos, los hijos grandes y además los pequeños.

Mi padre se hizo cargo de nuestra alimentación, cuidados y educación. Ayudado por sus hermanas y mi abuelita paterna, salimos adelante. Mi padre nos enseñó a colaborar en todo en la casa, a hacernos responsables, a estudiar, a ser independientes. Él tenía un puesto de barbacoa y a partir de su trabajo había suficiente para cubrir las necesidades de nosotros tres.

Apenas tenía 45 años cuando enfermó de cáncer en el estómago. En esa condición, él me infundió la inquietud de quién era Dios. En su postración por su enfermedad, leía la Biblia, una Biblia que también tiene su historia.

Una vez llegó a la casa un amigo y empezó a renegar ante mi papá de la vida y de que le iba mal en el trabajo y en todo, y dijo: “Y mira, ni este libro, la Biblia, me pudo ayudar”, y la echó a un bote de basura y se fue. Mi papá la recogió. En su lectura encontró a Cristo, le pidió que entrara a su vida. Antes de morir, me dijo que sabía que sería recibido por Él en la gloria.

A partir de la muerte de mi padre, mi hermano y yo nos cambiamos a la Ciudad de México. Mi mamá nos alquiló un departamento que tenía en la zona de Vallejo, mientras que ella se quedó con la casa de mi papá en Tizayuca. Y mira qué ironía: cuando me iban a hacer unas de las operaciones por las quemaduras, mi mamá me llevó un papel para que lo firmara y lo hice. Después supe que de esa manera le cedí legalmente los derechos de la casa que mi papá me había heredado.

Buscamos trabajo, yo encontré uno como edecán y mi hermano, que empezaba a estudiar ingeniería en informática, consiguió un trabajo en una empresa productora de medicamentos. Lo lamentable es que a los 29 años mi hermano Andrés murió por un accidente automovilístico en carretera, cuando ya le faltaba solo un semestre para terminar su carrera.

Duró tres meses hospitalizado y ahí fue donde más fortalecimos nuestra relación como hermanos, pues platicábamos de nuestra infancia, juegos, trabajos y estudios. A él le preocupaba que me iba a dejar sola con el padre de mis hijas. Era un chico muy estudioso y tranquilo. Una gran persona y un hermano cariñoso.

Mi ex esposo, ocho años mayor que yo era un hombre muy violento. Me golpeaba cuando no estaba de acuerdo con algo. Cuando mi hermano estaba enfermo se enojaba porque yo quería ir a visitarlo al hospital y varias veces me pegó por ello.

Una de las peores ocasiones fue cuando yo tenía ocho meses de embarazo de mi segunda hija y parecía que quería matar al bebé. Yo me defendí con un tenedor. Con trabajos llegué a casa de una tía y de ahí al hospital para que naciera mi Nahomi. A pesar de las dificultades nació bien y pesó cuatro kilos.

A pesar de mi rebeldía, Dios que me dirigía. Tras el nacimiento de mi niña conseguí un cuarto pequeño donde apenas cabíamos las tres. Sobrevivíamos a como se podía. Una vez, un compañero de la prepa que se fue a Estados Unidos, cuando se enteró de mi difícil situación económica me envió dinero. Hasta fui a pepenar a la Central de Abasto y al rastro. Nunca nos faltó algo para comer.

Encontré un trabajo, como secretaria de dos abogados. Tenía cerca una guardería del DIF, así que dejaba a mis niñas ahí en las mañanas, me iba a trabajar y regresaba del trabajo a la guardería para irnos a nuestra casa que estaba cerca.

Dios me dio la fuerza para afrontar esa vida. Me puse a estudiar la licenciatura en Psicología, en la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM de Iztacala. Y con mucho sufrimiento y esfuerzo mío y de mis hijas, terminé la carrera, aunque ya para entonces trabajaba en la empresa Bimbo y no con los abogados. Era en turno nocturno, mientras que una de mis tías se quedaba en las noches con mis hijas.

En cada dificultad, Dios me proporcionaba una salida para seguir adelante. Ahora veo que el ser humano, por su misma naturaleza busca a Dios, pero el engañador trastoca ese interés natural hacia Dios para cambiarlo por cosas absurdas o falsas como dinero, poder, ropa, éxitos y vicios.

Actualmente trabajo como maestra en una escuela Secundaria particular en la Ciudad de México, dando la materia “Valores y Actividades” a tres grupos distintos. De hecho, es un taller en donde asisten también los padres de familia, para orientar a unos y a otros para lograr una mejor convivencia familiar, y ante todo, reconocer a Dios como nuestro guía.

El hecho de vivir teniendo una relación personal con Jesús, es un estilo de vida. El cristianismo no es una religión. La religión ata, Jesús libera. Yo decidí estar junto a Él quien me da gozo, paz y razones para vivir.

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