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Un campamento ofrece una oportunidad excelente para alcanzar a las personas más necesitadas.

Por -Antonino Bonilla

En cada campamento hay una experiencia sobresaliente. Durante los veinte años que estuve dedicado al trabajo juvenil, llegué a convencerme del valor de los campamentos. Y todavía más he llegado a la conclusión de que no importa la clase de joven que envíen, en lo moral o espiritual, Cristo es poderoso para cambiar a cualquier persona y el campamento ofrece una oportunidad excelente para alcanzar a las personas más necesitadas.

Mi propio hermano, Manuel Bonilla, conocido en muchas partes de Latinoamérica como un cantante y guitarrista evangélico de poder y santidad, es resultado directo de los beneficios del programa de un campamento.

En su juventud Manuel tuvo mucho talento musical, pero no lo quiso usar para Dios, a pesar de ser hijo de pastor. Su temperamento fue difícil y su vida un tremendo dolor de cabeza para la familia. A veces ponía en completa vergüenza a mis padres.

Un verano, después de varios años de ausencia de mi parte, volví para dirigir un campamento cerca de nuestra ciudad. Mi mamá me pidió llevar a Manuel, y claro, no le podía decir que no. Quizá sería la salvación de mi hermano.

Desde el principio, Manuel quería hacer pleitos y nos creó problemas. Pero el tercer día aceptó a Cristo como su Salvador. Fue una decisión sincera. Aquella noche durante el culto, de repente lanzó un grito y se fue corriendo rumbo al rompeolas. Allí entre las rocas se quedó gimiendo y llorando (un consejero lo había seguido a prudente distancia), hasta que dijo: “Gracias Padre, por mi salvación”. Y desde ese día ha sido un hombre completamente diferente.

Sí, creo en los campamentos. Creo en lo que pueden producir en la vida de cualquier joven o señorita, aun en casos cuando parece que no hay esperanzas. Porque para Cristo, no hay imposibles.

 

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