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Todo era nuevo para mí, pero cada día que pasaba, mi espíritu se sentía más y más inquieto. . .

Por -Ulises Sarmiento Castillo y Daniel González Rivera

Hacía más de un mes que mis hermanos Omar, Hugo y Paul comentaban entusiasmados la celebración de un campamento juvenil. Pero yo los escuchaba con indiferencia, pensando que había cosas más útiles que llevar a cabo.

Sin embargo, el programa de actividades del campamento presentaba temas que despertaron mi curiosidad intelectual. Por fin, pedí a mis hermanos que me inscribieran para asistir; total, si no me gustaba el ambiente me regresaba y asunto concluído.

El 15 de agosto fue el día para salir. A la hora de abordar el autobús, muchachos y muchachas nos aprestábamos a iniciar “la gran aventura”. Varios de nosotros por primera vez.

Yo había asistido en algunas ocasiones a días de campo con la familia, o a excursiones con los compañeros del barrio o de la escuela, pero nunca a un campamento juvenil evangélico.

Tenía la idea de que los días se dedicarían a rezos, a memorizaciones del catecismo y a escuchar temas de un Dios que siempre me había parecido intrascendente para mi vida.

En el autobús, yo admiraba los bellos paisajes que presentaba el camino. Cuando la vista se cansaba cerraba los ojos para reflexionar lo que había sido mi adolescencia y lo que ahora era mi juventud, alimentada con ideas que me parecían normales en la vida diaria de las personas. Existía un vacío espiritual en mi vida que nunca había sido satisfecho, ya que en mi hogar no había preferencia por una o por otra religión.

Ahora a los 21 años de edad, mi personalidad era producto de un hogar desunido espiritualmente. Por otra parte, la influencia de ideas materialistas recogidas en las aulas de la Universidad proyectaban en mí una “rebeldía sin causa”.

Actuaba en todas mis actividades en forma introvertida, creándome un falso orgullo de superioridad física y mental que producía pensamientos tendenciosos hacia el dominio del más fuerte, menospreciando al débil en donde había colocado a la mujer.

El viaje me comenzaba a aburrir, cuando uno de los organizadores nos informó que estábamos llegando, interrumpiendo con ello mis reflexiones. Una vez instalados, se nos reunió para proporcionarnos las indicaciones necesarias mientras se preparaba la cena. Al término de la cena, se nos organizó en grupos para el trabajo de campamento. Me disgustó que pusieran como jefe de mi grupo a una mujer.

De inmediato se llevó a cabo la primera fogata donde nos presentamos unos a otros. La asistencia era heterogénea: adolescentes y jóvenes de secundaria, preparatoria, vocacional, bachillerato y algunos de nivel profesional, lo que hizo sospechar a mi “ego intelectual” de que aquello sería un fracaso en las relaciones humanas, como lo fue la torre de Babel.

Los conferencistas eran todos jóvenes profesionistas: tres mujeres, una bióloga, una geógrafa y una administradora de empresas; de los hombres, un ingeniero y un médico veterinario. Asistía solamente una persona mayor, el pastor o auxiliar espiritual del campamento, quien a prudente distancia observaba las actividades y aconsejaba solamente cuando se le solicitaba.

Los conferencistas, todos cristianos activos y con una preparación intelectual envidiable, exponían sus conocimientos y experiencias a la luz de la Biblia, idealizando a Jesucristo como el único medio para alcanzar la salvación eterna del alma y con ello una reconciliación con Dios.

Hablaban del estado de pecado en que el hombre se encuentra ante Dios y de cómo Dios ama al pecador de tal manera que envió a su Hijo para que todos los que crean en Él no se pierdan, sino que tengan vida eterna.

Todo ello era nuevo para mí, pero lo más interesante era que cada día que pasaba, mi espíritu se sentía más y más inquieto, produciéndose un remordimiento en mi ser que yo procuraba acallar con mis razonamientos intelectuales, materiales o técnicos, pero que caían refutados por un poder sobrenatural que yo sentía.

Mi orgullo de superioridad se tambaleaba ante el impacto de las palabras expresadas por los conferencistas. En este ambiente me parecía que algo extraño estaba sucediendo, porque todos los que nos encontrábamos allí reunidos sentíamos un gran amor los unos por los otros. Nuestro comportamiento tanto en los juegos como en nuestras relaciones, día a día se iba transformando de lo vulgar a lo espiritual.

La conducta de los muchachos a pesar de que no había personas mayores que nos cuidaran era honesta, decente y sin las palabras de doble sentido tan usual entre los jóvenes.

Algunos muchachos que como yo, asistían por primera vez a un campamento cristiano, confesaban que su actitud carnal se había transformado y que sentían como nunca la presencia de Dios en sus vidas. La Palabra de Dios, la cual hasta ahora conocíamos, nos estimulaba a cambiar de actitud para con nuestros semejantes.

La última reunión del campamento había terminado. Todos nos salimos al campo en donde caía una lluvia persistente, pero a pesar de ello había grupos de jóvenes que bajo la lluvia estaban reunidos orando o alabando a Dios por medio de coros.

Yo me separé de los demás porque sin querer, mis ojos derramaban lágrimas de arrepentimiento que se confundían con la lluvia que caía sobre mi rostro; buscaba al pastor con avidez para que junto conmigo orásemos en medio del campo, si era necesario, a pesar de la lluvia.

Lo vi y con impaciencia lo llamé. Le expuse el estado de desesperación espiritual en que me encontraba y que deseaba, de ser posible, ahí en medio del campo, tener un encuentro con el Señor Jesucristo para rendirle mi vida y para que su sangre omnipotente me limpiase de todos mis pecados. Confesé mis rebeliones a Dios y en ese mismo momento sentí la gracia divina en mi persona.

El pastor oró conmigo. Poco importaba la lluvia o que me viesen derramando lágrimas de arrepentimiento. Lo importante estaba sucediendo en esos momentos: Jesucristo estaba tomando posesión de mi vida y hacía de mí una nueva criatura.

Ahora siento que Él está conmigo, que me guía por el camino de la verdad. Puedo exclamar con gozo: “Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de mí” (Salmo 119:30).

 

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