Literatura

Te esperaré siempre

¿Acaso Rodrigo estaba ciego? ¿Dónde quedaron esos años románticos en que salían a cenar o se sentaban en el sofá para leer la Biblia?

Por Keila Ochoa Harris

—¿Me esperas a cenar? —le preguntó Rodrigo por segunda ocasión, acomodándose la corbata frente al espejo.

Detrás de su esposo Sofía alcanzó a ver su propio reflejo luciendo su bata de dormir, el cabello despeinado y el rostro pálido y triste. Con razón era su esposo el que en las reuniones acaparaba toda la atención. ¿Cómo llegaron a ese extremo?

Cada noche él llegaba más tarde, involucrado en los negocios del banco y compitiendo por un mejor sueldo, rechazando otras ofertas en busca de su sueño dorado de ser gerente general. Pero, ¿valía la pena todo ese sacrificio? Descuidaba a sus hijos, que a pesar de ser adolescentes aun necesitaban de sus consejos paternales. Las pocas ocasiones en que los cuatro se sentaban alrededor de la mesa, él parecía distraído, preocupado por la bolsa de valores, el mercado internacional y los deportes.

Eso sí, se quejaba si sus camisas no estaban bien planchadas o si a la sopa le faltaba condimento, y Sofía no recibió ningún cumplido por las nuevas cortinas que ella misma confeccionó para la sala ni por la exitosa comida de caridad que organizó en la Iglesia.

—¿Sofi? —interrumpió sus pensamientos.

Ella respondió con esfuerzo: —Trataré de permanecer despierta, pero no prometo nada.

Rodrigo cerró su portafolio con fuerza. —No te molestes entonces —dijo azotando la puerta de la recámara al salir.

¿Por qué le dije eso? se lamentó Sofía al escuchar el rugir del auto en medio de la silenciosa mañana. Bajó a desayunar reprimiendo las lágrimas.

Rodrigo Junior le informó: —Llegaré tarde pues tengo entrenamiento a las 8.

Y le recordó Julián: —Luis me invitó a dormir en su casa.

Se despidieron con un beso en la mejilla. Sola otra vez, Sofía suspiró al servirse un café. ¿Acaso Rodrigo estaba ciego? ¿No se daba cuenta del daño que le provocaba su indiferencia? ¿Dónde quedaron esos años románticos en que salían a cenar o se sentaban en el sofá para leer la Biblia?

Se asustó al sonar el teléfono. —Hija, solo quería recordarte que tenemos la reunión en casa de María a las seis.

—Ay, mamá, gracias, pero no sé si pueda asistir.

—¿Rodrigo te llevará a algún lado?

«¡Cómo quisiera que así fuera!».

—No, es solo que… —¿Cómo mentirle a su madre? Ella la conocía tan bien que adivinaría la verdad.

—No te preocupes, mamá, estaré allí.

Por la noche María la recibió con una sonrisa. Cerca de diez señoras, entre vecinas y amigas de la Iglesia, platicaban del tiempo, los precios del mercado y las cercanas vacaciones. Sofía no sentía muchas ganas de ser sociable, así que se refugió en un rincón preparando su te.

Por dentro, su corazón parecía una tormenta tropical. No planeaba esperar a su marido para la cena, pues toda la semana había sido el mismo cuento. Lunes, calentó el estofado tres veces;  él llegó hasta las 11 de la noche sin hambre. El martes Rodrigo la encontró dormitando en la cocina. No hizo plática mientras devoraba las albóndigas y si acaso ella le preguntó algo, contestó con monosílabos.

Cuando más lo necesitó, es decir el miércoles en que Julián se accidentó en la escuela, Rodrigo llegó hasta la madrugada. Ella lo aguardaba en la sala.

—¿Cómo está Julián? —le preguntó.

—Mejor. ¿No vas a cenar?

—Lo siento, cariño, pedí pizzas en la oficina.

—¿Cariño? Si tan solo sintiera una pizca de amor, ¡no le haría esto!

El jueves no mejoró la situación pues llamó para avisar que pasaría a casa de un compañero del trabajo para ver el partido de fútbol. Cuatro días seguidos Sofía se había esmerado en cocinar, arreglar la mesa, vestirse bien y luchar contra el cansancio del día, para recibir regaños, o peor todavía, silencio.

Su mamá se sentó a un lado acercándole una Biblia. —Pareces estar en otro mundo, Sofía. Ni siquiera trajiste tu Biblia.

Ella se sonrojó y trató de seguir la lectura con la mirada, pero seguía pensando. Esa noche se acostaría temprano. Si Rodrigo tenía hambre, podría calentarse espagueti en el microondas.

“El amor es sufrido, es benigno…” María leía las Escrituras en voz alta. Sofía cerró los ojos, sintiendo un escalofrío. Conocía el pasaje, pero no sentía deseos de aplicarlo en ese momento. Siguió implacable la lectura: “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera…”

Dios le pedía esperar a su marido, tal como Cristo la había esperado tantos años para ser su Salvador. Eso era el significado del amor y ella podía demostrarlo, pues tenía al Señor Jesús quien había practicado en su vida terrenal la bienaventuranza del dar.

«Si, Padre», oró antes de finalizar la reunión. «Lo esperaré siempre, tal y como Tú lo haces conmigo».

Un extraño olor la recibió en su casa. ¡Algo se estaba quemando! Arrojó su bolso al sillón y corrió a la cocina.

—¿Qué sucede? —gritó.

El humo se fue despejando, revelando a un Rodrigo en mandil, tosiendo y sacudiendo el cabello bañado en salsa.

—Lo siento —sonrió—. Calenté demasiado el aceite.

Sofía lanzó una carcajada ante su cómico aspecto, pues ya no quedaba nada del elegante hombre de negocios.

—Ven acá —le dijo a su marido, limpiando una mancha de tomate en la camisa—. Lamento haber llegado tarde, pero después de la reunión de la Iglesia pasé con mi mamá de compras, pensando que tú no habrías llegado.

—Yo soy quien debe pedir perdón —aceptó Rodrigo, abrazándola—. Esta semana he sido un verdadero impuntual. Y por lo visto, tampoco sirvo de cocinero —Se rascó la cabeza—. Tengo una idea. Tú quédate aquí y ponte cómoda. Yo iré al supermercado por algo de comer. ¿Me esperas?

—Claro —susurró Sofía—. Te esperaré siempre.

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