Vidas transformadas

El suicidio, mi única salida

Le platiqué todo, hasta el grado de pensar quitarme la vida, y él dijo: ¿Con que todos le han fallado?

Por Salvador Palma Zúñiga

Todo empezó desde mi niñez, allá en el inconfundible barrio de Tepito del Distrito Federal, donde fui un rebelde, mentiroso y desobediente. Cuando me pegaba mi mamá recuerdo que deseaba que se muriera y la odiaba, aunque después se me pasaba el coraje. A la edad de once años quedé huérfano.

A los 18 me casé con Juanita Arenas Rocha. Aparentemente éramos felices y al año vino nuestro primer hijo, Salvador.

Determiné ser boxeador y cada vez que me tocaba algún torneo de los “guantes de oro”, iba a una iglesia para pedir ayuda a los santos. Pero esto no duró mucho; a los dos años me retiré y entonces me fue peor. Caí en el vicio del alcohol para sentirme alegre. Empecé con una copita, luego con un vaso y finalmente no podía vivir sin él.

En el hogar tuvimos pleitos continuos. Diariamente llegaba ebrio y desatendía mis obligaciones, además de ser mal ejemplo para mis hijos y vecinos. Mi esposa se aburrió de esta situación y estaba a punto de dejarme.

En algunas ocasiones pensé en quitarme la vida, porque no podía dejar de beber. Pero pensaba: ¿A dónde irá a parar mi alma? Pues de seguro sería al infierno.

Encontré un trabajo más estable en una fábrica de cajas de cartón, donde acordamos los trabajadores formar una caja de ahorros y yo quedé como tesorero. Pero como yo era vicioso, al pasar los meses se me hizo fácil empezar a tomar prestado de ese dinero para mis borracheras.

Se acercaba el día para entregar el dinero de la caja y yo no sabía de dónde lo sacaría. Pensé que con tomar más alcohol olvidaría mi preocupación, pero no era así. Intenté buscar préstamos con mis familiares y amigos y hasta con mi patrón. Todo fue inútil. Inclusive recurrí a una persona religiosa que nos adoctrinaba y nos hablaba de Dios a varias personas que como yo estaban perdidos en algún vicio. Grande fue mi desilusión cuando escuché de sus labios la respuesta:

“Mira, para que salgas de este problema, vende todo lo que tengas de valor, al fin que con el tiempo volverás a hacerte de tus cosas, y así podrás salir de tu problema”. En ningún momento me habló de que Dios podía ayudarme.

Al no encontrar salida, Satanás puso en mi mente el deseo de suicidarme. Dejaría una carta diciendo que lo que me correspondía de indemnización se utilizara para cubrir el adeudo de la caja de ahorros.

Detenidamente pensé en cómo suicidarme para no involucrar a nadie de mi trabajo, y resolví tomar unas tijeras de cualquiera de mis compañeras, entrar al baño y clavármelas en el corazón.

Algo me detuvo y no lo hice. Entonces un domingo después de salir de la Iglesia a donde fui a pedir ayuda, regresé a la casa por otro camino y pasé por la puerta de la Iglesia Gethsemaní de las Asambleas de Dios. Nunca antes había visto ese lugar.

Confieso que ahí tuve una tremenda lucha. Algo superior a mí no me dejaba entrar, pero al poco rato ya me encontraba adentro. Entonces recordé lo que algunas veces había oído decir de los evangélicos: que eran muy caritativos y ayudaban a los necesitados.

Un hombre me preguntó si era la primera vez que asistía al templo; le dije que sí. Me cuestionó en tono amable cuál era el motivo de mi visita. Y ahora sí me desahogué. Le platiqué todo mi problema y lo desesperado que me encontraba, hasta el grado de pensar quitarme la vida, y él dijo: “¿Con que todos le han fallado, no es así? Pero hay alguien que no le va a fallar”. Al instante brilló en mi mente una esperanza. Todavía había personas de buen corazón que podían hacer el bien.

Entonces continuó: “Ese alguien es el Señor Jesús, que quiere salvar su alma y ayudarlo”. Me enseñó en la Biblia donde dice:

“Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré”.

Me siguió aconsejando: “Le recomiendo que se vaya allí, a ese altar, hínquese y pídale perdón. Luego platíquele al Señor todo, tal y como me lo acaba de contar a mí, y se dará cuenta que Él no le va a fallar”.

Me arrodillé en el altar, le pedí perdón a Dios por todos mis pecados y le expuse mi problema. Al hacerlo sentí una paz y una tranquilidad que nunca había experimentado. Salí de aquel templo fortalecido y con una esperanza muy grande.

Y Dios obró de tal manera que me permitió pagar no solo el dinero que había tomado, sino que también pude comprar el terreno de la casa que actualmente tengo. ¡No podía creerlo!

Sin embargo, mi vida no cambió. Aunque mi esposa y mi suegra iban al templo evangélico, yo seguía en el pecado. No solo era borracho, sino que me juntaba con malvivientes y llegué a ser cómplice de algunos asaltantes.

Pero las oraciones de ellas llegaron hasta Dios, y dentro de mí le pedí al Señor que me ayudara a dejar el vicio.

Tiempo después me enfermé de un pie. Me dolía demasiado, no podía caminar, tenía que estar con mi pie en alto porque nada más así lograba un poco de descanso. El médico diagnosticó gota, a consecuencia del alcohol. Me dio medicamentos y siete días de incapacidad, pero el dolor no cedía.

Al verme tan enfermo mi esposa me invitó al templo para que oraran por mí. Como no podía caminar me rehusaba a ir, pero un día me llevaron en un taxi. Todos oraron y todavía no habían terminado cuando se me quitaron los dolores. Dios me sanó en ese momento; pude recargar mi cuerpo sobre el pie y ya no sentía nada.

A pesar de estos milagros, no había entregado mi vida completamente a Dios. Pero un día se enfermó mi hijo Gustavo. Tenía seis meses de edad, estaba morado, le costaba trabajo respirar y a cada momento se ponía cada vez más y más grave.

Lo llevamos a urgencias, donde lo atendieron. Regresamos a casa pero al dejarlo otra vez en su cuna se nos ahogaba y veíamos con desesperación que se nos moría.

Mi esposa con angustia empezó a llorar y a reclamarle a Dios. En eso llegó mi suegra y nos dijo: “Hijita, no juzgues, ni hables así contra Dios. Mejor entréguense por completo a Él”.

Los dos caímos de rodillas. recibimos al Señor Jesús en nuestros corazones con toda sinceridad. ¡Y qué sorpresa! Al voltear a ver a Gustavo, estaba sano. Dormía normalmente, como si nunca hubiera estado enfermo.

Ahora, Dios ha restaurado con su poder nuestro hogar, que estaba a punto de desintegrarse, y la verdadera felicidad reina ya.

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