Vidas transformadas

Suicida, invidente, feliz

Pensé que ya muerto acabarían mis sufrimientos

Por Mauricio Carrera

Pensé que ya muerto acabarían mis sufrimientos. Así que me disparé y la bala traspasó mi cráneo de izquierda a derecha.

Mi hogar de origen fue muy conflictivo. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía apenas un año y dos meses de edad. Crecí bajo el amparo de mi padre junto con mi hermana y desde los cinco años en adelante mi vida transcurrió en un ambiente de tensión, donde el grito, las peleas y las interrogantes eran el pan de cada día. Fui torturado físicamente por una empleada de mi padre y lo peor, mentalmente.

Como estudiante fui deficiente, lo cual llevó a que mi vida fuera un sufrimiento en mi casa como también en la escuela. Pero me gustaba la cacería. Por eso cuando me encontré fracasado en los estudios y denigrado física, moral y espiritualmente en mi casa, mi padre puso en mis manos un rifle Winchester semi automático. Tomé la decisión del suicidio y lo llevé a la práctica el 12 de agosto de 1971, disparándome un tiro en la sien izquierda con el mencionado rifle.

Según la religión, en aquel entonces me enseñaron que uno dormía después de morir, y que luego de muchos años Dios lo juzgaba en una balanza. Pensé que ya muerto acabarían mis sufrimientos. Pensé que era el único camino que me quedaba y lo tomé. Solo tenía trece años.

Me encerré en un cuarto poniendo el seguro y me disparé. Cuando lograron abrir la puerta, había perdido una gran cantidad de sangre. Mi padre me llevó a la clínica. Luego de entrar a emergencias, el médico le dijo a mi papá estas palabras: “Lo siento mucho, ingeniero, su hijo está agonizando”.

En el tiempo en que clínicamente estuve muerto. Sentí que mi alma flotaba en un vacío. A mi izquierda vi una oquedad en tinieblas; de la misma salían dos manos manchadas de sangre. Al verlas, mi alma o espíritu se estremeció de terror; las reconocí como las manos de Satanás que me llamaban con sus dedos para que me acercara a ese hueco que era el infierno.

Mas la misericordia de Dios se apiadó de aquel niño; a mi derecha en lo alto vi brillar una estrella como la fuerza de un diamante. Era Dios. Un haz de luz salió de aquella estrella, o lo que sea y llegó a mi rostro y me llevó hacia allá. Recuerdo que dije estas palabras: “Ayúdame, Dios mío, me voy al cielo”.

Al mismo tiempo, en la clínica, varios médicos y enfermeras se disponían a preparar mi cuerpo muerto. De pronto suspiré y el corazón empezó a latir lentamente. La poca sangre que tenía empezó a llegar al cerebro y ante los ojos atónitos de todos, la vida volvió a mi cuerpo.

Después de ocho días con oxígeno, transfusiones de sangre, sueros e inyecciones, salí del peligro de morir. Dios es testigo de que lo que he dicho es verdad, aunque el mundo no lo crea.

Como resultado del intento de suicidio perdí la vista por completo e igualmente el olfato, quedando esquirlas de la bala en el tejido cerebral.

Mas Dios no abandona a quienes ama. No pasó mucho tiempo cuando un hombre de Dios, el canadiense Juan Munday, enviado por un familiar, fue a la casa de mi padre para enseñarme braille. A través de él, Jesucristo, maestro de maestros, habló a mi corazón. ¿Qué puedo decirles que recibí? Acepté con sinceridad en lo profundo de mi ser a Jesucristo. Desde aquel momento, Él fue, es y será la columna central de mi vida, por quien vivo y viviré.

Jesús me dio el amor que los míos no me dieron, la paz y la tranquilidad que anhelaba tener. Puedo decir en honor a la verdad que Cristo Jesús no es aquel que está elevado en un madero derrotado; por lo contrario, es un Salvador triunfante, comprensivo, dinámico y real.

Los años pasaron y después de rehabilitarme en mi condición de no vidente, de estudiar música en órgano, guitarra, acordeón y algunos instrumentos de percusión, estudié también la Biblia, libro por excelencia. Conocí más de Dios, de Jesucristo, de la única doctrina que sé: que Dios nos amó tanto que dio a su Hijo para que fuera sacrificado por mí y por ti, para que aquel que crea en Jesucristo encuentre la vida eterna.

Más tarde me casé con María de Lourdes Burgos y tenemos dos niños, Cristian Mauricio y María Cristina. Mi profesión es ser profesor de música. Gran parte de mi tiempo lo dedico a la enseñanza de varios instrumentos musicales, sobre todo el órgano. Pero también uso mis energías en el servicio de los jóvenes del Ecuador, colaborando con la organización Minamundo y con varias iglesias evangélicas.

Para estudiar la Biblia, la leo en Braile. Tengo todo el Nuevo Testamento, los Salmos y el Génesis. Cuando quiero preparar un estudio de una parte distinta de la Biblia, mi esposa María me lo graba. He tomado tres cursos bíblicos por correspondencia.

En la casa, aprendí a desempeñarme con libertad: sé lavar, cocinar y realizo oficios cuando mi esposa tiene que estar ausente. Lo único que no puedo hacer, por razones obvias, es barrer y planchar.

Perdí la vista física, pero Dios me dio la vista espiritual. “Jesús es la luz de mi vida”.

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