Vidas transformadas

Sufrían al ver fotos de él en la prensa con vedettes

Aquella noche Félix no pudo dormir con la preocupación de que su papá se moriría en cualquier momento

Por Elisabeth F. de Isáis

“¡A celebrar, mano! ¡Nunca hemos tenido una oportunidad como esta! Ahora sí, mi esposa verá qué gran tipo soy. ¡Imagínate, salir en el programa del loco Valdez!”

Félix Méndez Martínez y su amigo Modesto Tapia Cruz tenían varios años de tocar y cantar juntos con el Dueto Imaginación. Actuaban en la Zona Rosa, en restaurantes, centros nocturnos, dondequiera que fuera posible ganar buenos contactos y el pan de cada día.

Como todos los artistas, soñaban con que algún día vendría una gran oportunidad para avanzar un paso más arriba hacia la fama… y por fin, ¡el Loco Valdez, artista conocidísimo, los iba a presentar en su programa de televisión! Solo que, nunca llegaron. Perdieron la cita, por estar “celebrando” la invitación en la forma acostumbrada en el medio en que se movían. Cuando se dieron cuenta, ya había pasado la hora.

Tanto Félix como Modesto querían librarse del vicio, pero parecía imposible. Al principio de su vida artística, tomar una copa era “necesario” por el ambiente social en el que actuaban. Después Félix empezó a tomar varios cocteles antes de salir a actuar, “por los nervios”. Su dependencia al alcohol iba en aumento.

Cerca de 1960, Félix había salido de su pueblo natal de San Pedro Ixcatlán, Oaxaca, con el sueño de llegar a ser un artista en la capital mexicana. Un amigo sastre le dijo que tenía buena voz y que se podría hacer famoso como cantante.

El joven se entusiasmó tanto que vendió lo único que tenía, un caballo, en setenta pesos (aproximadamente la mitad de su valor real en aquel tiempo) para poder viajar a la gran ciudad y hacerse rico.

Pero la realidad no fue lo que soñaba. Durante diez años trabajó en una fábrica empacando playeras, mientras establecía su hogar con una chica del Estado de México de nombre Amelia Rubio Velásquez (en 1964 nació su hija Delia, quien estudió odontología en la UNAM) y de noche Félix estudiaba guitarra y canto.

¡El sueño persistía! Con dos amigos formó un trío, y finalmente nació el Dueto Imaginación. En 1969 se armaron de valor y se lanzaron como artistas en la Zona, y Félix dejó para siempre su trabajo con las playeras.

Su compañero, Modesto, había nacido en Yolomecatl, Oaxaca, pero desde muy pequeño fue traído a la gran ciudad. Su primera ilusión fue el box. A los catorce años de edad se metió al mundo deportivo donde las cosas iban por muy buen camino, llegando hasta cuartos de finales en la competencia de los Guantes de Oro. Quería seguir y ser campeón de peso mosca, pero a fines de 1968 cuando tenía 16 años, su mamá lo sacó de ese lugar.

Fue entonces cuando conoció a Félix; empezaron a tocar juntos y eventualmente se formó el dueto.

Al igual que su amigo, Modesto caía cada vez más preso de los vicios. Tocaban al principio en cantinas, grabaron un disco sencillo y un L.P., hicieron giras a centros turísticos como Ciudad Juárez y Acapulco, salían en “México canta y baila” por el canal 2 de la televisión, participaron en la campaña electoral echeverrista y fueron nombrados agentes de seguridad, portando armas, asignados a vigilar a distintos funcionarios durante aquel sexenio. ¡Cualquier día se harían famosos!

Sin embargo, con Félix las cosas no iban muy bien. En 1975, su vida estaba llena de pecado, parrandas, serenatas y licor. Félix trabajaba como músico y también como reportero gráfico de Excélsior. Su esposa y su hija sufrían al ver fotos de él en la prensa con vedettes. Su garganta se estaba destrozando por tanto cantar y tomar, y su hija le rogaba con lágrimas que no tomara más.

Su vida llegó a ser, como él la describe, un infierno. Quería dejar el vicio pero parecía imposible. Y fue entonces que algo insólito sucedió.

Entre 1973 y 1974, un elemento nuevo había entrado en su familia. Además de su esposa y su hija, vivían con Félix sus tres hermanas, Ninfa, Micaela y Maricarmen. Esta última padecía de la tiroides y los médicos la habían desahuciado. Siempre muy religiosa, Maricarmen pasaba gran parte de su tiempo en la Iglesia y planeaba internarse en un convento en un mes más.

Pero Micaela trabajaba con una compañera “diferente”, una evangélica, que constantemente la invitaba a acompañarla a los cultos de la Iglesia Interdenominacional de Portales. Al ver a Micaela triste por la enfermedad de Maricarmen, la compañera insistía todavía más, diciendo que Dios la podía sanar, hasta que por fin Micaela aceptó probar esta nueva experiencia.

¡Y qué experiencia! La primera noche, Micaela escuchó con atención los cantos, las oraciones, la lectura de la Biblia, el mensaje… y su corazón fue conmovido. Si todo esto es la verdad, pensó, yo lo quiero para mi vida. Cuando el orador hizo la invitación de pasar adelante al altar y entregarse al Señor Jesucristo, Micaela aceptó con todo su ser.

Al llegar a casa después, lo primero que hizo fue compartir estas buenas nuevas con Maricarmen. —¡Tú puedes ser sana si pones tu fe en Cristo! —exclamó con una gran convicción—. Es tan hermoso conocerlo como Salvador, acompáñame mañana, te va a encantar.

Pero Maricarmen tenía otras ideas. —¡Estás loca!  —le respondió.

Sin embargo, después de mucha insistencia Maricarmen por fin aceptó visitar el templo para un culto en donde iban a orar por los enfermos. Para que no hubiera duda de su mentalidad, entró vestida de hábito de la Virgen del Carmen que usaba en aquellos días. Y se encontró con una sorpresa: el énfasis del culto versaba únicamente en la salvación que Jesucristo ofrece.

Volvió a asistir, esperando que orasen por los enfermos, y otra vez la salvación fue el tema enfatizado. Aquella noche volvió a casa y pidió que Dios hiciera sentir su presencia en forma personal y el Señor contestó su oración.

Ante el asombro de todos, unos días después, Maricarmen entregó su corazón totalmente al Señor. Más tarde, Ninfa siguió el ejemplo de sus dos hermanas, y la mamá también.

Pero Félix no. Al ver que sus hermanas ya no usaban minifaldas, que en aquel tiempo estaban de moda, se reía burlonamente. —¡Hipócritas, traidoras! —les gritaba. Ellas en cambio, ayunaron y oraron por él.

Mucho tiempo después, el 11 de noviembre de 1975,  Félix trabajaba en el periódico cuando le avisaron que habían traído a su papá a la ciudad de México gravemente enfermo. Tenía peritonitis aguda, no comía, su aspecto era de un moribundo. Al procurar llevarlo al médico, el taxista se negó a darles servicio alegando que el enfermo moriría en el camino y que él podría tener problemas. Félix decidió mover sus “palancas” para llevarlo al mejor hospital de la capital.

Pero convencido por sus hijas pidió ser llevado a la Iglesia de Portales, diciendo que quería arreglar cuentas con Dios. Félix lo tuvo que acompañar y le oyó pedir perdón por todos sus pecados, que no eran pocos, y por sus hijos. Después lo regresaron a la casa.

Aquella noche Félix no pudo dormir con la preocupación de que su papá se moriría en cualquier momento. Por la mañana corrió a buscarlo, y encontró una gran sorpresa: ¡su papá estaba muchísimo mejor! Su aspecto había cambiado totalmente. Y casi nueve años después, era un hombre transformado, un anciano de cerca de noventa años de edad que salía todos los días a leer la Biblia a la luz del sol, sin lentes.

Cuando Félix vio el milagro hecho en su padre aquella mañana de noviembre, cayó de rodillas al lado del lecho y confesó: —Papá, verdaderamente existe Dios. Tú y yo nos hemos burlado mucho de mis hermanas, pero he visto cómo Maricarmen ha mejorado de su salud y ahora tú.

Ocho días después, Félix cumplía años, y el domingo 30 varios compadres pasaron a su casa para llevarlo a Chapultepec y hacer la fiesta acostumbrada, con bastantes botellas y todo lo demás. Pero Félix, increíblemente, dijo que primero pensaba ir a la Iglesia a dar gracias a Dios. Por fin sentía en su corazón la necesidad de aceptar a Cristo como Salvador.

Así fue que aquel domingo llegó solo al templo. Caminó hasta el frente y se hincó, para hacer cuentas con su Hacedor. —Tú sabes que yo no quiero tomar, que mi vida es un infierno, —confesó a Dios—. Vengo a pedir tu ayuda. Ya no sé qué hacer. Cambia mi vida si de veras eres poderoso. Te prometo venir de vez en cuando a dar gracias.

En algún momento sintió una mano en su hombro, alguien que venía a orar por él. Durante media hora Félix permaneció allí de rodillas, llorando, confesando todo a Dios. Después, cuando ya se sentía tranquilo, con un corazón nuevo; sus hermanas corrieron a abrazarlo, lo guiaron a tomar asiento, le prestaron un himnario y le mostraron tanta alegría que él quedó maravillado. Comprendió que Dios había operado el cambio en su ser.

Aquel día llegó tarde a la casa, pero no porque estuviera tomado. Las relaciones con su esposa iban tan mal, que estaban a punto de divorciarse; pero Félix pidió una oportunidad más. Y desde aquella fecha, no volvió a probar ni licor ni cigarros. Claro que ha habido luchas y tentaciones, pero el Señor Jesucristo lo ha ayudado y lo ha sostenido.

Inmediatamente Félix empezó a hablar a otros acerca de la fe transformadora que había experimentado. Muchos han aceptado a Cristo  por su testimonio, incluyendo a un tío que fue asesinado (ya murió como creyente).

Modesto Tapia, el inseparable compañero del Dueto, escuchó a Félix hablar acerca de sus nuevas ideas con paciencia y con algo de curiosidad; pero después de visitar el templo dos veces decidió que el Evangelio no era para él. Y el dueto se acabó. Modesto colgó la guitarra y se fue a trabajar como chofer, eventualmente como empleado de un negocio de aluminio, donde aprendió el oficio de aluminero que ejercía los fines de semana.

Félix tuvo problemas también en su trabajo, debido a su cambio de vida. En aquel tiempo trabajaba en el diario Impar como jefe de fotógrafos, con oficina, buen sueldo, etcétera; pero se suscitaron problemas porque Félix ya no era el hombre “sociable” de antes.

No quería ir a los centros nocturnos a sacar fotos, ya no aceptaba tomar con los compañeros, en fin, tuvo que renunciar. Sin el dueto, sin trabajo periodístico, ¿qué podría hacer? Pidió al Señor que lo iluminara y finalmente empezó a ir de casa en casa en los barrios populares, ofreciendo sus servicios como fotógrafo.

“Si Cristo conmigo va…” llegó a ser su lema musical. Y pronto descubrió que podía servir de ayuda espiritual en muchos de aquellos hogares. Podía orar con los padres adoloridos; por ejemplo con una pareja cuyo hijo acababa de huir de la casa; con los enfermos, en fin.

Mientras tanto, Modesto Tapia empezaba a ver que el licor le causaba demasiados problemas. Un día le contaron que uno de sus hermanos se había convertido a Cristo al igual que Félix, y cuando se vieron en casa de uno de sus tíos Modesto lo interrogó: —Será cierto que ya no tomas?

—Ni una copa —contestó su hermano, que antes tomaba aún más que él.

Maliciosamente Modesto decidió probarlo y mandó a comprar muchas botellas. —No sabes de lo que te pierdes, hermano —le dijo, saboreando el líquido rojo con todo el gusto posible, pero su hermano no cayó en la tentación. Modesto no podía menos que sentirse impresionado.

Pero estaba lejos de decidirse por Cristo, aun cuando sabía que su vida iba por muy mal camino. Por fin prometió a su esposa y a sus dos pequeños, Miguel Ángel y Aidé Itandehui, que los llevaría a Cuautla para pasar un bonito fin de semana en casa de unos familiares. Iba a nadar con ellos, iba a portarse como un verdadero papá.

Al llegar a Cuautla, el pariente lo invitó a tomar, y con eso todo se echó a perder. Salieron a jugar a los gallos, a tomar y a tomar, regresando por la madrugada del domingo. Después de un poco de sueño, los niños le reclamaron: —Papá, nos dijiste que nos ibas a llevar a nadar. ¡Vámonos!

—Bueno, vamos a nadar —les contestó de mala gana, pero aun en la alberca siguió tomando, siempre tomando.

Por la noche, al manejar de regreso hacia la Ciudad de México, Modesto empezó a darse cuenta de su desgracia. ¡El licor ya lo tenía preso! Si tan solo pudiera vencer esa tentación como lo había hecho su hermano; como lo había hecho Félix.

Sintió que ya no quería seguir su vida pecaminosa. En voz alta exclamó, para asombro de su esposa: —Voy a aceptar al Señor Jesucristo. Ya no quiero seguir llevando la vida que llevo, quiero ser como mi hermano Eleazar; pero no sé cómo. Lo voy a buscar en cuanto lleguemos a México, aunque sea a la media noche.

Eleazar lo recibió con tremendo regocijo. —Si quieres ahorita mismo puedes recibir a Cristo en tu corazón —le explicó. Pero Modesto tenía la idea de ir al templo para poder hacer su decisión en forma más definitiva, y aun cuando Eleazar le aseguró que la iglesia estaba abierta toda la noche, hicieron planes de ir al otro día y de llevar a toda la familia.

Así fue que el 23 de marzo de 1981, Modesto Tapia fue hasta el altar y allí pidió perdón al Señor por toda la maldad que había en su vida. Fue transformado en ese instante.

Cuando volvió al trabajo los compañeros le hicieron burla. —Ya tenemos “curita” aquí —le acosaban, para no mencionar otros apodos que le pusieron. Pero Modesto sabía en Quién había creído y soportó todas las burlas.

Poco después, el Dueto Imaginación resurgió, cantando y tocando ahora en las reuniones de creyentes, en cultos de alabanza, en fiestecitas de familias cristianas. Dios ha provisto para Modesto una camioneta  que es ideal para viajar a diferentes partes de la República para servir al Señor.

Ninguno se ha hecho rico, ni mucho menos, pero ambos han dejado de producir los frutos de su vida anterior y procuran demostrar los frutos del Espíritu de Dios, ya que creen firmemente que “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).

No hay comentarios
Artículo anterior
30 marzo, 2018
Siguiente artículo
30 marzo, 2018

No hay comentarios

Responder

Artículos relacionados