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Vidas transformadas

Sentí la atracción del mundo que me coqueteaba

No quería enfrentarme con Dios, pero empecé a pecar para que tuviera algo que reclamarme

Por Eduardo Wong

Mi familia vivía inmersa en un gran problema de drogadicción. Mi padre desde los 13 años empezó con este vicio. Vivíamos en Mexicalli, Baja California, en México. Mirábamos como algo natural a mi papá, quien llegaba drogado, cayéndose o zigzagueando al caminar. Pero un buen día llegó Cristo a la vida de mi papá y todo cambió.

Recuerdo mi primer encuentro con Jesús. Yo tenía seis años de edad y nunca había ido a una congregación de cristianos, no sabía lo que era un culto ni lo que pasaría en ese día. Era una Iglesia pentecostés, los pastores eran Roberto y Rosa Rubio. Esa noche el Espíritu Santo se derramó y yo empecé a tener miedo.

Mi hermano Miguel y yo decidimos escondernos debajo de un camión, pero la pastora dijo: “traigan al niño que está debajo del camión”. Encontraron a mi hermano, pero ella pidió que fuera el otro niño. Casi hice zurcos para llegar al altar. Ella puso su mano sobre mí y oró, entonces el Espíritu Santo llenó mi vida. Comencé a cantar, incluso me invitaban para participar en campañas evangelísticas.

Pero al crecer empecé a sentí la atracción del mundo que me coqueteaba. Para colmo una división en la iglesia me desmoralizó y no quise saber más de ella. Conocí a una muchacha en el trabajo cuando tenía 16 años y ella 18. Me enamoré de ella por su belleza y su forma noble de ser y decidimos vivir juntos. Pero la felicidad no duró mucho. A los siete meses de vivir juntos le apareció un tumor maligno y a la vez descubrimos que estaba embarazada.

Tres meses después nació nuestra hijita y entonces empezamos un tratamiento contra el cáncer pero fue inútil. Siguieron tres años de agonía y sufrimiento para ambos. Volví al Señor y le pedí perdón y le aseguré que ya no volvería atrás. Empecé a trabajar de nuevo en el canto, formando un grupo de alabanza llamado Los Seguidores de Cristo.

Me di cuenta de que Dios usaba mi vida inclusive para sanar a algunas personas, pero seguía luchando contra la enfermedad que aquejaba a mi esposa. Estaba seguro de que Dios la sanaría, pero en mayo de 1989 ella murió a la edad de 21 años. Esa fue una experiencia terrible para mí.

Sin dejar de ir a la Iglesia entré en una crisis espiritual. No quería enfrentarme con Dios, pero empecé a pecar para que tuviera algo que reclamarme. Por fin no pude más, exploté en llanto y le grité: “Yo creía en tu poder, yo oré por otros que sanaron, ¿qué te costaba sanarla a ella?”.

Entonces me acordé de que un día que salí del hospital, me fui directo a la Iglesia y le dije al Padre: “Señor, si Tú sanas a mi esposa o no, pase lo que pase, te voy a servir”. En ese momento sentí como si Dios me respondiera: “Yo ya te mostré mi voluntad, ahora te toca a ti cumplir tu parte”.

De nuevo empecé a servir al Señor, a prepararme más y Él me usó de una forma hermosa con los jóvenes de mi denominación. Después de cinco años me volví a casar con Irene López y tenemos cuatro hijos, incluyendo a mi hija de la buena mujer que marcó mi vida.

Dios me dio la oportunidad de ir a diferentes lugares a compartir y me dio el ministerio de maestro. Hice una grabación profesional de clases de escatología y tuve un programa radial: “Juventud Victoriosa”.

Me nombraron pastor de una nueva misión llamada Cristo Te Ama, en la que, junto con mi esposa servimos, en la colonia Cachanilla. Después me dieron la oportunidad de ser maestro y director de la Escuela Bíblica Yeshua. Allí fui mentor espiritual de varios jóvenes que ahora son pastores en Mexicali.

También fui vicepresidente de la Asociación de Pastores de Mexicali y vicepresidente de la Iglesia de Dios Evangélica, maestro y coordinador de Evangelismo a Fondo para California y escritor en dos periódicos.

Le agradezco a mi esposa, a quien amo profundamente, por su paciencia, comprensión apoyo y amor, y porque juntos hemos logrado todo esto.  Mi vida ha sido un cúmulo de emociones y experiencias. A veces tengo necesidades y problemas, pero pienso: ¡Eduardo Wong, eres un hombre feliz!

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