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Legado de fe

Secuestrada en África

Nos dijeron que iban a atacar a Mundri y no querían que muriéramos. ¿Sería cierto?

Por Katy Taylor

En un pueblo donde no hay electricidad, se tienen varias ventajas: las estrellas en el cielo africano suelen proveer un espectáculo incomparable; los televisores no interrumpen el silencio de la noche; si quieres hablar con alguien, caminas a su casa y lo visitas.

Hace treinta años, tuve el privilegio de vivir un corto tiempo en un lugar así. Estaba en el proceso de acostumbrarme a la vida allí. Algunos ajustes fueron difíciles, pero estaba contenta, haciendo amistades, aprendiendo idiomas y trabajando en el nuevo contexto.

Suena idílico, ¿no es cierto? Mundri, en el sur de Sudán (que hoy en día es Sudán del Sur), era un poblado aparentemente muy tranquilo. Sin embargo, bajo la superficie, había tensiones, inseguridad y miedo. Desde luego, sabía del conflicto pero no contemplaba cómo me afectaría.

En la madrugada del 7 de julio, oí voces afuera y decidí vestirme, por lo que pudiera suceder. Cuando escuché que abrían la puerta, me metí bajo la cama. Unos soldados entraron y anduvieron registrando las cosas de mi cuarto, tentándolas porque no había luz. No me encontraron y entonces pasaron al cuarto donde estaba durmiendo mi compañera. La despertaron y le dijeron que iba a acompañarlos.

Muchos pensamientos pasaron por mi mente y decidí salir de mi escondite. Sorprendidos, los soldados me dijeron que yo también tenía que ir con ellos. Eso suponía. Y pocos minutos después, estábamos en un camino en la densa oscuridad de la noche, tomando los primeros de muchos pasos en esta aventura.

¿A dónde íbamos? ¿Por cuánto tiempo? ¿Nos matarían? ¿Por qué nos secuestraron? Muchas preguntas, pocas respuestas.

Nací en un hogar donde se creía en Dios y procuraba honrarlo. A los siete años invité a Jesucristo a ser el Salvador y Señor de mi vida. Entendía que ser cristiana significaba hacer lo que Él quería con mi vida, aunque no tenía idea de a dónde me llevaría. Ya como adulta joven y consciente de las necesidades en distintas partes del mundo, estuve orando y explorando qué quería Dios que hiciera.

Cuando recibí la invitación de ser parte de la facultad de una institución que entrenaba pastores. Sentí que era la respuesta. Llegué a África en febrero de 1987, emocionada para este capítulo de mi vida. Por supuesto, no sabía qué me esperaba.

Desde su independencia en 1956, la historia de Sudán ha estado plagada por conflictos internos. La primera guerra civil duró 17 años, de 1955-1972 y a partir de 1983, la nación estaba embrollada en otra. A grandes rasgos, existían fuertes diferencias raciales, religiosas, lingüísticas y económicas entre los del norte y los del sur del país. El Ejército del Pueblo para la Liberación de Sudán (SPLA) era la fuerza rebelde del sur.

Las organizaciones extranjeras recibieron advertencias y consejos de abandonar el país; muchas agencias misioneras dejaron a su personal decidir si se quedaba o no. A pesar de la situación, muchos misioneros habíamos optado por permanecer allí.

Daba mis clases de inglés (porque era el idioma de instrucción y para algunos alumnos era su segundo, tercer o cuarto idioma) y temas bíblicos. Apenas estaba empezando a comprender las idiosincrasias culturales cuando salí del pueblo.

El SPLA fue quien me secuestró junto con otros dos maestros y una enfermera. Caminamos el resto de aquella noche y por varias noches más, y a veces de día. Por las condiciones del país, sufrimos lo que muchos sufren: cansancio, dolor de pies, hambre, sed, calor, piquetes de insectos y otros malestares. Hubo ciertos riesgos de enfermedades tropicales y la posibilidad de un enfrentamiento con el ejército oficial.

Al preguntarles sobre la razón de llevarnos, nos dijeron que iban a atacar a Mundri y no querían que muriéramos. ¿Sería cierto? Había otras maneras de lograr el objetivo pero habían optado por esta.

Un día, un soldado se quiso sobrepasar con mi compañera. Uno de los misioneros se le puso enfrente, diciéndole que éramos mujeres de Dios, que no se metiera con nosotras. El soldado se retiró y ninguno volvió a intentarlo.

Íbamos viajando y acampando, a veces esperando y a veces apurados. Pasamos por diferentes lugares y también llegamos a campamentos militares. Pasara lo que pasara, sabíamos que Dios estaba con nosotros. Algunos días eran aburridos, sin mucho que hacer, pero intentábamos aprovechar el tiempo. Había logrado conservar mi Biblia y teníamos un tiempo devocional cuando era posible. También establecimos tiempos para orar; pedíamos al Señor que diera paz a nuestras familias. Ellos no sabían dónde o cómo estábamos.

Una historia sobre la que reflexionamos mucho era del libro de Daniel, capítulo 3, especialmente la respuesta de los jóvenes hebreos al rey que les amenazaba: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado”. Sabíamos que Dios podía librarnos y creíamos que lo haría, pero estábamos convencidos de que si no lo hacía, Él seguiría siendo Dios y queríamos serle fieles.

Los soldados nos decían repetidamente que muy pronto íbamos a estar libres, pero pasaban las semanas y seguíamos allí. No parecían oponerse a nuestro rescate, pero no sabíamos si alguien lo intentaría ni cuál sería la reacción de los captores.

Después de siete semanas y una serie de cosas, llegó el día en que el SPLA nos puso en libertad. Nos despedimos de ellos y algunos cristianos facilitaron nuestra llegada a Nairobi, Kenia. Tuvimos una conferencia de prensa, citas médicas y unas tareas que hacer pero después de unos días, regresé a mi patria.

Al llegar a mi pueblo vi que los árboles tenían amarrados listones amarillos, con los que los habitantes expresaban su anhelo por mi regreso. Me enteré de que muchísimas personas habían estado orando por nosotros. Seguramente, Dios las escuchó.

Durante algún tiempo varias congregaciones me invitaron a compartir mi testimonio. Algunas veces, escuché el comentario: “Dios es bueno, te libró de tus secuestradores”. Estaba de acuerdo con la afirmación pero respondí: “Es cierto, Dios es bueno, pero lo seguiría siendo aunque me hubieran matado”.

Decidí hablar con grupos que me pedían una charla acerca de mis experiencias para agradecerles sus oraciones, para compartir un poco de lo que había vivido y para transferir algo de la atención y oraciones que habían brindado a mi favor a las personas que seguían sufriendo las consecuencias de injusticia, opresión y guerra. Yo había salido del aprieto pero la vida difícil continuaba para millones de sudaneses.

En los Estados Unidos volví a encontrarme con unas personas cuya visión y filosofía de ministerio eran semejantes a las mías; formamos un pequeño equipo que buscaba dónde servir. Unos cristianos en México nos invitaron a colaborar en un proyecto de desarrollo urbano. Esta es otra historia, pero he estado viviendo y trabajando aquí, en la Ciudad de México (CDMX) por los últimos 28 años.

La experiencia en Sudán me permitió experimentar un poco del sufrimiento que muchos padecen diario. Por supuesto, aprecio la libertad, sin embargo, le agradezco a Dios la oportunidad de estar un poquito en solidaridad con mis hermanas y hermanos que no gozan de muchos derechos. Jesús se encarnó, entró en este mundo humildemente y vivió la experiencia humana. Creo que nos toca entrar en el mundo “del otro” para amar y servir. Yo fallo mucho pero sigue siendo mi ideal.

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