Salud emocional

El secreto de la paz de Dios

Mi hermano no había muerto, solo se había ido antes que yo a encontrarse con mi Salvador

Por Susana Chow Pangtay

Estaba yo esa mañana en vísperas de presentar mis exámenes escritos para obtener la maestría en Ciencias Químicas en la Facultad de Ciencias de Marsella, Francia, cuando llegó una carta de mi cuñado Jim, presentándome sus condolencias por la muerte de mi hermano Francisco.

Fue un choque terrible, pues la semana anterior yo acababa de recibir una tarjeta de cumpleaños de Francisco que solo tenía veintiún años de edad, donde me comunicaba que tenía un regalo para mí cuando regresara a casa.

Atónita, me dirigí a la pequeña biblioteca del laboratorio en donde solía estudiar con mis compañeros. No podía ser verdad lo que estaba sucediendo. Traté de concentrarme en mis libros y cuando llegaron más tarde los otros estudiantes y me invitaron a ir al comedor, descubrieron al levantar mi rostro que tenía los ojos hinchados de llorar.

Trataron de consolarme diciendo que los exámenes del día siguiente no deberían de aterrarme de esa manera. Les dije que la razón de mi llanto era la noticia de la muerte de mi hermano y que en realidad no deseaba ir al comedor, por lo que decidieron traerme un sándwich.

Al regresar, mi compañero Dumenil se quedó un rato conmigo. Le platiqué de mi relación estrecha con mi hermano menor y lo que su partida significaba para mí. Dumenil era profundamente religioso, sobrino del arzobispo de Marsella, por lo que me dijo: Susana, creo que lo único que te queda es rezar por su alma.

Le respondí de inmediato: ¡No, rezar por su alma jamás! Mi hermano aceptó a Cristo como su Salvador personal y por lo tanto está gozando de Su presencia en la eternidad, pues Cristo nos promete en su Palabra que “el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.

Dumenil, sorprendido, me preguntó: Entonces, ¿por qué lloras?

Fue curioso, no lo había pensado, pero le contesté: Yo no lloro por mi hermano, sino que lloro por mí misma, pues ¡él me hace falta!

Más tarde al regresar al dormitorio, me sentí impulsada a escribirle una carta a mi madre para consolarla y decirle que no perdemos a los que amamos, sino que solo se van antes, que ahora mi hermano se encontraba más cerca de nosotros pues la distancia no sería más un obstáculo. Ahora él vivía eternamente en nuestros recuerdos y en nuestro corazón.

Al terminar la carta, mi mente empezó a divagar y mi lógica me decía: Susana, cuando llegaste a Marsella en pleno invierno y no soportabas el viento frío del Mistral, te decías a ti misma que tenías calor y podías sentirte mejor. Ahora que tu hermano ha muerto, te dices a ti misma que está con el Señor y te consuelas, pero ¿a quién conoces que haya regresado de entre los muertos para que te conste que el que cree en Cristo, aunque esté muerto, vivirá? ¿No crees que todo esto, no es más que pura auto sugestión?

Mi corazón se llenó de angustia y caí de rodillas clamando al Señor desesperadamente: Señor, tú nunca has dejado de mostrar tu fidelidad y Tú nunca me has engañado. Sin embargo, conoces la angustia de mi corazón ante las dudas que surgen de mi lógica. Por favor hazme saber si es verdad que el que cree, aunque esté muerto, vivirá, y que por lo tanto Francisco está contigo. ¡Dame como señal el poder tener la paz para presentar mis exámenes mañana!

Esa noche tuve un sueño tranquilo y reparador. Al día siguiente me levanté muy temprano, sintiendo en mi corazón un gozo que sobrepuja todo entendimiento, y me dirigí a la Facultad para presentar los tres exámenes cuyos resultados determinarían la renovación de mi beca y mi permanencia en Francia.

Al salir del exámen, se me acercaron mis compañeros para darme sus condolencias. Pero esta tarea les resultó desconcertante, ya que no podía evitar proyectar un gozo y una paz que expresaban una felicidad inmensa que surgía de mi interior. Era como ríos de agua viva a pesar de que mi mente me repetía que era ilógico, que yo debería de estar triste. Sin embargo, mi corazón rebozaba del amor de mi Señor.

Les decía que mi hermano no había muerto, solo se había ido antes que yo a encontrarse con mi Salvador y por lo tanto vivía eternamente con Él.

La respuesta de Dios a mi petición también se vio en los resultados de los exámenes. Logré el tercer lugar de los más de veinte participantes y con ello pude comprobar una vez más que “cosas que ojo no vio ni oído oyó… son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

¿Cómo podemos tener paz? Es imposible de alcanzar a menos que la recibamos de nuestro Señor Jesucristo. Él habla de paz, Él hace la paz y Sus palabras son espíritu y vida. “Mi paz os dejo” es algo que se logra viendo Su rostro y percibiendo su serenidad imperturbable.

En los momentos que estamos lastimados, perturbados, distraídos por el oleaje de las circunstancias permitidas por la providencia de Dios, debemos mirar hacia arriba y recibir la imperturbabilidad de nuestro Señor Jesús.

Su paz reflejada en nosotros es la prueba de que estamos bien con Dios. Cuando no estamos bien con Él, la mente se vuelca hacia nosotros mismos y permitimos que los problemas oculten el rostro de Jesucristo.

Solemos perturbarnos porque no tomamos en cuenta al Salvador, quizá porque “tenemos en poco una salvación tan grande”. Pero cuando confiamos en Él, la confusión desaparece porque en Él no existe confusión y nuestra única preocupación es permanecer en Él.

Cuando tenemos que enfrentar enfermedades, duelo, desempleo, jubilación, incertidumbre, dolor o cualquier otro tipo de dificultades, Él nos dice: “La paz os dejo, mi paz os doy… no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.

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