Vidas transformadas

Yo quemé el dinero del diablo

A los catorce años me inicié en mis estudios de filosofía Yogui, ejercicio de Karate, Astrología, Zen, rosacrucismo, Masonería, Ocultismo, Espiritismo, lectura del Tarot y las cartas, así como “limpias” y trabajos espiritualistas

Por Marcelo Martínez Ruano

Desde muy corta edad tuve la inquietud de poseer una distinción como la de ser un “santo”, no por lo que significa esta categoría del ser humano, sino que me atraía la posibilidad de ser tan famoso como los santos que yo conocía, sobre todo de poder desarrollar esos poderes que me imaginaba que siendo bueno podría tener.

Mi vida religiosa se separó del catolicismo cuando a los catorce años me inicié en mis estudios de filosofía Yogui, ejercicio de Karate, Astrología, Zen, rosacrucismo, Masonería, Ocultismo, Espiritismo, lectura del Tarot y las cartas, así como “limpias” y trabajos espiritualistas.

Llegué a reunir algún dinero para comprar una casa en Guadalajara, en donde vivía con mi familia. También daba consultas espiritistas a personas que llegaban hasta mi domicilio para pedir “ayuda” moral, a quienes les practicaba “limpias” y les preparaba pociones y amuletos de la buena suerte para que mejoraran su vida económica, matrimonial, política, etc.

Cuando todo parecía marchar mejor, ya que tenía cada vez más y mejores clientes, entonces mi esposa empezó a estar en desacuerdo conmigo. Me aficioné por el vino y las mujeres. Cada vez era más áspero con mi esposa, tenía más vanidad y orgullo, me volví más violento; estaba totalmente extraviado en una vida vacía y sin objetivo.

Cuando estábamos a punto de destruir nuestro matrimonio, al tener “una tregua” después de reconciliados, mi esposa aprovechó unas vacaciones para viajar al Distrito Federal. Entonces yo decidí dedicar ese tiempo para empezar a leer una Biblia que tenía ya siete años en mi librero.

Había leído cantidad de libros de filosofía y ocultismo y todos tenían siempre una “clave secreta” que era un libro, un capítulo y un versículo de la Biblia. Entonces se me ocurrió que era tiempo de descubrir esa clave secreta de la Biblia.

Tenía quince días para hacerlo. Leí día y noche sentado en un banco de meditación oriental Zen, durmiendo solo de las doce horas de la noche hasta las dos de la mañana, siguiendo las técnicas tibetanas de meditación.

Mientras más leía me atemorizaba y me sorprendía de todo lo que la Palabra de Dios mostraba ante mis confusos sentidos. Todo mi ser estaba siendo consumido por este Dios de fuego, que me revelaba todos los juicios de su ley.

Dudé en continuar la lectura de este libro aterrador porque mi mente pecadora, el dolor de mi cuerpo y los días que tenía en esta vigilia, me impedían continuar; pero seguramente la tremenda lucha que se había desencadenado entre las tinieblas y la luz, era lo que me animaba a continuar en la lectura de la Biblia.

De pronto me encontré ante el profeta Isaías quien desde su tiempo me hablaba, invitándome a tomar el camino que muestra seguramente la vivencia que él mismo experimentó (Isaías 30:21 y 22).

Todo esto me produjo una crisis que me angustió en gran manera. Quedé paralizado y cuando pude reaccionar ante lo que me indicaban estos versículos, recobré la calma, entré en la recámara del fondo de mi casa y empecé a quemar los libros de ocultismo, el dinero que había reunido con las prácticas ocultistas, mis barajas y cartas del Tarot y las cartas astrológicas. En fin todo.

Había iniciado el camino y había escuchado la voz a mis espaldas. Pasó un mes y medio antes que me encontrara con el hermano Ricardo Lee, de la Iglesia Bíblica de Las Águilas en Guadalajara y un miércoles 19 de julio a las 21:30 horas estaba naciendo de nuevo. Me había entregado a Cristo y el Espíritu Santo inundó mi vida totalmente.

Más tarde mi esposa se entregó a Cristo y el 22 de agosto del mismo año fuimos bautizados en agua para testimonio a la Iglesia de nuestra nueva vida en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Publicado en la revista Prisma en 1986

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