Vidas transformadas

Mi príncipe se convirtió en sapo

Al tercer día de casados él le dio su primer golpe, y siguieron después puñetazos, cinturonazos y más

Por Margarita Hord

Claudia Anelly Hernández soñaba con ser esposa de pastor. Tenía 19 años cuando se casó después de un noviazgo de solo un mes. Pensó que su príncipe azul, líder en su iglesia, podría llegar a ser pastor algún día. Pronto sus sueños se hicieron añicos; al tercer día de casados él le dio su primer golpe, y siguieron después puñetazos, cinturonazos y más. Lo peor de todo es que, según él, la castigaba para salvarla de ser condenada en el infierno.

El “príncipe convertido en sapo” practicaba también el acoso psicológico: “Mírate en el espejo; eres fea”. Aun la mamá de Claudia le dijo: “Tienes que llevar tu cruz”. Y aunque pidió ayuda, nadie la apoyó, porque según ellos “era un buen hombre”.

Cada vez eran más fuertes las golpizas, aun cuando Claudia estaba embarazada. Tuvo que ir al hospital varias veces. Empezó a tomar antidepresivos y otras drogas. Sus dos hijitos la pateaban o la acusaban con el papá. Al fin, cuando el esposo la hirió con un cuchillo, fue a demandarlo en el Ministerio Público del Estado de México. Le prohibieron regresar a su casa, por seguridad.

Cuando quiso buscar a sus hijos, su esposo se los había llevado y la casa estaba cerrada. Claudia no tenía ningún documento y quedó relegada a vivir en la calle. En ocasiones daba muchas vueltas en el metro, para dormir.

Llegó el día que alguien le recomendó un trabajo de mesera que “pagaba muy bien”. El primer día ganó bien; el segundo día la pasaron a “dama de compañía” y fue bien remunerada. El tercer día le dieron unas bebidas, aunque nunca había tomado licor, y amaneció en un hotel, violada. Así empezó, ahora sí, un infierno como sexoservidora y alcohólica.

Mientras tanto, Claudia aprovechó sus ganancias para pagar abogados en el intento de recuperar a sus hijos. Le costó mucho trabajo, ya que el esposo y los niños se cambiaban de ciudad para eludirla. Al fin recibió ella la patria potestad y encontró a los chicos, pero tuvo que dejarlos para seguir trabajando. El alcohol le estaba destruyendo el hígado y a veces vomitaba sangre. Ella confiesa que también era adicta al dinero que ganaba. Su soledad era tremenda y alguna vez quiso suicidarse.

Una noche llegaron dos extranjeros y una mexicana al bar. Platicaron con Claudia y le dijeron que pidiera lo que quisiera. Después de un rato, le pasaron un rollo de dinero: “¡Escóndelo!” Sus palabras antes de irse fueron aun más sorprendentes: “Dios te ama. Dios te ha escuchado”.

Lo asombroso es que ese dinero lo quería ella para cubrir sus gastos funerarios. Pensaba suicidarse, pero no quería dejar a los demás “otro problema” por su causa.

El trío regresó en otras ocasiones. Le invitaban un café: “¿Cómo estás? ¿Qué necesitas?”. Ya no hablaron de Dios. Un día le preguntaron a Claudia: “¿Te gustaría cambiar de vida?”.

El infierno se acabó después de siete años. Era el año 2015. Contrataron a Claudia para trabajar en un centro cristiano para ayudar a otras sobrevivientes de la trata de personas. A diferencia de ella, la gran mayoría (95 por ciento) de las mujeres llegan convencidas del amor de su padrote, y difícilmente se zafan de esa adicción.

Una de las formas de ayudar a las mujeres es un proyecto donde les enseñan a hacer bisutería y les pagan una cantidad diaria. Incluyen las historias de las chicas en la joyería que se vende. Por supuesto, es difícil que $250 se compare con lo que ganaban antes, y esto puede hacer que vuelvan a su vida anterior. También escuchan el mensaje liberador de la Palabra de Dios.

Ahora la vida de Claudia es otra. Sus hijos viven con ella. La becaron en el Tecnológico de Monterrey para un curso de incubación donde aprendió cómo hacer negocios. Fue a Houston, con todos los gastos pagados, para compartir su testimonio en una convención sobre el tráfico de mujeres. Ya se sabe valorada y amada por Cristo, su verdadero Príncipe.

Tomado de la revista Alianza, 2018

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