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Cuando mucho razonar pospone la obediencia y el amor

 

Por -Dan McCracken, The Friends Voice

Veo a Guillermo sentado en el templo. Me han contado que su hogar está en dificultades. Mi mente rápidamente considera los pros y los contras de decirle algo.

Debo indicarle que me preocupa su situación. Pero no lo conozco muy bien. Sería bueno hacerle saber que no está tan solo como se siente ahora. Aunque realmente no es asunto mío. Aquí en la Iglesia debemos poder compartir nuestras preocupaciones. No quiero que Guillermo se sienta mal. Si yo estuviera en su lugar, apreciaría una palabra de ánimo.

Cuando se acaba el culto me escondo detrás del pretexto de que otras personas conocen mejor que yo a Guillermo, y están más capacitadas para ministrar a sus necesidades.

El siguiente domingo veo a Ruth. Sé que su hermana no tiene paz con Dios y está en las etapas finales del cáncer. Susurro a mi esposa: ¿Todavía vive la hermana de Ruth? y me contesta que no está segura, pero los dos sabemos que este es un tiempo crítico para ella. Mi mente repasa las excusas para ignorarla y las razones para hablar.

Esta vez mi obediencia gana la victoria y me encuentro frente a Ruth: No he escuchado nada últimamente acerca de tu hermana, le digo: “¿Cómo está ella y cómo te va a ti en medio de este dolor?”

Tales oportunidades existen una sola vez, en el momento. Cuando actúo en obediencia, le ayudo a alguien a sentirse un poco menos solo y yo mismo recibo una rica bendición. Pero si racionalizo y pospongo actuar, puedo estorbar el espíritu amoroso de Jesucristo en favor de aquella persona.

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