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Literatura

La niña Rosema

En el pueblo se han visto muchos casos a través de los años pero no como lo de Rosema

Por Elisabeth F. de Isáis

Es extraño que usted me pregunte por ella. Aquí en el pueblo, casi todos la han querido olvidar y si usted hubiera preguntado a otra gente, a lo mejor ni le habrían contestado. Es que en el pueblo se han visto muchos casos a través de los años pero como lo de Rosema, pues, usted verá.

Bueno, le voy a contar la historia para que usted me diga si estoy bien en mi apreciación o si estoy totalmente equivocada. Hay gente aquí que me cree un poco loca, yo lo sé, aunque nunca se atreverían a decírmelo en la cara. Después de todo, yo era la maestra del pueblo y merezco cierto respeto, pero le estoy contando lo de Rosema, no lo mío, así que perdóneme usted.

Sí, ella era una niña hermosa, algo excepcional, graciosa, amada por todo el pueblo. Ni una sola persona le hubiera dicho algo malo de Rosema. Su mamá nunca tuvo que preocuparse por dónde andaba porque toda la gente la cuidaba como si fuera suya.

Habría visto usted su sonrisa, hasta el corazón más rudo se suavizaba un poco con esa boquita siempre dispuesta a reírse. A veces cortaba una flor y me la traía, una piedrecita llamativa, un insecto.

Sí, sí, ya voy a llegar al meollo de la historia. Iba creciendo y como que nunca se puso feíta como sucede con algunas niñas cuando pierden sus primeros dientes, usted me entiende. Pero de repente un día nos dimos cuenta que Rosema era una verdadera belleza.

Usaba el pelo largo y ondulado y ¡cómo brillaban sus ojos negros! Pero no era de ese tipo seductor que trae malos pensamientos a los hombres, sino más bien una sugerencia de inocencia o pureza.

No quiero pintarla de ángel, porque obviamente hacía sus travesuras y en la escuela no sacaba puros dieces ni mucho menos, pero no sé, todos la amábamos. Era como la alegría del pueblo.

Desde luego, atraía a los muchachos como moscas, como dicen, pero no hizo caso de ninguno realmente. No daba la idea de ser orgullosa ni presumida, pero un día me confesó que soñaba con alguien diferente de los del pueblo. En su imaginación había visto a un hombre especial. No conocía su apariencia, sino solo su mirada, y sentía que tendría un carácter bondadoso con un mensaje de gran valor para el pueblo.

Me imagino que usted ya sabe el resto de la historia. Un día entró en el pueblo un hombre joven, cansado, cargado de un saco lleno de libros pesados. La gente de aquí no es muy dada a la hospitalidad para los extraños, pero la noticia corrió muy rápido por todos lados. Pronto se supo que ese individuo se había dirigido al mercado con sus libros para vender.

No es porque yo haya sido la maestra, pero la verdad es que aquí los libros llaman mucho la atención. Rosema fue una de las primeras en volar al mercado y buscar al señor ese. Llevaba unos centavos, se compró el primer libro y desde luego, lo empezó a leer. Pero me confesó después, que aquel joven la inquietaba porque le recordaba al hombre de sus sueños.

Cinco o seis personas le compraron libros y el vendedor se quedó un tiempo dizque para enseñar a aquella gente.

Como le dije, Rosema nunca se había enamorado, pero ahora, bueno, el espectáculo era triste, porque Ramón, así se llamaba el joven, no le hacía caso en el sentido amoroso, sino que quería convencerla de sus ideas raras que venían en el libro que vendía. Rosema perdió peso, dejó de sonreír, se puso melancólica, daba pena verla.

Pero de repente, algo sucedió. ¿Qué fue? Nadie supo entenderlo, de veras, aunque quizá yo comprendía un poco porque conozco el poder de las ideas y de los libros. Rosema volvió a tener esa cara resplandeciente que le caracterizaba de niña. Se puso más hermosa que nunca, pero ahora con un algo bueno, algo maravilloso y especial.

Cantaba por las calles, prácticamente bailaba de alegría; pero cuando se le preguntaba si al fin Ramón le había correspondido, decía que no, que era un amor aún más grande que el amor humano que se había apoderado de ella y que si la gente leyera el libro que Ramón vendía, les iba a pasar lo mismo.

Bueno, ya usted sabe cómo son los chismes en un pueblo como este. Alguien empezaba a decir que su conducta tan extraordinaria se debía a que esperaba a un hijo de ese Ramón, que de hecho ya se había marchado con algunos libros que le faltaban para vender, pero de una vez quiero asegurarle que yo nunca creí esa versión. Rosema no era esa clase de mujer y era totalmente imposible.

Otros alegaban que se había vuelto loca; pero no lo decían tanto por su mirada como por su forma de ser tan cambiada. Antes era un poco egoísta como la mayoría de la gente, pero después, imagínese, pasaba todo el tiempo tratando de ayudar a los pobres y leyéndoles de aquel libro que ella llamaba la Santa Biblia, y pidiéndoles que creyeran igual que ella.

Fue a cada casa de los vecinos y a mí me visitó una vez para tratar de convencerme, pero le dije que yo estaba muy bien y que no me hacían falta ideas nuevas y menos en el campo de la fe religiosa. Después de todo, yo no iba a aprender nada de alguien que había sido mi alumna.

Pero los chismes seguían de mal en peor hasta que alguien dijo que Rosema se había convertido en bruja, y entonces la cosa sí se puso grave. Yo traté de defenderla hasta donde era posible, pero la gente perdió la razón de una forma espantosa. Es la única explicación que le puedo dar.

Supongo que usted ya visitó el lugar donde la enterraron. Muchos turistas lo vienen a ver cada año, y ponen flores y cantan lo mismo que ella solía cantar aquellos últimos seis meses de su vida. Ha traído cierta prosperidad al pueblo. Ya tenemos un restaurante y una gasolinería, y muchas cosas más. Lo más sorprendente es que mucha gente de aquí, cree igual que ella ahora. ¿Verdad que es increíble cómo una sola niña pueda causar tanta revolución en un pueblo?

Sin embargo, nada es comparable con lo que dijo Rosema, cuando la iban a colgar allá por la plaza. Usted hubiera visto… pero no, era demasiado horrible. Yo no aguanté más que unos minutos al verla suspendida allí, tan delgadita y hermosa como siempre.

Ah, ¡pero lo que dijo! Mire, lo tengo apuntado en este papelito: “Padre, perdónalos, y ayúdalos para que pronto vean la luz. Jesucristo, recíbeme en tus brazos, porque voy contigo en esta hora”. ¿Verdad que es hermoso lo que dijo? Y muy difícil de entender.

Yo no sé, a veces pienso que era una santa. Lo cierto es que no era una bruja ni nada por el estilo. Sí señor, en el caso de Rosema, el pueblo se equivocó, aunque no sé cómo explicarlo todo. Pero, ¿no le parece que fue un gran error?

Tomado del libro Un cofre de cuentos

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