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 Lo que pocos sabemos sobre Cristóbal Colón

Por -Redacción de Prisma

Hace más de 500 años nació un niño en Génova, Italia, destinado a cumplir una misión inmensamente importante en este mundo.

Todos sabemos quién fue: Cristóbal Colón, el descubridor de América. Pero pocos sabemos que Cristóbal (cuyo nombre significa “el que lleva a Cristo”) leyó mucho las Sagradas Escrituras y creyó que Dios le había dado una misión especial, casi mística: la de llevar la luz de Cristo a la oscuridad de las tierras paganas o descubiertas. Pero desgraciadamente, la naturaleza carnal y pecaminosa del hombre contribuyó mucho al fracaso de sus altos ideales.

Es interesantísimo leer en su Libro de Profecías acerca del alto concepto espiritual que Colón tenía de su llamamiento:

“Fue el Señor que puso en mi mente (podía sentir su mano sobre mí) la idea de que sería posible navegar desde aquí hasta las Indias. Todos los que oyeron de mi proyecto lo rechazaron con risas, ridiculizándome. No hay duda de que la inspiración vino del Espíritu Santo, porque Él me consoló con rayos de inspiración maravillosa de las Sagradas Escrituras. . .

Soy un pecador muy indigno, pero he clamado al Señor por gracia y misericordia, y ellas me han cubierto completamente. He hallado la consolación más dulce desde que hice mi entero propósito el gozar de Su presencia maravillosa. Para la ejecución de mi viaje a las Indias no hice uso de la inteligencia, de matemáticas ni de mapas. Fue sencillamente el cumplimiento de lo que profetizó Isaías. . . “.

De joven, Cristóbal y su hermano Bartolomeo trabajaban en Lisboa como dibujantes de mapas. Aquellos mapas que tenían dragones en las orillas donde todo era desconocido. Cuando concibió su visión de viajar directamente hacia el misterioso Oeste, Colón decidió que necesitaría tres carabelas, 90 hombres y provisiones (todo muy bien planeado por cierto). Todo con un costo aproximado de 1,167,542 maravedís, de los cuales la Corona aportó un millón, que prestó el judío converso Luis Miguel de Santángel y el resto fue aportado por Cristóbal Colón.

En el año 1484 llevó su idea a la corte de Portugal, pero fue rechazada. Después fue a Inglaterra y España sin lograr convencer a nadie.

Pasaron los años, y finalmente en 1491, al recibir una nueva negativa de los reyes de España, Colón fue al monasterio La Rábida, donde había dejado a su hijo Diego y tuvo una larga plática con el prior, Juan Pérez, confesor de la Reina Isabel. El resultado fue que Pérez mandó un mensaje personal a la Reina, y este mensaje, combinado con la certidumbre de una victoria final de España sobre los invasores moros produjo el milagro: la Reina llamó a Cristóbal Colón.

Parece que fue más que una coincidencia que Colón, lleno de sentimientos espirituales mezclados con pensamientos egoístas, llegara a Granada el mero día de la salida de los últimos Moros. Y los reyes dieron su aprobación al fantástico proyecto del explorador como expresión de su gratitud a Dios por la victoria.

Las tres carabelas, la Santa María, la Pinta y la Niña, partieron con 120 hombres de tripulación, el 3 de agosto de 1492. Como es ampliamente sabido, varias veces el viaje estuvo a punto de fracasar, hasta que en el gran día del 12 de octubre de 1492 divisaron tierra por primera vez: una de las Islas Bahamas. Colón, muy agradecido a Dios en aquellos momentos, dio el nombre de San Salvador a la isla (hoy en día Guanahaní) y podemos suponer que sus sentimientos eran algo así como lo que más tarde escribiría en su Libro de Profecías:

“Nadie debe tener temor de emprender cualquier tarea en nombre del Salvador, si es justa y si la intención es puramente para su servicio santo. . . Día y noche, momento por momento, todos deben expresarle a Él su gratitud más devota”.

Sí, el inicio de la exploración de América fue un momento sagrado. Pero Satanás había reinado en las tierras americanas durante milenios y no iba a dejarse vencer fácilmente. Aunque en cada Isla descubierta se colocó una gran cruz de madera “como señal de Jesucristo nuestro Señor, y en honor de la fe cristiana”, Colón cayó en dos grandes errores: tomó prisioneros de la gente nativa para exhibirlos en España y empezó a sentirse apasionado por el oro.

Cierto, decía que el oro serviría para financiar la reconquista de los lugares santos en Jerusalén, pero entre todos la tentación de enriquecerse llegó a ser una fiebre. Una enfermedad que al final dañó terriblemente las relaciones entre el viejo y el nuevo mundo y sin duda echó a perder muchos de los planes de Dios para América.

Además en forma personal, el orgullo y el egoísmo despertados en Colón por los honores y la fama de sus hazañas, entorpecieron casi por completo la espiritualidad del gran líder durante mucho tiempo. Parece que el Señor trató de llamarle la atención a Colón en varias ocasiones, sobre todo cuando en el mar se levantaron terribles tormentas, hasta el grado que los marineros creyeron que todo estaba perdido.

Varias veces como en el caso del rebelde Jonás, los marineros echaron suertes. Usaron frijoles y cortaron una cruz en uno, que señalaría al culpable del castigo de Dios sobre el barco. La primera vez, el frijol marcado cayó en manos de Colón. De cuatro diferentes ocasiones, el frijol marcado fue a dar a Colón tres veces. Pero el almirante no captó el mensaje. Su corazón estaba endurecido. Dios le estaba llamando la atención y él no lo entendió.

Uno de los libros de Colón menciona que durante un huracán en el mar, el día 13 de diciembre de 1502, él leyó en el Nuevo Testamento donde Jesús calla la tempestad y dice a sus discípulos: “Yo soy; no tengáis miedo”. Sin duda la lectura le infundió valor, quizá algo de arrepentimiento, pero según la historia parece que Colón solo se acordaba de Dios en tiempo de problemas.

Cuando iba a morir en Valladolid en el año 1506, sintiéndose pobre y desgraciado, el gran descubridor de América tornó sus ojos a Dios y expresó las mismas palabras de Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Hay que admirar a Cristóbal Colón por las muchas cosas que logró, por haber cumplido hasta cierto punto el plan de Dios para su vida. Pero hay que lamentar que no haya sido más fiel en su dedicación y que en parte por su culpa, pecados espantosos hayan sido cometidos con la Conquista.

Es una lección que todos tenemos que aprender: solo asidos de la mano del Señor, fieles a sus enseñanzas en la Palabra de Dios, despojándonos de todo egoísmo y ambición material, pidiendo en oración constante la dirección de Jesucristo, podremos vivir victoriosos y exitosos en esta peregrinación terrenal.

 

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