Legado de fe

Mi hija es un vegetal

Cuando le expuse a una doctora mi problema, me respondió:  —La niña será una demente; tome las cosas con calma

Por María de Jesús Solís Morgado de Tovar

Me interné el 21 de agosto de 1983 en un hospital del ISSSTE en la Ciudad de México, lista para que naciera mi segundo bebé. ¡Qué emoción!

Me valoró un médico de edad madura quien al poco tiempo le dejó el turno a un joven. Las instrucciones eran que me hicieran cesárea. Me inquietó su actitud algo burlona.

Conforme pasó el tiempo mis dolores fueron más fuertes. En la madrugada ya no los soporté. Por un momento me sentí desfallecer. Pensé: Mi bebé ya quiere salir.

Gracias a Dios apareció una enfermera que vio que ya había coronado y corrió a buscar al médico quien llegó tarde porque se había quedado dormido. Los dolores ya habían pasado. Mandaron llamar al anestesiólogo quien tardó muchísimo en aparecer.

Volvieron a provocar los dolores y se subió una persona en mi vientre para ayudar a bajar al bebé. Fue impresionante sentir la fuerza de ese individuo oprimiendo mi vientre. Al fin nació Lizette, una niña como la que le había pedido a Dios.

—Gracias Dios, —expresé con lágrimas. Pero la niña no lloraba. Solo se quejaba como expresando cuánto había sufrido al salir. Estaba morada, casi negra. “Dios, ¿qué está pasando?” pensé. Le pregunté al médico qué sucedía.

—Nada, madre, usted tranquila. Todo estará bien.

Empecé a temblar de angustia. Solo quería que la bebé estuviera bien. Se veía grandota y preciosa.

Ya no supe más. Me subieron al piso de recuperación y en mi estancia allí no volví a ver a la niña. Tampoco me daban muchos informes sobre ella. Me dieron de alta, pero ella se quedó en incubadora, pesando cuatro kilos 25 gramos, midiendo 52 centímetros. Era extraño que una niña con ese peso y medida estuviera en incubadora.

Nos fuimos a casa y a diario iba a preguntar por Lizette. A veces me dejaban pasar a verla, otras no. Así estuvimos por dos semanas. Por supuesto ya habíamos pedido apoyo de oración a nuestra congregación y la petición se compartió con otras Iglesias. Carlitos, su hermanito de seis años de edad, mi esposo y yo también oramos sin cesar.

Gracias a Dios nos la entregaron y nos indicaron una dosis de epamín. Una jeringa completa como tratamiento para epilepsia, demasiado para una recién nacida.

Más tardamos en sacarla del hospital que en regresar nuevamente en una ambulancia. Cuando le expuse a una doctora mi problema, me respondió:  —La niña será una demente; tome las cosas con calma.

“¡No puede ser!” pensé. Lizette volvió a quedarse en el hospital por otros quince días. Nosotros íbamos a diario y yo me quedaba para averiguar algo, pero no me informaban nada.

Mi angustia creció al grado de comentarlo con el pediatra de nuestro hijo, quien fue al hospital para investigar. Le explicaron que la niña ha sufrido hipoxia y que se le habían muerto algunas neuronas. El caso era muy grave. Efectivamente, la niña tenía deficiencia mental.

Amistades y parientes nos aconsejaron demandar al médico y a la institución. Mi respuesta siempre fue la misma: —Lo único que deseo es que mi hija sane. De lo demás Dios se encargará.

Hablamos con los encargados del área para ver las posibilidades de sacarla de allí. Un tío de mi esposo conocía al director al Centro Integral de Salud Mental y gracias a Dios se nos concedió sacarla bajo nuestra responsabilidad.

Ahí, el neurólogo confirmó el diagnóstico del ISSSTE y le retiraron el epamín. Él le mandó fenobarbital, una pastilla.

Seguimos orando, esperando la respuesta de Dios. Fui constante a las citas, pero más en orar sin cesar junto con mi esposo, mi hijo y los miembros de mi congregación.

Una noche cuando la niña tenía como cuatro meses de edad, estaba muy triste y preocupada, mucho más que de costumbre. Recordé la porción de la Biblia que dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7).

“Señor, este es el momento”, pensé. Tomé a mi hija en brazos y le dije a Dios: “Padre Santo, Te pido que no veas mi necesidad sino la de mi hija. Por favor, Señor, tómala. Te pertenece; tú conoces lo que ella siente. Tú la formaste y te la entrego. Dios, si tú decides otra cosa con su vida, por favor por los méritos de mi Señor Jesús te ruego que sea, conforme a tu perfecta y bendita voluntad”.

Mi corazón latía aceleradamente. Mi rostro estaba bañado en lágrimas y mi piel erizada.

En ese momento, ¡mi hija abrió los ojitos y buscó qué comer! ¡Gloria a Dios! Algo maravilloso que a la fecha me quebranta la vida.

El neurólogo se quedó boquiabierto en la próxima cita. No comprendía lo que había pasado.

—Doctor, ¿usted cree en Dios, cree en los milagros? —le dije.

—Sé que Dios existe —me respondió.

No salía de su asombro. Yo le aseguré:
—Lo que usted está comprobando es un milagro. Dios existe y como hace muchos años hacía milagros, hoy en día también los hace.

Me dijo:  —No le voy a quitar el medicamento por ética profesional.

—Como usted quiera, pero la niña está sana y el medicamento está de más, —contesté.

Él decidió reducir la dosis y poco tiempo después la dio de alta médicamente hablando, porque nuestro Padre Celestial ya la había dado de alta.

Lizette aceptó al Señor Jesucristo como su Salvador a los ocho años de edad y se bautizó a los catorce. Hoy está casada y es madre de una bella niña.

Bien dice la Palabra de Dios: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra. Jehová de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob” (Salmo 46:10-11).

Sí, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Lo hemos comprobado.

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