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Dependía de todos para vivir

Por Doris S. de Mancilla, en colaboración con GCM

“Durante tres años me dominaron constantemente la angustia, el nerviosismo y la depresión. No podía valerme por mí misma y dependía de mi familia para poder vivir. Algo superior a mis fuerzas me hacía desear la muerte y no soportar a la gente”.

Esto nos contó la señora Doris S. de Mancilla. Es madre de dos niños: Israel y Luis Fernando, quienes con su esposo Raúl componen la familia Mancilla. Ella es secretaria y su esposo empleado de una empresa particular.

El 2 de abril de 1981 ⸺continúa relatando la señora Doris⸺, me levanté con un intenso dolor de cabeza, que corría por mi cuello y espalda. Desde ese día el dolor nunca se me quitó. Por el contrario, fue en aumento, restándome poco a poco todas mis capacidades físicas hasta dejarme en cama durante mucho tiempo, sin valerme por mí misma.

Al principio, traté de ser paciente. Mi esposo me llevaba a cuanto médico especialista nos recomendaban, pero los resultados siempre fueron negativos.

En mi oficina mis compañeras hacían mi trabajo para que no me fatigara, y solo cubría el horario y al terminar, mi esposo iba por mí. Así pasaban los días.

Mi hogar marchaba bien, porque mi mamá hacía la limpieza y estaba al pendiente de todo lo relacionado a la casa, mientras mi esposo estaba al cuidado de mis hijos.

Pero cada día mi estado físico era más grave. Mi suegra, al verme tan mal, me llevó a un brujo. Según sus creencias, me estaban haciendo brujería. El brujo me frotó los brazos y de ellos me sacó tierra, pelos y cosas sucias. Pero cuando quiso desnudarme para hacerme una limpia, salí huyendo despavorida y muerta de miedo.

Otro posible alivio para mi malestar, fue usar aparatos ortopédicos como la fronda de tracción vertical, que me colgaba al cuello y del otro extremo pendía un saco de cinco kilogramos. Pero no me ayudó.

Posteriormente un especialista me mandó a hacer una angiografía cerebral, la cual es peligrosa porque meten un líquido de contraste al cerebro.

Mi suegra, preocupada por este estudio, me sugirió que mejor fuéramos a ver a un religioso en León, Guanajuato quien por cierta cantidad me iba a curar, pero no acepté.

Quisiera explicar que antes de mi enfermedad yo era muy alegre y junto con mi esposo nos íbamos a lugares de diversión con un grupo de amigos, sin pensar que me alejaba cada vez más de Dios. Mi madre es cristiana, y desde niña conocí el Evangelio, pero al crecer me aparté del Señor y de los otros creyentes de la Iglesia Sión, en Contreras, Distrito Federal, donde asistía mi mamá.

Mi enfermedad se agravó de tal manera que ya no podía sostener ni un cepillo ni una cuchara; todo lo tenían que hacer por mí.

Esta situación me destrozó moral y espiritualmente. Temía perder a mi esposo y a mis hijos y que mi hogar fracasara, pero solo pensaba en todas las desgracias que podía pasarle a mi familia y yo misma me atormentaba de una manera cruel.

Aunque mi madre constantemente me hablaba del Evangelio, a pesar de todo yo no quería oír mencionar a Dios.

En una ocasión me recomendaron a un doctor que trabajaba por Chalco. Al llegar a verlo, yo estaba tan mal, que no podía hilar ideas ni articular palabra. El doctor me observó y me dijo que era necesario que yo creyera en algo o en alguien y me recetó leer la Biblia, la cual me ayudaría a tener paz y tranquilidad.

Al salir del consultorio solo pensaba en acercarme a Dios y leer la Biblia. Llegué a casa en busca del libro sagrado. Su lectura me tranquilizó y ese día pude comer yo sola. Poco a poco fui adquiriendo fuerzas; la Biblia se convirtió en mi fuente de energía.

Hubo un cambio en mi vida: solo quería estar con personas que me hablaran de Dios y de su amor.  En 1984 fui bautizada y poco después entré a estudiar al Instituto Bíblico Nazario Jaramillo Chávez en la Iglesia.

Actualmente doy clases a niños en la escuela dominical y tengo un hogar muy feliz, porque la comunicación entre mi familia ha aumentado. Mi esposo y yo nos comprendemos mejor y nos hemos unido más, porque Cristo está en nuestro hogar y Él es quien ha transformado esa vida amarga, en algo más dulce que la miel.

Publicado en Prisma en 1986

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