Salud

Maneras prácticas de apoyar a enfermos y a sus familiares

“No hay dónde dormirse, casi no te permiten meter nada y es difícil escaparse para comer un bocado. Luego no consigo quién se turne para ayudar a mi enfermo…”.

Por Margarita Hord

“No hay dónde dormirse, casi no te permiten meter nada y es difícil escaparse para comer un bocado. Luego no consigo quién se turne para ayudar a mi enfermo…”.

Hemos escuchado muchas historias de conocidos que tienen familiares en algún hospital del sector salud, pero ¡hasta que nos toca en carne propia entendemos lo complicado que resulta!

Mi esposo estuvo enfermo por dos años antes de fallecer, y vi más de cerca todo lo que significa tener a un ser querido hospitalizado, aunque fueron pocos días. Al principio estuvo en urgencias, donde uno tiene que esperar en asientos incómodos todo el día y la noche, siempre pendiente de que le hablen al familiar para darle noticias sobre su enfermo, o pedir que compren algo. Algunas personas se tienden en el suelo a la intemperie para dormir.

Aun cuando pasen a piso a las personas, no hay en dónde duerma el acompañante. Por lo general tiene que arreglárselas con una silla y tal vez puede recargarse en una pared. Está pendiente de los reportes de los médicos; se preocupa cuando no come bien su enfermo; escucha los lamentos de los pacientes. Todo esto es cansado y estresante, y cualquier cosa que puedan hacer los demás por aliviar la carga es bienvenida.

Supuestamente “un familiar” debe siempre acompañar al paciente, algo realmente imposible para muchos. Muchos, como yo, tienen que seguir trabajando durante la hospitalización de su enfermo. Fue una bendición tener a muchas amistades y sobre todo hermanos en Cristo (“familiares”, ¿no?) que se ofrecían a estar un rato con mi esposo. Otra gran ayuda fue que alguien coordinara a las personas que podían ir, en cuanto a horarios.

Vi que existen muchas maneras de ayudar a las personas que tienen a algún pariente enfermo. Algunas de ellas son:

·        Llevarles algo de comer o invitarlos a comer en un pequeño descanso.

·        Formarse en la farmacia del hospital para recibir las medicinas que necesita el enfermo.

·        Ofrecer transporte a su casa, de regreso, o a hacer algún trámite.

·        Ayudarles a cargar su teléfono. Esto es muy complicado en los hospitales públicos, ya que no permiten que uno lo haga con los contactos allí mismo.

·        Llevar calcetines, un cepillo de dientes, jabón, una cobija pequeña (puesto que en realidad no aceptan cobijas), una mini-almohada, algo que leer.

·        Ir a comprar una medicina o pagarles alguna cuenta pendiente.

·        Darles una ofrenda, pagarles el taxi o regalarles tiempo aire en su celular.

·        Quedarse un rato con el enfermo y dejar que el familiar duerma en tu coche o se dé una vueltecita a la casa para bañarse o tomar una siesta.

·        Buscar una silla de ruedas que pueda usar el enfermo, especialmente para salir.

·        Orar con ellos y en lo posible con el enfermo.

Por otro lado, existen varios grupos, entre ellos iglesias evangélicas, que llevan café o atole y pan dulce o una torta para las personas que están cuidando a los enfermos, ya sea en la mañana o en la noche. Las personas que participan en esta actividad han visto que realmente se aprecia mucho ese esfuerzo y cuando ofrecen orar, casi siempre se interesa la gente.

La verdad es que la enfermedad grave hace que las personas se vuelvan más sensibles en lo espiritual, más hambrientos de fe y consuelo. Aunque las palabras de ánimo y las oraciones son importantes, el hecho de que los cristianos ofrezcan su presencia y una ayuda práctica puede ser más significativa como una muestra de amor.

¡Imagínense cómo será para los enfermos que vienen de otro lugar! En muchos casos hay albergues disponibles, pero tienen sus limitaciones. Estas personas son las que más necesitan ayuda, y frecuentemente sus recursos son limitados; pensemos cómo ministrarles a ellos en especial.

Además de la ayuda personal o como iglesia, otra opción para “ser luz” en estos lugares de tanto sufrimiento y necesidad es formar parte de un grupo de voluntarios.

Espero que cada uno de nosotros pueda en algún momento ministrar a otros en estos momentos tan difíciles.

Publicado en la revista Alianza

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