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Vidas transformadas

Mamá, ¡perdóname!

Si Dios no se hubiera llevado a mi mamá, todo hubiera sido diferente

Por Luz María Linares Lara
en colaboración con GCM

Falleció mi mamá cuando yo tenía la edad de dos años y tiempo después mi papá se casó con Adelina. Él nos llevó a vivir a Varechiquichuca, municipio de San José Villa de Allende, Estado de México. Allí mi papá enfermó y estuvo postrado en cama por cinco largos años, durante los cuales, mi madrastra trabajó para sostener a tres hijos de ella: Remedios, José Luis e Inocencia y a nosotros: Martín, Guadalupe y yo.

Fue una época difícil. Cuando llegaba Adelina a la casa, de su trabajo, nos regañaba muy fuerte por cualquier cosita. Esto empezó a crear en mi corazón una úlcera de odio hacia ella que más tarde se convirtió en un cáncer que casi arruina mi vida. Siempre pensé que ella no me quería y que me regañaba porque yo no era su hija. En mi mente siempre tenía presente el deseo de vengarme a como diera lugar.

Un día por hacerla enojar me quedé en un baile, aunque me aburrí terriblemente. Cuando llegué a casa, de inmediato me regañó y me amenazó. Recuerdo sus palabras: “Te voy a pegar y te vas a acordar de mí. ¡Me tienen harta tú y tus hermanos!” Me dio tanto miedo que salí y me quedé debajo de un burro de rastrojo durante toda la noche.

Al amanecer mi deseo era irme del pueblo a la Ciudad de México. Como pude conseguí el dinero y compré el boleto. Subí al autobús y me senté junto al chofer, no sé por qué, pero al arrancar el camión una mujer comenzó a gritar al chofer que se detuviera.

Al verla le grité al conductor que no le hiciera caso, que esa mujer me quería matar. Él dudaba de mi versión porque sabía que era mi mamá, así que se paró y dejó que ella subiera. Tenía yo quince años de edad y aún no entendía su forma de amar.

Ya en casa le pedí a mi papá que me llevara a México a trabajar y él atendió a mi petición. Me sentí muy contenta pues pensé que tendría la oportunidad de vengarme. Tenía que hacer algo que le doliera mucho a Adelina y que la hiciera sufrir para siempre.

Mi papá siempre que tenía oportunidad me hablaba de Dios y sus palabras resonaban en mis oídos. Mis amigas me decían que me olvidara de la religión, que eso era para ancianos, que disfrutara de la vida. En poco tiempo ya tenía un novio, primo de una amiga.

Pensé que era el momento ideal para vengarme de mi madrastra y me fui con él. Por una semana nadie supo de mí. Mis padres me buscaron desesperadamente pero nunca me encontraron.

Cuando regresé, fui a la casa y mi mamá asustada me interrogaba quería saber en dónde había estado, con quién, por qué. Le contesté que a ella no le importaba y que no le iba a decir, que solo quería avisarles que un muchacho iría a hablar con ellos porque se quería casar conmigo.

Y efectivamente, él fue a hablar con mis papás, más por obligación que por amor. Pero cuál fue mi sorpresa que Adelina después de platicar con él, me dijo que no me permitiría casar con él porque era mariguano, irresponsable y nunca me haría feliz.

Me dijo: “No voy a permitir que sufras; está bien que no seas mi hija pero no quiero que seas infeliz al lado de ese hombre que nada te ofrece y mucho te puede quitar. Hay un Dios que te ama, Luz María; no cambies a Dios por un hombre”.

Me enojé mucho con Adelina pero al fin ella ganó; no me casé con ese muchacho. Al regresar a mi trabajo parecía que por todos lados me hablaban de Dios, en especial un tío. Decía que entregara mi vida a Jesucristo, porque solo con Él sería feliz. Él sabía de mi posible boda y me prevenía de una espantosa amargura al lado de ese muchacho.

Por un lado tenía razón; yo no amaba a ese chico, solo quería vengarme. Un día desesperada salí de mi trabajo con el profundo y sincero deseo de suicidarme. ¿Dónde estaba la felicidad? ¿Dónde estaba Dios?

“Dios, si no te hubieras llevado a mi mamá, todo hubiera sido diferente”.

Encerrada en esos pensamientos, cuando reaccioné estaba en casa de una tía, que me recibió muy contenta, me habló de Dios y me tranquilizó, pero no podía albergarme porque sus hijos ya eran jóvenes grandes y quería evitar problemas.

En busca de un lugar donde pasar la noche, llegué a la casa de Isabel, una amiga cristiana, quien con gusto me hospedó y me permitió vivir con ella por algún tiempo.

Isabel constantemente me hablaba de Dios pero yo me resistía. En una ocasión me invitó a una confraternidad juvenil y fui porque me insistió tanto que no me quedó más remedio que ir.

Al llegar a la Iglesia para la confraternidad vi a una gran cantidad de jóvenes que con entusiasmo pasaban al frente a cantarle a Dios, según ellos. Y yo le preguntaba a Dios: “¿Por qué son felices? ¿Qué les has dado que están tan contentos?”.

En cada canto había un mensaje para mí. Al llegar a la predicación pensé que me iba a aburrir y para colmo vi tan feo al señor que pasó al frente que no creía posible que Dios pudiera hablar a través de él.

Pero Dios trató conmigo y después ese hombre me pareció un ángel. Sin saber a qué hora, me arrodillé y entregué a Dios mi odio, el rencor y la amargura que sentía hacia mi madrastra. Dios me llenó de amor.

Por primera vez en mucho tiempo sentí amor por todas las personas y algo me llevó a hablar con mi madrastra. En cuanto tuve la oportunidad fui al pueblo y le pedí perdón de todo corazón; ella comprendió mi arrepentimiento y ahora nos llevamos muy bien. Me trata como si en realidad fuera su hija.

Hoy reconozco que fui dura al juzgar y al no reconocer a Dios aun y cuando vi a mi hermana Inocencia, que padecía de poliomielitis, sanar por el poder de Dios. Mi papá la llevó con muchos médicos; todos opinaron que ya era demasiado tarde y que jamás sanaría pero Dios la curó.

Doy gracias a Él porque ahora puedo amar a mi mamá y a los que me rodean, y porque puedo compartir con otras personas esta nueva vida. Actualmente Dios me permite estudiar en un Instituto Bíblico y dar clases en la escuela dominical de mi Iglesia en Contreras, Distrito Federal a un grupo de párvulos.

Publicado en Prisma, en 1987

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