Vidas transformadas

Los avisos de Dios

De mil maneras el Señor nos recuerda que somos seres finitos y que nuestros tiempos están contados

Por Elisabeth de Isáis (1925-2012)

Postrada en una cama de hospital, anciana (75 años de edad) y enferma de cáncer y del corazón, mi mamá tenía un anhelo ferviente: asistir a la boda de un amado nieto.

Todo estaba planeado: se pondría un vestido especial, la llevarían en una silla de ruedas, sería un evento feliz. Pero ese día estaba demasiado débil como para levantarse de la cama. Entonces, para mostrarle su amor, el nieto, la novia y las damas de honor la fueron a visitar a su cuarto, ya vestidos para la boda. Hasta tomaron una fotografía que todavía conservo, donde ella se ve muy frágil pero sonriente.

Más tarde ese mismo día el pastor de la Iglesia donde ella había colaborado activamente durante unos 50 años, pasó a visitarla como era su bendita costumbre todos los días. Era un hombre excepcional, con un carisma contagioso que animaba a todos los pacientes del hospital aunque no fueran de su congregación. En algún momento durante su visita ella le comentó: “Hoy me voy a ir”.

El pastor dudaba que estuviera bien como para volver a su casa, pero le sonrió complacido. Pocas horas después, la familia recibió la noticia: mi mamá había fallecido tranquilamente. De alguna manera, Dios le había advertido que ese día la llevaría al cielo, pero el pastor no había entendido el mensaje, hasta después.

Otro caso fue el de nuestra segunda hija, Cynthia, con sólo 42 años de edad, también estaba postrada en cama debido a un fulminante cáncer de hígado. Todo lo posible se había hecho para pedir a Dios su sanidad, incluyendo un terrible ayuno de 40 días que ella realizó, pero ahora era evidente que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Recuerdo que el lunes le pregunté si Dios le había dicho algo en cuanto a su partida. Me contestó que no. Lo mismo el martes, miércoles, jueves. Cynthia y yo creíamos que de alguna manera el Señor le avisaría cuándo la iba a llamar. El viernes muy temprano mi hija mayor, que es médico, nos dijo que Cynthia estaba muy débil y que el tiempo se acercaba. Rápidamente me bañé y fui a su cuarto.

En cuanto me vio, me compartió: “Dios me dijo que me va a llevar hoy”. Por las fuertes emociones del momento, no le pedí más detalles. Y en unas dos horas dejó de respirar. Se fue tranquilamente, rodeada de la familia que la amaba y apoyaba.

Todavía un caso más. En el terremoto que azotó la Ciudad de México en 1985, al caer el edificio donde vivían, murieron cuatro miembros de una familia de creyentes cristianos: Juan Edgar Figueroa, su esposa Evangelina y sus dos hijitos. Aparentemente Dios no avisó de antemano a nadie en cuanto a aquel desastre natural, pero después los padres de Juan Edgar nos relataron algo muy interesante:

“Algo raro le pasaba aquel miércoles al ingeniero civil Juan Edgar Figueroa, supervisor de ventas de un departamento de Cementos Anáhuac. Llegó a la oficina y después de un rato dijo a sus compañeros: ‘Este día es especial para mí. Me siento lleno de luz, de una luz muy especial’.

Dos semanas antes, había platicado con todos acerca de su fe en Jesucristo, afirmando que le daba una paz extraordinaria, pero ese miércoles proyectaba una paz aun más notable.

Por fin, como en un estado de euforia, salió temprano del trabajo y fue a casa de sus padres a las dos de la tarde, donde por primera vez en mucho tiempo, toda la familia estuvo reunida para tomar los alimentos: sus padres, su esposa, sus dos hermanos y sus dos pequeños hijos. La comunión alrededor de la mesa fue preciosa. Todos comentaron que fue una coincidencia notable que de improviso hubieran estado todos juntos aquel día”.

De alguna manera Dios estaba dirigiendo los pasos de los Figueroa en preparación para ir al cielo a la mañana siguiente.

¿Será cierto que muchas veces el Señor deja saber a sus hijos que pronto irán con él? ¿Habrá otros casos, hasta en la Biblia, cuando Dios avisa que la muerte se aproxima? Así le ocurrió al apóstol Pedro, porque dice en su segunda carta: “Sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado…” (capítulo 1, versículo 14).

En el Antiguo Testamento con frecuencia los hombres de Dios sabían que estaban a punto de morir, porque llamaban a sus hijos para darles sus últimos consejos o su bendición.

Jacob, también llamado Israel, murió en Egipto donde estaban todos sus hijos, y la Biblia nos relata: “Y llamó Jacob a sus hijos… y les dijo: Yo voy a ser reunido con mi pueblo. Sepultadme con mis padres en la cueva que está en el campo de Efrón el heteo… y cuando acabó Jacob de dar mandamientos a sus hijos, encogió sus pies en la cama, y expiró” (Génesis, cap. 49, vers. 1, 29, 33).

Otro ejemplo lo tenemos en José, quien un día en Egipto les dijo a sus hermanos: “Yo voy a morir… Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos” (Génesis, cap. 50, vers. 24 y 25). Largos años después ese deseo fue cumplido.

En el caso del rey David, dice la Biblia: “Llegaron los días en que David había de morir, y ordenó a Salomón su hijo, diciendo: Yo sigo el camino de todos en la tierra; esfuérzate, y sé hombre” (1 Reyes, cap. 2, vers. 1-2).

Desde luego, el que más sabía acerca del fin de su vida terrenal fue Jesucristo, ya que varias veces lo profetizó a sus discípulos, hasta con los detalles de lo que tendría que sufrir en la cruz del Calvario. Fue una liberación gloriosa cuando llegó al fin de su larga agonía y pudo gritar: “¡Consumado es!”.

Volviendo a los tiempos actuales, una de mis historias favoritas ocurrió en un avión que partió de México rumbo a la muerte. Durante el vuelo los tripulantes y pasajeros se dieron cuenta de que se iban a estrellar en el mar Pacífico.

En los pocos minutos que tuvieron de aviso, la esposa de un pastor evangélico cogió los micrófonos del sistema de sonido y con toda la calma del mundo, les predicó a todos las Buenas Nuevas de la redención gratuita que ofrece Cristo Jesús.

Los que recogieron después la caja negra con la grabación del vuelo, testificaron que poco antes de caer en el océano ella dirigía una oración de arrepentimiento y salvación a los que deseaban creer el Evangelio y ser salvos. Sólo Dios sabe cuántos hicieron aquella oración de última hora y fueron llevados al paraíso de inmediato.

Desde luego, lo importante no es si Dios nos avisa del momento de nuestra partida o no, sino si nosotros estamos preparados. ¿Hemos pedido al Señor perdón por nuestros pecados? ¿Nos hemos humillado delante de Él y entregado nuestra voluntad a la suya? ¿Hemos procurado vivir de la manera cómo nos enseñan las Sagradas Escrituras? ¿Hemos experimentado el gozo de tener a Cristo como nuestro amigo inseparable y de sentir el Espíritu Santo en control de todo?

Sigo creyendo que Dios me avisará de alguna manera antes de llevarme a su presencia. Pero después de todo, eso no es el asunto más importante. De mil maneras el Señor nos recuerda todos los días que somos seres finitos y que nuestros tiempos están contados. Solo nos toca vivir una vez, ¡hagámoslo para su honra y gloria!

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