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Vidas transformadas

La vida no tenía sentido si solo servía para trabajar y alimentarse

Cuando empezó a fluir la sangre, rápido tomó la navaja con la mano izquierda y también se cortó las venas del brazo derecho

Contado a Rebeca Lizárraga R

Era un día soleado. Acostada sobre el césped, debajo de un árbol en medio del bosque, Olga tomó la navaja que había conseguido. Se cortó las venas del brazo izquierdo. Cuando empezó a fluir la sangre, rápido tomó la navaja con la mano izquierda y también se cortó las venas del brazo derecho.

La vida no tenía sentido si solo servía para trabajar y alimentarse. Eso mismo hacían los animales. “No más a esta vida sin sentido”, se dijo la joven.

Pero la sangre se coaguló y no siguió derramándose por sus brazos. Salió a pasos rápidos del bosque y se fue a un hospital psiquiátrico en la ciudad de Novosibirsk, en Siberia, la tercera ciudad más grande de la entonces Unión Soviética.

La enfermera le dijo que se fuera, que estaba bien. Pero Olga le enseñó las cortadas y la sangre coagulada. Entonces la internaron porque además descubrieron que ella tenía interés en la religión, algo que entonces (en 1976 y en toda esa década) se castigaba precisamente ingresando a los interesados en el tema, en hospitales psiquiátricos donde les aplicaban choques eléctricos que los dejaban inconscientes, para hacer desaparecer así, sus afanes religiosos.

Olga fue hija única. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía 7 años.  Eran los tiempos de la dictadura de Leonid Brezhnev, que se prolongó hasta 1982. En esta época hubo menos rigor y persecución religiosa. Comenzaba a registrarse una apertura hacia actividades culturales de otros países. Todo lo contrario al período de Nikita Kruschev.

En ese ambiente social, Olga se quedó con su mamá, pero desde esa edad tuvo un fuerte interés por una vida plena, con sentido, cálida, con amor y gozo. Recuerda que en esos primeros años, antes de acostarse, se asomaba a la ventana, y las estrellas en la noche le reflejaban un mundo de gran gozo, cercano y cálido, en donde ella quería vivir.

En la Unión Soviética, en esos años, las leyes decían que existía la libertad de conciencia y de religión.  Así, la gente no era perseguida abiertamente por seguir una religión o cualquier otra ideología que no fuera el comunismo, pero sí se perseguía veladamente.

Los ministros, pastores o sacerdotes estaban obligados a reportar a la agencia investigadora KGB los nombres de todos los que asistían a sus cultos religiosos. Así creaban los expedientes de cada persona y a quienes eran religiosos les asignaban trabajos denigrantes, aunque su educación y niveles académicos fueran notables.

Olga recuerda que tenía 15 años, cuando empezó a leer las tesis comunistas de Lenin y los argumentos con los que se oponía a la visión del filósofo Hegel, quien se distinguía por destacar lo espiritual por sobre lo material de la vida humana. A través de estas lecturas supo de la existencia del Evangelio y de Jesús.

Al ingresar al Instituto Pedagógico de Lenguas Extranjeras, donde estudió inglés y alemán, encontró libros de filosofía hindú donde se hablaba de la espiritualidad del ser humano.

Al asistir a una conferencia conoció a un profesor de Siberia del Este que la introdujo, con gran discreción, a la religión hindú del Hare Krishna. Olga de inmediato, por su afán de encontrar una vida espiritual positiva y con sentido, se adentró en esa religión, con largas horas de meditación y aislamiento, por lo que dejó de asistir a sus clases. Su madre y su mejor amiga se alarmaron tanto que le pidieron con lágrimas que dejara esa religión.

En su reflexión Olga pensó: “Si esta religión hace tan infelices a mis seres queridos, entonces, no vale la pena. Esa no es la vida que yo he anhelado y he visto muchas veces en el cielo de noche. Pero si ni esta religión vale la pena, pues entonces tampoco la vida misma”. Fue así como entró en una fuerte depresión, que la llevó al intento de suicidio y al psiquiátrico.

En el hospital no le aplicaron los acostumbrados choques eléctricos, sino que le suministraron pastillas de insulina a lo largo de más de un mes.  Estas la debilitaron hasta que su mamá y sus amigos lograron sacarla de ahí.

Después de salir del psiquiátrico se recuperó y volvió a sus estudios. Olga recuerda que estudiar las materias y salir adelante en sus estudios no le costaban ningún esfuerzo y en general sacaba muy buenas calificaciones. Y para no dar lugar a ese sentimiento de una vida sin razón ni propósito pensó que quizá el matrimonio sí le daría sentido a su vida.

Se casó, pero su nuevo estado civil tampoco le ayudó a encontrarle sentido a la vida. En ese tiempo hubo más apertura en la Unión Soviética. Nuevas empresas, negocios y actividad intelectual. Su esposo se involucró en nuevas actividades empresariales y también encontró a una mujer con la que se fue a vivir.
Olga tuvo que afrontar sola la vida con sus tres hijos. Un niño de 8 años, otro de 7 y una pequeña que apenas tenía uno. Se dedicó a hacer traducciones para sostener a su familia.

Como parte de toda esa apertura, empezaron a llegar nuevas ideas y el comunismo dejó de ser prioritario. También surgieron psicoanalistas que daban consultas y Olga se interesó por ver si ahí podía encontrar la respuesta a sus preguntas.

Asistió a una sesión.

⸺Mi vida no tiene sentido,  ⸺le dijo Olga al especialista.

⸺Cierre los ojos. Imagínese un cuadro y descríbamelo.
Olga lo hizo.

⸺Ahora descríbame una flor ⸺continuó su interlocutor.
Olga obedeció.

⸺Ahora, imagine que camina por un bosque y llega a un campo abierto. Dese la vuelta. Al que usted vea, pregúntele: “¿Qué debo hacer?”.

Pasaron unos minutos y por fin Olga abrió los ojos. El psicoanalista le preguntó:

⸺¿A quién vio?

⸺¿No se va a burlar de mí? ⸺preguntó ella con temor.

⸺No, desde luego que no.

⸺A Jesús.

Olga recuerda ahora que en aquellos años la imagen y figura de Jesús era popular en algunos movimientos culturales.

⸺¿Y le preguntó usted qué debe hacer?

⸺Sí.

⸺¿Y qué le contestó?

⸺No me dijo nada. Me miró, se puso a mi lado, caminó al frente y se fue delante de mí.

⸺¡Ya está! —dijo con entusiasmo el analista⸺. ¡Esa es su curación!

⸺Su enfermedad  ⸺le dijo⸺ es que Dios la llamó y usted rechazó seguirlo. Por eso se enfermó, porque no siguió a Jesús.

Eso, recuerda Olga, le dio paz en su corazón. Pero se dio cuenta que entonces no había más que esperar y ver, cómo se manifestaría Jesús en su vida.

Aproximadamente un año después y dentro de esta apertura en la Unión Soviética, una amiga le informó que un grupo de misioneros que por primera vez llegaban al país, estaban solicitando traductores.

Olga acudió y empezó a traducir estudios bíblicos. Y una vez, con uno de esos misioneros estudió el capítulo 2 de San Juan, cuando Jesús saca del Templo a los mercaderes y cambistas.

Él misionero le preguntó: “Actualmente, cuál o qué es el templo de Dios?”. Olga se quedó meditando. Al día siguiente estudió en Segunda de Corintios que ese templo era el cuerpo de los hijos de Dios.

“Cuando escuché esto por fin entendí: el templo de Dios es mi cuerpo”, recuerda Olga. “Esa noche le pedí: ´Jesús, yo soy el templo de Dios, pero en mi cuerpo hay cosas malas y ya ni sé qué es bueno y qué es malo. Yo no sé qué hacer. Pero yo sé que Tú sí sabes. Si tú fuiste al Templo y sacaste a los malos, haz lo mismo en mí. Saca todo lo malo que tengo´.

En ese momento tuve una gran paz, y por fin tuvo sentido mi vida”, explica Olga con una sonrisa. “Se acabó el gran sufrimiento que había tenido en los últimos años. Sin Él no hay paz, todo es vacío, nada tiene significado. Sin Jesús es como tener vida de animales”.

Pasó el tiempo, ahora ya con una vida con sentido y con propósito. Los hijos crecieron y Olga tuvo interés por seguir superándose y mejorar sus estudios.

Buscó hacer un doctorado, puesto que la licenciatura y la maestría ya las había terminado, pero el doctorado tenía que ser con una beca, porque no tenía recursos económicos.

Una amiga que se había venido a vivir a México, le llamó y le dijo que el Instituto Politécnico Nacional estaba ofreciendo becas para el estudio del doctorado. Se informó e hizo planes.

Hace 11 años que llegó a la Ciudad de México y actualmente ya tiene el doctorado y es profesora investigadora de Computación. Da clases de Matemáticas para la computación y Programación, en el Instituto Politécnico Nacional. Sus hijos mayores están casados y viven en Rusia.  Su hija menor estudió la carrera de Ingeniería Mecánica en el Politécnico y vive con ella en la Ciudad de México.

“La vida del ser humano, a los ojos de Dios, es mucho más valiosa que la de un animal”, afirma Olga. “Me alegro mucho de conocer su plan para la humanidad y reconocer que lo material no es lo importante; nuestra casa está allá con Él. A mí me quedó claro su llamado desde pequeña.  Ahora sé que llegaré a esa casa cálida y con gozo. Mientras tanto tengo una vida con propósitos”.

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