Literatura

Las nubes de colores

Todo, absolutamente todo, estaba hecho de nubes de colores. Atravesaban las paredes de su casa, yendo de una habitación a otra, y luego podían comerse porque eran de azúcar que se derretían en la boca y se le enredaban en el pelo

Por Mirna Sotomayor L.

Daniel sintió que el sol se deslizaba suavemente a su cama y se acurrucaba en su espalda como un gato grande y caliente. Le gustaba que amaneciera soleado porque entonces podría quedarse un rato más sin moverse y seguir soñando mientras el gato lo sumía en un sopor silencioso.

Fue entonces cuando Daniel soñaba con las nubes. Todo, absolutamente todo, estaba hecho de nubes de colores. Atravesaban las paredes de su casa, yendo de una habitación a otra convirtiendo los muros en nubes rosas y azules y amarillas, que luego podían comerse porque eran de azúcar que se derretían en la boca y se le enredaban en el pelo.

—Daniel, hijo, ya levántate.

Abrió los ojos y frente a él estaba la pared gris de tabique. ¿A quién se le había ocurrido que las casas tuvieran paredes? Eran tan feas, tan duras, frías y sobre todo impenetrables. Daniel cerró los ojos con un escalofrío y se dio la vuelta en la cama, viendo a su hermano Andrés y a su abuela que ya tenían el café servido y el pan en un plato.

—Daniel, apúrate que se enfría, ¡y deja de andar en las nubes!

Se rio y dio un brinco. Le gustaba que le dijeran que andaba en las nubes. La gente siempre le decía eso, y a él no le molestaba porque era verdad, aunque a veces las nubes se volvían negras y con presagios amargos, cargadas de tormentas de soledad y desesperación.

—Hoy vas a ir con Andrés a ver a la maestra. Ayer fue a que le dieran trabajo y regresó muy contento, ¿verdad, Andrés?

—Ajá.

—También tienen trabajo para ti, así que al rato se me van los dos. Pero tómense su café, o luego les va a saber feo.

Daniel le sonrió a su hermano. Andrés le devolvió la mirada, aunque un gesto de preocupación se le dibujó en la frente. ¿Querría darle trabajo a su hermano la maestra? Apartó la idea mordiendo una concha y tomando un trago de café. Dentro de poco sabría.

Salieron juntos y se encaminaron calle abajo. Llegando, Andrés tocó el cencerro que servía de llamador y esperó nervioso. Adentro se oía que los perros ladraban y luego la voz de una mujer que venía diciendo: –¡Un momentito, ya voy!

—Buenos días, maestra, ya venimos. Este es mi hermano Daniel.

—Hola, mucho gusto. Ahorita les abro la biblioteca. Por favor esperen tantito.

Daniel se quedó contemplando a la maestra y miró a su hermano con cierta inquietud.

—No te preocupes, es bien buena gente —le dijo Andrés para darle ánimo—. Ya me está enseñando a leer.

La maestra abrió la puerta de la biblioteca que estaba al lado de su casa y los invitó a pasar. Daniel examinó todo, especialmente las grandes ventanas. Se podía ver el jardín y la calle. Entraba el sol y la luz. En seguida se sintió a gusto, pero no dijo nada.

—Mi hermano es así, maestra. Siempre está en las nubes, pero dice mi abuelita que usted le va a poder ayudar.

La mujer miró a los hermanos mientras sacaba unos gises de colores y le pedía a Daniel que hiciera algunos trazos en el pizarrón.

El niño quedó encantado. ¡Eran iguales que los colores de las nubes de sus sueños! Comenzó a trabajar en seguida y el tiempo se pasó volando.

De ahí en adelante cada día los dos niños se encaminaban calle abajo a la biblioteca, de lunes a viernes, y lo disfrutaban grandemente. Daniel llegaba e inmediatamente comenzaba a trabajar con sus colores, pintando y borrando hasta quedar plenamente satisfecho. Siempre tenía una sonrisa en los labios y esa mirada dulce y aterciopelada de alguien que pasa el tiempo soñando.

Un día ocurrió algo inesperado. Daniel escuchó que la maestra hablaba de alguien que caminaba en las nubes. ¿Quién podría hacer tal cosa? Quien quiera que fuera, tenía que conocerlo. ¿Pero cómo se lo diría a la maestra? Estaba tan emocionado que ni siquiera podía comunicarse con su hermano.

—¡Hay alguien que me entiende, alguien que camina en las nubes!– quiso gritar, pero no dijo nada. Su éxtasis llegó a tal grado que cayó en cama y no fue con Andrés al otro día.

—¿Y Daniel?

—Está enfermo. Le dio calentura y se quedó en la casa.

La maestra se preocupó. Había notado el nerviosísimo de Daniel con su comentario acerca de alguien que caminaba en las nubes. Decidió visitar a la abuela de los muchachos.

—Buenas tardes. Me enteré que su nieto está enfermo y vine a preguntar por él.

—Pásele, por favor. Sí, está un poco malito. Pero venga, está allá adentro.

Pasó hasta un cuarto oscuro con una pequeña ventana que dejaba pasar algo de luz hasta la cama de Daniel, quien en ese momento estaba dormido.

La abuelita le empezó a explicar cómo ella veía las cosas.

—Hace tiempo que quería ir a darle las gracias, maestra, pero no había podido. Desde que mis nietos van a la biblioteca han cambiado mucho, especialmente Daniel. Ya no está tan retraído y anda más contento.

La maestra se alegró pero se quedó callada. Siguió hablando la anciana:

—El no era así, tenía un carácter muy alegre, hablaba hasta por los codos, siempre haciendo esto y aquello. Pero un día pasó uno de esos vendedores que ofrecen algodones de azúcar y quería uno. Se desesperaba por tener uno. Se puso a gritar y se enojó. Eso pasó hace dos años.

Una pausa. —En eso, para quitarle el coraje, su papá lo agarró de la camisa y lo levantó del suelo. Hasta por allá lo aventó. Luego luego se quedó callado cuando se pegó contra la pared, y desde entonces ya no volvió a hablar. Fue como si se apagara por dentro, aunque no se le quitó el antojo por los algodones de azúcar. Por eso es que le digo que siempre anda en las nubes, porque ni con el golpe se le quitó el antojo.

Así que eso es lo que sucedió, pensó la maestra sin decir nada.

—Danielito tenía dos años cuando su padre lo estrelló contra la pared y desde entonces solo hace ruidos y señala, pero no puede hablar, —terminó la abuela.

Cuando la maestra regresó a su casa, pidió a Dios: “Señor, tú que dices que las nubes son el polvo de tus pies, haz que las nubes de silencio y temor se disipen en la vida de Daniel”.

Y aquella noche cuando él despertó, se acercó a su abuela y señalando un vaso expresó en voz audible: —Mamá, agua.

De allí en adelante empezó a hablar poco a poco. El amor y el poder de Dios habían logrado el milagro.

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