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Ojalá todas las suegras fueran así

Por Olga L. de Browne

Lo que no trabajaste educando a tu hijo antes, no lo podrás remediar ahora. No derrumbes el “castillo” de tu hijo poniendo veneno de calumnias, mala voluntad y cuantas cosas negativas encuentres para hacerle la vida infeliz a la mujer que no quieres.

Si esa mujer hubiera sido tu hija, sería diferente; lavaría los platos a tu manera, limpiaría la casa como tú lo haces, se comportaría según los principios que tú le hubieras puesto en su corazón desde pequeña. Ella y tu hijo serían tan iguales como hermanos. Pero vino de otro hogar en el cual tal vez no tuvo una madre tan ordenada como tú.

Cuando creas no poder soportarla, pídele a Dios que te dé paciencia, que te ilumine para aconsejarla sin herirla ni ofenderla. Y retírate un poco. Tal vez estás como espectadora de su hogar en primera fila y eso le molesta y crea en ella rebeldía. Lo verdaderamente importante es que tu hijo siga gozando de la relación Dios-hombre, para que pueda con certeza gozar de las relaciones marido-esposa, padre-hijo. ¿No te parece que has pedido a Dios muy poco por eso?

Si el hijo hizo una mala elección, ¿cómo es que fallaste tan lamentablemente en su educación? ¿Cómo es que no plantaste ideales en su ser?

Tuviste a tu hijo en tus manos por lo menos quince años. ¿Qué hiciste en todo ese tiempo? ¿Le diste educación de rey y se consiguió en cambio una mujer vulgar e insignificante? Ciertamente suceden de cuando en cuando cosas como esa, pero no son la regla.

Ah, las madres tenemos mucho que ver en el asunto de las nueras.
Si no pusiste en el corazón de tu hijo principios cristianos sólidos y profundos, si no te percataste de que su felicidad presente y futura estaba ligada íntimamente a tu vida, a tu riqueza espiritual, a tu preparación intelectual y material, entonces, ¿qué pides ahora?

Recuerda, la mujer que se casó con tu hijo, tiene que aguantarle todos los defectos que tú no pudiste quitarle.

Esa mujer, por ser mujer, es sensible y tierna como todas las mujeres, no importa cuán ruda y dura pretenda ser.

En su interior, sufrirá por todas las fallas de tu hijo. Compadécela, ámala, ayúdala, ruega a Dios por ella.

Tendrás que amar a su mujer tanto como a tu hijo mismo, pues ya no son dos, son uno y si la ofendes, lo ofendes también a él. Ah, cuánto nos falta comprender que el amor a Dios implica amar a la nuera o a la suegra, según el caso.

Cierta compañera me dijo en una ocasión: “Mi suegra fue más que una madre para mí”. ¿Extraño? Sí, aquella suegra la acogió en su casa como a su hija, la puso en su corazón en un plano igual al de su hijo y la amó tan tiernamente que hubo ocasiones en que la defendió aún del egoísmo de su propio hijo.

¿Sería perfecta esa mujer? No, lo que era perfecto era su amor que pudo extenderse como madreselva florida y cubrir a la nueva hija que llegó a su familia. Cuando la suegra murió, mi amiga lloró auténticas lágrimas de dolor.

¿No es esto mismo lo que hizo Rut, según nos cuenta la Biblia, cuando Noemí decidió, ya viuda y sin hijos, partir de regreso a su tierra? Rut la moabita lloró porque no quiso separarse de aquella mujer que la había tratado mejor que su propia madre, y llegó al extremo de abdicar de sus creencias, sus paisanos y sus costumbres. Todo para decirle:

“No me ruegues que te deje y me aparte de ti; porque donde quiera que tú fueres iré yo; y donde quiera que vivieres viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios… solo la muerte hará separación entre mí y ti”. (Rut 1:16 y 17).

Suegra que lees estas líneas, ¿has dado todo tu amor para alcanzar a esa mujer que más que extraña es parte ya de tu familia? ¿Ha visto en ti la excelencia de la vida cristiana, de tus costumbres, de tu genuino amor y paciencia?

¿Aún no? Prueba amarla como Noemí amó a Rut la moabita. Tal vez te lleves una agradable sorpresa al encontrarte con el amor genuino de tu nuera.

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