Historia

La niña del vestido blanco

La historia de Soledad y la Emperatriz Carlota

Por Alma García de Sandoval

Te voy a contar una historia verdadera de una niña que vivió hace muchísimos años. Se llamaba Soledad Pérez Marroquín y fue mi tía abuela.

Cholita nació en Puebla de los Ángeles y tenía, más o menos, diez años cuando Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota Amalia vinieron a México.  El papá de Cholita, capitán del ejército, había muerto, y su viuda doña Lolita, apenas podía sostener a la familia con la pequeña pensión que recibía. Tuvo que poner a su hija en un internado para niñas pobres.

Una mañana, la directora de la escuela recibió una noticia emocionante: la emperatriz Carlota iría esa misma tarde, acompañada de otras damas importantes, a visitar el internado. La maestra tenía grandes esperanzas de que hicieran un buen donativo para la escuela, que mucho lo necesitaba.

Reunió a todas y les dijo: ─Niñas, necesito que ayuden a dejar la escuela como una tacita de plata. Tendrán que limpiar perfectamente los salones, los dormitorios, la cocina y los patios. Y ustedes, lavarse y ponerse sus uniformes limpios, para que se vean muy pulcras y bien peinadas. Voy a repartir el trabajo. Las alumnas mayores limpiarán los salones de clases y la cocina, las medianas los patios y las pequeñas los dormitorios.  Apresúrense para que todo esté limpio a tiempo.

Todas las niñas corrieron a cumplir con su tarea. Chole fue la primera en llegar a su dormitorio. Se puso el delantal y empezó a barrer. Luego llegaron sus compañeras de cuarto.

─Mira, Conchita, ¡qué niña tan hacendosa es esa Chole! ─dijo Amparo─. ¡Qué bien lo hace!

─Tienes razón, nosotras no sabemos hacerlo tan bien ─contestó Conchita burlándose.

─¡Ay, si! ─dijo Clara─. ¡Se cree muy buena! ¡Que limpie ella sola!

─Lo que es que yo ─dijo Refugio─, limpiaré mi tiradero metiéndolo debajo de la cama.

─Vamos a lavarnos y a vestirnos ya ─dijo Amparo─. Uniformes limpios, fue lo que dijo la directora.

─Pero antes, vengan acá todas. Se me ocurre una cosa ─dijo Rosario─. ¡Ándenle! Antes que vuelva Chole con la cubeta y el trapeador, ¡vamos a esconderle su uniforme limpio! ¡A ver qué se pone! ¡Verán cómo la castigan cuando llegue toda sucia! Siempre la anda alabando por trabajadora y obediente.

Cuando Chole terminó de limpiar, ya sus compañeras estaban sentadas muy vestidas en el jardincito. Sonaba ya la campanilla para la formación cuando Chole empezó a cambiarse a toda prisa. Buscó su uniforme y no lo encontró.

Angustiada, abrió su baúl y solamente halló su vestido blanco de los domingos. Se lo puso pronto y cepilló sus ondulados cabellos y corrió a la fila, en el mismo momento en que entraban a la escuela la emperatriz y sus acompañantes.

Cuando la directora se acercó obsequiosa y cortés, Carlota le dijo algo en voz muy baja, mostrándole, al mismo tiempo, sus manos.

─En seguida, Señora, ─dijo la directora con una sonrisa.

Volviéndose al grupo de niñas, se fijó en Chole que destacaba entre todas por su vestido blanco.

─Soledad, traiga jofaina, agua, jabón y toalla. Nuestra visitante desea lavarse las manos.

La niña fue y trajo las cosas pedidas y sostuvo la palangana mientras la bella dama lavaba sus manos. Después de enjuagárselas con la toalla, dio gracias tocando suavemente la mejilla de la niña, a la vez que le sonreía.

─Parece un ángel esta niña, toda de blanco ─comentó una de las damas.

─¡Qué suerte tiene esa! ─murmuraron sus compañeras─. ¡Y nosotras que la queríamos fastidiar!

Entretanto, un gran suspiro de felicidad se escapó del pecho de Cholita.

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