Para mujeres

La mejor decisión de la vida

Jesucristo no fue, sino que sigue siendo la figura más popular e importante en este nuevo milenio

Por Juan M. Isáis (1926-2002)

Escoger entre lo mejor y lo más urgente, es siempre una decisión que no es fácil de entender y mucho menos de hacer. Las cosas urgentes y las más importantes, parece que son de igual dimensión, sobre todo si se carece de una meta medible y practicable.

Todos en la vida tenemos que tomar decisiones casi a cada instante. A partir del momento cuando se abren los ojos, hay que decidir bañarse con calma o muy rápido, qué desayunar, qué programa de radio escuchar, que actitud tomar hacia el vecino, cómo tratar a los compañeros de trabajo y así por el estilo.

Tarde o temprano, la persona decide si busca una compañera o compañero, si juega con las emociones de otra, o si por el contrario la respeta y la encauza por senderos estables y duraderos a fin de gozar juntos de la vida, de la empresa, del viaje, del futuro en general.

En la vida moral también hay que tomar decisiones. La diferencia está en que en este nivel hay consecuencias eternas. La fornicación, el adulterio, la lascivia, la borrachera, los pleitos, las iras, las contiendas, las disensiones y la idolatría son claramente condenados por Dios quien nos advierte que quien los practica, se arriesga a tener una muerte física. Las marcas del pecado nos llevan a sufrir una vida aislada, miserable, corta y dolorosa.

En el terreno espiritual la muerte es consecuencia lógica del desorden moral, cosa común a una vida sin Dios, sin luz y sin esperanza. Creer que Jesucristo es el Gran maestro y solo eso, no es malo, pero es camino a una eternidad en donde el príncipe de la potestad del aire será arrojado junto con todas sus huestes, por la mano poderosísima del Hijo de Dios.

Creer que Jesucristo fue un líder revolucionado es bueno, pero tampoco ayuda para establecer una relación personal con Él.

Jesucristo no fue, sino que sigue siendo la figura más popular e importante en este nuevo milenio. Él revolucionó la historia, la política, el arte, la música, la literatura, los valores y derechos humanos, el calendario, las bases de la convivencia social, la religión, el concepto del amor, el matrimonio y la ciencia como tal porque con su cuerpo resucitado comía, bebía, sentía y atravesaba los muros de las fortalezas de su tiempo.

La única opción que da la posibilidad de entablar una comunión permanente con Él, es creer en Él como Dios y Redentor.

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