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Para todos

La lengua es un fuego, un mundo de maldad

En la cultura mexicana parece imposible vivir sin decir mentiras, y muchas personas se disculpan con el pretexto de que “todos lo hacen”

Por Elisabeth de Isáis

La señora estaba apuradísima, haciendo la limpieza de la casa cuando sonó el teléfono. Con un suspiro, corrió a contestar cortésmente: “¿Bueno?”

—Bueno, ¿puedo hablar con el señor García, por favor?

—Lo siento, esta no es la casa de la familia García. Debe de haber marcado un número equivocado.

—¡Dios mío! Perdone usted.

Al regresar la señora a sus labores después de la llamada, repetía varias veces en su mente la frase: “Dios mío, perdone usted. . . Dios mío, perdone usted. . .” Algo le sonaba mal. ¿Por qué mencionar el nombre de Dios en ese contexto? ¿No sería una falta de respeto a Dios usar su nombre así? Al fin y al cabo, marcar un número equivocado de teléfono no era asunto de vida o muerte. ¿Por qué, entonces, invocar al Creador?

Es muy común usar expresiones así, sin pensar que se está tomando en vano el nombre sagrado. El tercer mandamiento dice claramente en Éxodo 20:7: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano”.

Solo este mandamiento y el segundo, incluyen una amenaza divina en su redacción, lo que da la idea de que el Padre pone especial importancia en su cumplimiento. Si tomamos en vano el nombre de Dios, parece decir, Él nos acusará de un delito grave a la hora del juicio final. ¿Por qué, entonces, tantas personas usan expresiones como “Dios mío” tan fácilmente? ¿No estarán cometiendo un pecado a los ojos del Señor?

Si realmente tenemos reverencia para con Dios, y temor de Él, no debemos usar su nombre excepto en los momentos de oración, de testimonio, de consejo espiritual, de devoción personal o de enseñanza bíblica. Quizá en un caso extremo de desesperación. Los hebreos reverenciaban tanto el nombre Jehová, que ni siquiera se atrevían a pronunciarlo. En algunas Iglesias cristianas se enseña sustituir “el Señor” por el nombre Jehová al leer la Biblia en voz alta.

Sin embargo, muchas veces decimos el nombre de Dios, o alguna palabra equivalente, con tanta informalidad que parece que estamos mencionando a cualquiera de nuestros conocidos. Debemos cambiar esta costumbre antes de que sea demasiado tarde.

Además del mal uso de ese nombre, existen otras maneras de faltar a la reverencia en nuestro modo de hablar. Me parece que la falta principal en este renglón, tiene que ver con la mentira. ¿Cómo es posible decir mentiras si somos almas redimidas por la sangre de Cristo? ¿Por qué seguimos en la mentira cuando el Señor escribe claramente en Apocalipsis 21:8: “A todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda”?

En la cultura mexicana parece imposible vivir sin decir mentiras, y muchas personas se disculpan con el pretexto de que “todos lo hacen”.

Los niños aprenden en la escuela que hasta la maestra dice falsedades cuando le conviene. Los empleados que llegan tarde alegan pretextos que ni ellos mismos parecen creer. El pequeño insiste que hizo la tarea pero que el perro rompió las hojas, sin convencer ni siquiera a sus compañeritos. El chofer protesta que no se pasó el semáforo rojo, aunque todos sus pasajeros lo vieron perfectamente. Y así por el estilo.

¿Qué enseñan las Escrituras al respecto? Al describir el cielo como un lugar hermoso de santidad y pureza, dice Apocalipsis 21:27: “No entrará en ella ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira”. ¿Es posible imaginarse a Jesucristo diciendo una mentira? A los apóstoles quizá sí, pero a Él, nunca. Los apóstoles reconocieron el pecado de la mentira, porque dice Pablo en Colosenses 3:9: “No mintáis los unos a los otros, habiéndose despojado del viejo hombre con sus hechos”.

Es posible, como todos sabemos, mentir sin decir precisamente algo falso. Una mirada, una acción, un modo de pronunciar algo, y hemos dejado una impresión falsa. Para Cristo, hemos mentido. Hemos faltado a la verdad y santidad que Él requiere de nosotros.

A pesar de la cultura, tenemos la obligación en la vida cristiana de decir la verdad en todo sentido y a cada momento. Necesitamos mantener una boca pura y honesta, si hemos de ser en realidad discípulos de Jesucristo.

Pero hay algo más. Creo que la reverencia en el lenguaje también tiene que ver con la bondad y la sensibilidad en el modo de hablar con las personas. El buen cristiano no es gritón o grosero. Si nos parecen tontos nuestros hijos, o si la suegra nos impacienta, o si en el trabajo los compañeros son insoportables, de todas maneras el cristiano debe mantener un freno en su boca para no herir a los demás.

“La lengua es un fuego, un mundo de maldad”, dice el Señor en Santiago 3:6. Un poco más adelante añade: “De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, no conviene que estas cosas sean así hechas”. En otras palabras, el cristiano que aparenta ser muy santo en el templo, debe poder controlar el fuego y la pasión que es su lengua en la casa y en cualquier parte, no solo en momentos “religiosos”.

Cualquier individuo que logra dominar su lenguaje, ha avanzado mucho en su camino rumbo a la santidad que Dios quiere.  No solo eso, tales personas son las más agradables, admiradas y amadas del mundo. ¡Vale la pena pensar antes de hablar!

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