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Para todos

La Biblia: Un libro coherente y lógico

Si descuidamos el estudio total de las Escrituras, podemos errar el camino

Por Luis Palau

—Ah, señor Palau, en sus programas usted nos recomienda leer la Biblia cada día —comentaba con buen humor el arquitecto—¿no es así? Pero yo debo decirle que hacerlo me confunde, pues la Biblia es muy complicada.

—Ah —le respondí— explíqueme cuál es su complicación y cuénteme qué método de lectura ha estado practicando.

Resultó que, al igual que muchos otros, a veces el arquitecto leía sistemáticamente uno de los Evangelios hasta concluirlo. Sin embargo, más frecuentemente abría la Palabra de Dios literalmente al azar, y ahí mismo comenzaba su lectura. ¡Con razón su confusión no conocía límites!

La Biblia es un libro coherente, lógico, cuyas enseñanzas son consecutivas. A nadie se le ocurriría abrir un libro de trigonometría y comenzar a leer al azar, porque no lo comprendería. Exceptuando quizá, un profesor o experto en la materia.

Cuando un cristiano ya conoce bien el sagrado volumen, igualmente puede recurrir a tal práctica. Pero para el recientemente iniciado en la lectura bíblica, debe comenzar en el Nuevo Testamento, con el primer capítulo de San Mateo. Allí empieza el mensaje de Dios para esa era en los planes divinos.

Después debe leer todo el Antiguo Testamento, porque no comprenderá muchas verdades del Nuevo, si no está, aunque sea ligeramente orientado en cuanto al Antiguo.

El rey David dijo en el Salmo 139:17: “¡Cuán preciosos oh, Dios me son tu pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!”.

En el Salmo 119:97-98 dice el Salmista: “¡Oh cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo”.

Y el Salmo que exalta el incalculable valor de la Palabra inspirada, expresa: “La suma de tu Palabra es verdad”.  (Salmo 119:160).

Los versículos arriba citados nos dicen cuatro cosas:
Primero. La Biblia es la revelación de los pensamientos de Dios. Es inspirada por Dios. Nos descubre, una verdad asombrosa, la mente de Dios. Fue por el Espíritu Santo que los santos varones escribieron. San Pablo afirma, “Nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:11).

Segundo. Estos versículos nos dicen que los pensamientos de Dios resultan altamente “preciosos” para el creyente que reflexiona apropiadamente sobre ellos.

David está emocionado, y con él, muchos de nosotros también nos emocionamos. Quien cada día dedica sus mejores minutos a leer con oración los pensamientos de Dios, que son verdad absoluta, reaccionará idénticamente. ¡Son preciosos, inestimables, selectos, excelentes, superlativos, inigualables!

Tercero. Descubrimos en dos de los versículos citados cuán vasta es la extensión y el alcance de los pensamientos divinos. “Cuán grande” dice, “es la suma de ellos”. Mente y corazón se remontan en fantástico vuelo espiritual al sumergirse el cristiano en la Palabra de Dios.

Es como si Dios levantara al lector, llevándolo en vuelo histórico a los grandes actos divinos del pasado. Asimismo, lo adelanta con vistazos proféticos a los años y siglos aún por venir, revelándole acontecimientos que todavía no ocurren. “Es grande” la suma de ellos, y demanda, por ser tan vasta, horas y años de lectura.

Existen mundos por descubrir en la revelación divina. El alma que se entrega por completo a la meditación concienzuda de la Biblia, surgirá renovada. “Toda la Escritura es inspirada por Dios”, afirma San Pablo, “…a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:17).

“Perfecto” quiere decir que puede llegar a ser un erudito, un experto en las Escrituras, bien equipado para las emergencias de la vida. O como dice también en 2 Timoteo 2:15: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad”.

En último lugar, lo que mi amigo el arquitecto necesitaba aprender, es el axioma que se repite en los dos versículos citados. Leemos que “la suma de tus palabras es verdad”. O sea, que el peso acumulativo de toda la revelación divina nos confronta con la verdad.

El entendimiento de cualquier cristiano que se dedique únicamente a ciertos pasajes “favoritos propios” resulta truncado. La negligencia y el desdén en la práctica de la lectura de algunos (si no muchos) libros de la Biblia, retardan nuestra madurez y desarrollo espirituales.

La suma de la Palabra de Dios es verdad o sea que su verdad es el conjunto completo de toda la revelación divina.

Todas las sectas falsas surgidas dentro de la cristiandad, históricamente han desligado versículos bíblicos de su contexto. Luego, fabricaron doctrinas heréticas y crearon una nueva “religión”. Pero no es necesario crear sectas nuevas para vivir ilusionados con que hemos descubierto alguna verdad “fantástica”.

Si descuidamos el estudio total de las Escrituras, podemos errar el camino. “Toda la Escritura es inspirada por Dios”, por tanto, toda ella es nuestro terreno legítimo de encuesta seria, sistemática, devota y sincera.

El lector de la Biblia debe leerla consecutivamente, o sea, normalmente. Si ha de disfrutar de su lectura y descubrir que lo ilumina el mismo Espíritu Santo que inspiró las páginas y palabras de la Escritura, deberá leerla toda.

Nuestra  actitud al escudriñar la Biblia, debe ser la establecida por el mismo Hijo de Dios, el Señor Jesucristo: “Si alguno quisiere hacer mi voluntad, conocerá mi doctrina”. La voluntad humana doblegada ante la Divina. Esta es la única actitud digna de la criatura ante su Creador, y tales criaturas son el deleite del corazón de nuestro Padre que está en los cielos.

Seremos cristianos saludables si así estudiamos la Biblia. Junto al Salmista, luego exclamaremos: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

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