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Por -Antonino Bonilla

De todos los adolescentes de la ciudad, el más difícil era Junior.  Rebelde, violento, inquieto, encaminado seguramente hacia una vida criminal. Tanto, que ahora se encontraba prácticamente preso en una casa de corrección del gobierno.

Sin embargo, fue precisamente la mamá de Junior, quien me pedía un favor con lágrimas en los ojos, un favor que sería muy difícil cumplirle y más difícil rechazar.

“Lleve a Junior al campamento que usted está organizando”. Me imploraba. “Usted como ministro religioso puede pedir custodia de él por unos días y las autoridades le darán permiso de llevarlo. He pedido mucho a Dios por mi hijo, y creo que sí hay esperanza de rescatarlo si usted lo lleva el campamento. ¿Si? Por el amor de Dios”.

Mi razón me decía claramente que sería un gran error llevar a ese muchacho al campamento. A lo mejor sería un problema tan molesto, que estorbaría en todas las actividades. Podría afectar el espíritu de todo el grupo. Pero, yo creo en el poder de Dios para cambiar hasta el más difícil de los hombres, y creo también en los milagros que Dios ha efectuado en la vida de muchos jóvenes durante nuestros campamentos. No vacilé en contestar a la mamá de Junior:

“Sí, hermana, pediré permiso para llevar a su hijo al campamento”.
Al aceptar el reto realmente no sabía todo lo que me iba a acostar, ni me imaginaba que unos meses más adelante Junior sería la víctima de varios balazos criminales. Pero basado en mi experiencia con otros jóvenes del mismo tipo, tenía confianza en que Dios me iba a dar la victoria.

La primera vez que vi a Junior, me sorprendí de que un joven de 14 años fuera físicamente tan fuerte. Enseguida me di cuenta de que yo, como director del campamento, tendría que ser el consejero personal de Junior. No me podía apartar de su lado. Tendría que dormirme después de Junior en la noche y despertar antes que él. Era un tipo peligroso.

El segundo día empezó a causar problemas entre los muchachos más chicos. Lo llevamos a su cabaña y lo acostamos en su litera. Pero de repente, se enojó y rompió el cristal lateral de su litera. Luego desafío a todos y a cada uno a pelear con él. Por fin, dijo que quería pelear conmigo.

“Está bien”,  le dije. “ Yo peleo contigo, pero no aquí. Yo voy a escoger el lugar. Vamos”.

Empezamos a caminar, quizá tres kilómetros; un camino un tanto accidentado con rocas, ríos y troncos. A cada rato me decía Junior: “¿Aquí vamos a pelear?”, le contestaba que aún no. Al fin cuando vi que el muchacho estaba bastante cansado escogí el lugar, pero dije que íbamos a descansar un poco primero. Platicamos informalmente. De repente vi mi reloj y dije: “Ya no hay tiempo para pelear, hay otra actividad en el campamento. Tendrá que ser hasta mañana”.

Junior se molestó pero me acompañó al campamento. Al día siguiente lo llevé en una excursión. el muchacho tenía una resistencia tremenda. Los otros Camperos, al llegar a un lugar plano empezaron a correr y decidí retar a Junior a una carrera como de unos 200 metros. Calculé que le podía enseñar una lección. Durante toda la carrera me quedé como medio metro detrás, casi pidiendo al Dios de Elías que me diera pies alados para ganar. Casi al final metí mi print y le gané, para gran sorpresa de joven. lo mismo sucedió cuando me reto a brincar. Por fin, Junior comenzó a aprender las lecciones.

En el campamento, fue un verdadero problema. Yo tenía que verlo todo el tiempo. no estaba dispuesto a tomar ninguna actitud reverente, ni siquiera durante la hora devocional. Al fin lo llevé junto a un río, a solas, Junior me dijo: “¿Ahora vamos a tener el pleito?”.

“Pues hombre”, le respondí. “Mejor vamos a platicar algo”.

Platicamos y Junior comenzó a ceder. Dije que pensaba nombrarlo mi ayudante, Aunque sabía de antemano que su única idea para imponer respeto sería a base de su fuerza. Sin embargo, le mostré confianza, y poco a poco me empezó a platicar sus problemas mientras que yo traté de ayudarlo y orientarlo.

Por fin en un culto de la noche, Junior hizo su decisión por Cristo. Lloró, entregó su corazón al Señor y llegó a ser una nueva criatura. Tuvo un cambio tremendo. Me pidió perdón, y llegó a ser un muchacho amigable, comunicativo y acomedido, que ya no me produjo desvelos. Serapio Cortés,  hijo, ya no era el mismo.

Pero, ¿después? Durante todo el verano se quedó en su casa y se portó maravillosamente. Le ayudé en lo que pude, ya que tenía que reportarse conmigo por orden de las autoridades. Fue un verano feliz.

Sin embargo, la prueba del cambio de Junior no se había demostrado todavía en toda su plenitud. Durante la primera semana en que el muchacho se presentó en la escuela, se encontró con la pandilla del año pasado, de la cual había sido miembro activo.  Fue una pandilla terrible. Desde un coche mientras Junior estaba pasando por la puerta de la escuela lo balacearon en la pierna, el brazo y la espalda. Una bala afectó el pulmón y Junior tuvo que ser hospitalizado.

Al día siguiente fui a verlo al hospital. “Junior, ¿crees que cometiste un error al aceptar a Cristo?”, le pregunté.

“No, todavía yo sigo a Cristo”. Fue la respuesta terminante del muchacho. Y ha seguido fiel, aunque de vez en cuando, en son de broma, me recuerda que todavía no hemos tenido el pleito convenido en aquel campamento.

 

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