Para todos

El hombre constructor de altares

La construcción y destrucción de los altares que nosotros tenemos. ¿Cuáles se quedan? ¿Cuáles se van?

Por Luis D. Salem

Desde los balcones de este hotel que es la vejez, contemplo mi pasado. Veo, con dolor, que un invisible iconoclasta ha destruido casi todos los altares que he edificado a lo largo de la vida.

Altares de la niñez: los abuelos, los padres, los hermanos, los juguetes… para todos ellos hubo un altar en mi corazón. Pero casi todos se han ido… quedan los hermanos que, como yo, siguen sus propios caminos, edificando altares que el tiempo destruye.

Altares de la juventud: sueños de grandeza, becerros de oro, beldades femeninas… Escribí versos y corté flores, que coloqué emocionado a los pies de múltiples amores a quienes hice promesas que no pude cumplir. Todos esos tesoros volaron de mi lado el día en que, herido por los dardos de Cupido, me decidí por una sola mujer.

Ella, joven entonces, se eternizó a mi lado: cuidó de mi salud, limpió mi ropa, preparó para mí
manjares agradables y bajo su cabeza negra aun, aunque salpicada de nieve, esperó, al atardecer, mi llegada para tener con quién dialogar.

Altares de la madurez: durante largos años que parecen minutos, me dediqué a los hijos, Para cada uno de ellos, tres nada más, hubo un altar en mi corazón. Pero llegó el día en que cada uno siguió su camino; se dieron, como yo, a construir sus propios altares, que el tiempo, así lo veo, ha ido destruyendo. Se trata de una herencia que se perpetúa.

Pero hay una excepción: una de mis hijas, gran corazón, alma dedicada al estudio y al trabajo, se fue a las mansiones eternas en plena juventud. Su muerte hizo pedazos mi corazón; también el de mi esposa. Pero ella es feliz.

Altares de la senectud: sobre las ruinas de mis múltiples altares sonríen mis nietos; para ellos sigo edificando altares. Los quiero casi más que a mis hijos. Su inquietud contrasta con mi quietud, sus sonrisas con mi seriedad, sus gritos con mi silencio. Salta a la mente una estrofa de cuyo autor el nombre he olvidado. Dice:

“Este viajero que ves
es tu hermano pasajero;
aún respira, aún existe,
no como lo conociste,
sino como ahora es:
viejo, feo, pobre y triste”.

Franz Kafka sufría al ver cómo la sociedad se desintegra debido a que las formas de la cultura: los héroes, los filósofos, las costumbres, van siendo destruidas y no queda plataforma alguna en que la juventud pueda afirmar el pie para seguir adelante. No es mi caso. Resulta que a la temprana edad de trece años edifiqué un altar que nada ni nadie ha podido destruir: en él sonríen Cristo y mi Biblia.

Al meditar en estos hechos hago mías estas palabras de San Pablo: “Estoy convencido de que nada podrá separarme del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente, ni lo futuro, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa de las cosas creadas… Nada podrá separarme del amor que Dios me ha mostrado en Cristo Jesús mi Señor” (Romanos capítulo 8, versículos 38-39).

Se trata de una experiencia semejante a la de Habacuc, profeta hebreo anterior a la era cristiana.

Dice Habacuc: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de las majadas, y no haya vacas en los corrales; con todo yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi salvación: Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar” (Habacuc cap. 3, vers.17 a 19).

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