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Literatura

El hombre detrás de El Paraíso Perdido

John Milton, el escritor que no podía ver con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos del alma

por Luis D. Salem

Para no pocos críticos literarios William Shakespeare y John Milton son las figuras cumbres de la literatura inglesa. El Paraíso Perdido es la obra maestra de Milton; se dice que empleó diez años en la redacción de este libro inmortal. El poeta quedó ciego a los 43 años de edad, por lo que tuvo que pagar lectores y emplear secretarias que copiaran los versos que él les dictara, entre estos los de la obra referida.

Milton nació en la ciudad de Londres el 9 de diciembre de 1608 y murió en el mismo lugar el 8 de noviembre de 1674. Uno de sus biógrafos dice de él: “Poeta inglés, educado en el puritanismo y cuya alma estaba impregnada de austeras virtudes. Estudió en Cambridge y tenía gran afición a la música, a los estudios clásicos griegos y latinos, a las matemáticas y a las ciencias físicas”.

Fue un escritor profundamente religioso; “Homero y la Biblia fueron sus más altas fuentes de inspiración”, según un autor. En La Ilíada y La Odisea están las rutas de su estilo literario y en la Biblia, las doctrinas que expuso con amplia extensión.

Oda a la Natividad fue escrita en la época de Navidad del año 1629, fecha en que Milton cumplía 21 años de edad. Presenta a Cristo como el Rey que deja sus moradas celestes y baja para vivir en medio de los hombres, “en esta oscura noche de barro mortal”. Para Milton, con la presencia de Cristo en el mundo está el principio de una nueva era para la humanidad.

En El Paraíso Perdido nos dice cómo Satanás, envidioso de la felicidad en que vivían Adán y Eva en el Paraíso, convocó a huestes infernales para luchar contra Dios y contra la primera pareja humana. Adán amaba platicar con el Creador. Eva, para no interrumpir aquel diálogo, se ausentaba y se dedicaba a cultivar las flores del jardín. Aprovechó Satanás aquella separación y sugirió a Eva desobedecer el mandato de Dios que le aconsejaba no comer de la fruta del árbol prohibido. Eva aceptó y vino el derrumbe total para la humanidad.

Adán, al conocer la falta cometida por su esposa, se puso triste y puesto que la amaba, resolvió hundirse con ella y comió de la fruta prohibida. Para él, movido por el amor, era mejor estar con su mujer en el desastre que en el Paraíso sin ella. Luego vino el destierro. Satanás sonreía y rodeado de sus secuaces celebró aquella su primera victoria.

En El Paraíso Restaurado, Cristo es el personaje central. Satanás, al ver la presencia del Señor en la Tierra, inició una nueva gesta contra Él. Primero utilizó la falta de corazón en el dueño de una casa de huéspedes en Belén e hizo que Jesús naciera en un pesebre, donde el frío y la suciedad matarían al bebé. Al ver que esto no ocurría, Satanás utilizó la espada de Herodes para eliminar al niño, pero también fracasó ya que José y María fueron guiados por un ángel a refugiarse en Egipto, de donde regresaron a Nazaret después de la muerte del cruel rey. Otra derrota para el jefe de los infiernos ya que, afirma el Evangelio de Lucas, allí “el niño crecía en edad y en gracia para con Dios y para con los hombres”.

En otro intento, Satanás aprovechó los días en que Jesús, ya hombre, se fue al desierto, seguro para dedicarse a la oración. Cuando Jesús tenía hambre, le sugirió convertir en pan las numerosas piedras que cubrían la tierra. Luego le ofreció todos los reinos del mundo si “postrado le adoraba”. Acto seguido, le pidió demostrar su fe en las Sagradas Escrituras y que en obediencia a los Salmos se lanzara de una torre, pues el salmista había dicho que los ángeles llegarían para protegerlo.

Una tentación triple. Pero el Señor derrotó a Satanás con múltiples argumentos. Pasaron los días, y cuando Cristo empezaba a predicar, envió a un grupo de fanáticos para que lo secuestraran y arrojaran a un abismo; el joven predicador escapó ileso. Un nuevo fracaso para el rey de los infiernos.

Tiempo después vino la agonía en el huerto de Getsemaní. Allí, dicen los Evangelios, el Señor sudó y su sudor corría como gotas de sangre. Se ve que el maligno atacó físicamente a su adversario, ya que la sangre brota por lo general de heridas contra el cuerpo. Cristo ante tal realidad elevó esta oración: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Satanás quería matarlo antes de que llegase a la cruz.

Vale citar estas palabras que Mateo nos da en su Evangelio: “Entonces el diablo se apartó de Jesús, y los ángeles acudían para servirle” (capítulo 4, versículo 11). Se trata de un estribillo que bien puede repetirse al final de cada victoria alcanzada por el Señor.

En otra de sus obras, Milton exalta la figura de Sansón el intrépido, aquel legendario caudillo hebreo. La madre de Sansón fue una mujer extraordinaria que dialogaba con los ángeles, y rehusó tomar bebidas embriagantes porque temía que estas dañaran al niño que estaba en su vientre. Por seguro gracias a estas actitudes fue madre de un héroe; este, al verse prisionero de sus enemigos y ya ciego, dio su vida por la patria.

Milton, al igual que otros invidentes ilustres, entre ellos Homero, Luis Braile, Helen Keller y Jorge Luis Borges, no podía ver con los ojos del cuerpo, pero sí, y mucho, con los ojos del alma.

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