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En finanzas, es necesario tener muy clara la diferencia entre dos conceptos: el gasto y la inversión

Por Cristina Hernández

Decidir el destino del dinero que entra a la casa y respetar dicha decisión, es clave para mantener la paz, pero más importante todavía, para promover el crecimiento de los miembros de la familia en todos los aspectos de la vida: físico, intelectual y espiritual, para que puedan alcanzar sus sueños.

Después de preparar tu Control de Gastos Familiar (una relación de todos los desembolsos que realizó tu familia en los últimos doce meses), siéntate un rato a observarlo con cuidado. ¿Cuáles son los renglones más caros? ¿Algún monto te sorprende porque lo esperabas más bajo? ¿Hay algún concepto que pienses que es importante y se está gastando poco en él? ¿Se podrá gastar menos en alguno de los renglones importantes?

En finanzas, es necesario tener muy clara la diferencia entre dos conceptos: el gasto y la inversión.

El diccionario dice que gastar es emplear dinero en algo, pero también señala que significa deteriorar, consumir, acabar, destruir. Por su parte, invertir es descrito como el empleo de dinero en aplicaciones productivas.

Gran diferencia, ¿no? Tomando en cuenta que el dinero nunca alcanza, me parece fundamental que el que tengamos se invierta, y no se gaste.

¿Qué puede ser una inversión?
¿Qué tal un techo seguro y confortable, alimento y vestido adecuados, oportunidad para que todos se eduquen y aprendan cosas nuevas? Este tipo de inversiones hará que los miembros de la familia puedan vivir con tranquilidad, salud y oportunidades de servir. Será entonces un empleo productivo del dinero.

Sin embargo, vivimos tiempos en que resulta fácil distraer la atención de los objetivos de inversión importantes. La publicidad, la presión social y a veces nuestras propias inseguridades, nos llevan a gastar en cosas que no aportan crecimiento a nuestras vidas.

Casi sin darnos cuenta, ya compramos un artículo más que no pudimos dejar pasar, o el hijo compró otro CD, o llevamos regalos insignificantes a los amigos, o vamos a un restaurante no planeado, o compramos golosinas por impulso…

Gastar sin ton ni son es reflejo de un espíritu débil, que trata inútilmente de llenar sus huecos con “cosas”. Siguiendo este camino, uno solo llega a la bancarrota, a la desilusión y a un vacío mayor.

Te invito a que te pongas en oración con tu familia y le pidan al Señor sabiduría para identificar cuáles son las cosas más importantes que deben lograr y cómo usar su dinero para que rinda más. El Señor les ayudará a ver dónde están gastando en cosas vanas y cómo aprender a vivir sin ellas.

A partir de los resultados de su plática con Dios, preparen ahora un Presupuesto de Gasto Familiar en donde aparezcan en primer lugar, su diezmo y los imprescindibles de la familia.

Hacer tal Presupuesto involucra tres elementos: anotar en qué vamos a gastar, cuánto y cuándo.

Se hace para los próximos doce meses. ¿Por qué no tratas de planearlo para el próximo año ahora que estamos a punto de empezarlo? Tendrás que inventar muchas cosas; utiliza tus gastos pasados como base.

Tener un Presupuesto no implica estar atado a él. Cuando uno lo hace por primera vez, puede olvidar algunos gastos o de plano, toparse en el camino con imprevistos o emergencias.

Se va ajustando hasta aprender a calcular con la mayor precisión posible, las necesidades fuertes.

Haz tu Presupuesto. No te arrepentirás. Algunas de las ventajas de tenerlo son:
·     Cubres tus gastos más importantes.
·     Sabes cuándo vas a tener un mes con muchas obligaciones y puedes anticiparte para conseguir el dinero y no sufrir en el momento que te sorprenda la cantidad.
·     Si sobra dinero después de cubrir los imprescindibles, uno lo dedica a cosas que le ayuden a crecer y no lo despilfarra a tontas y a locas.

Ahora a trabajar.

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