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Frida y sus compañeros son ejemplos inspiradores, no solo por lo que hacen, sino porque me recuerdan una historia antigua detrás de su ejemplo

Por Mirna Sotomayor Lechuga

Dicen que significa guardiana, protectora, hermosa.  No sé. Lo que sí sé es que esa perrita rescatista de la Marina conmovió mi corazón profundamente por su docilidad y su confianza.

Frida obedecía las órdenes y los gestos de sus cuidadores y entraba a buscar vidas debajo de los escombros. Iba segura pues quienes la llevaban le habían enseñado bien, la amaban y nunca le habían hecho daño. Y por lo tanto la perrita no tenía miedo ni se sentía obligada a hacer lo que se le mandaba, al contrario, sabía lo que se esperaba de ella.

Desde cachorrita aprendió el oficio. Cómo llevar su equipo para buscar y rescatar vidas en peligro, los gogles, los zapatitos de neopreno, el arnés que le cubría la nuca y el lomo. Y a raíz de ese cuidado, amor, y entrenamiento Frida respondió una y otra vez con fidelidad y devoción a sus cuidadores.

Lo que probablemente Frida no sabía, ni creo que sepa aún, es que todo este entrenamiento para rescatar una vida humana tiene un lado amargo y doloroso, si estando adentro de los escombros algo falla, o hay un nuevo movimiento de tierra o una explosión, ella y cualquiera de sus compañeros caninos morirán o quedarán atrapados sin que sea posible rescatarlos.

Sus manejadores saben esto, conocen el riesgo. Es mejor que muera un perro, a que llegue a morir un ser humano mientras realiza sus labores de rescate. Por esta razón se envían a estos nobles animales.

Frida y sus compañeros son ejemplares e inspiradores, no solo por lo que hacen, sino porque me recuerdan una historia antigua detrás de su ejemplo.

Hace mucho, mucho tiempo, antes de la fundación del mundo Dios pensó en cada uno de nosotros. Él sabía que un aciago día habría una tragedia con dimensiones cataclísmicas, cuyas horrendas consecuencias conmoverían los fundamentos del universo. El hombre atraería sobre sí mismo muerte y destrucción al rechazar deliberadamente el amor y cuidado de Dios y abrazar la rebelión dando a luz el pecado.

Y como una lápida, multiplicada hasta el infinito, todos los hombres quedamos bajo los escombros de nuestra desobediencia, deslealtad y necedad. Sin esperanza, sin consuelo, sin salida. Sumidos en la soledad, en el vacío, entreteniendo la vida que no era ni es vida. Engañándonos que vivir así es vivir.

Y Dios, que es bueno, proveyó la salida de debajo de aquellas pesadas lápidas de terror. Envió a su Hijo amado, Jesucristo, vestido de luz y obediencia. Con sus ojos llenos de compasión y amor. Con sus pies enfundados en sandalias sencillas para andar todos los caminos y todos los abismos buscando a los perdidos, a los cautivos. Con las manos extendidas, abiertas y libres para alcanzar y rescatar. Con palabras de consuelo para sanar, perdonar y bendecir.

Jesús entró a nuestro mundo como un bebé inocente. Fue cuidado, enseñado y preparado por su Padre, para que un día, finalmente, se metiera debajo de todos los escombros de nuestra rebelión y apuntalando el universo con su Cruz muriera bajo el peso de nuestro odio, indiferencia y espantoso rechazo de Él.

Jesús, no estimó su vida más valiosa que la nuestra. Su amado Padre, no estimó más valiosa la vida de su Hijo que la nuestra. Lo entregó, para salvarnos. Para rescatarnos de nosotros mismos, de vivir eternamente en las tinieblas y el olvido. Jesucristo murió, pero no se quedó bajo las ruinas del pecado. Él resucitó y nos ofrece perdón y salvación eterna.

El mundo, tu mundo, se está cayendo. Alguien más noble, más amoroso y más grande que todas las Fridas, no quiere que mueras bajo tus escombros. Solo Él, Jesucristo, conoce la salida. No tardes. ¡Ven a Él!

 

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