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Hay quienes dicen que de las guerras vendrá la paz universal y la armonía internacional…

Por Felipe Güereña Araujo

“Tierra y libertad” fue el lema de Zapata. Con este grito se desató una matanza sin igual en el estado de Morelos durante la Revolución Mexicana.

A través de la historia humana, las guerras han sido la manera acostumbrada de buscar el remedio para todas las dificultades. Al leer la historia de cualquier nación, se descubre que fue escrita con sangre. Aún las páginas de la historia eclesiástica están manchadas con sangre.

Para que la Biblia llegara al idioma común del pueblo, los primeros traductores tuvieron que morir como mártires. Así es que la Biblia tiene un precio mucho más elevado que el dinero que se paga al comprarla. El precio máximo fue pagado por los que tuvieron la visión de poner la Biblia en el idioma del pueblo. En vez de tinta derramaron su sangre.

La violencia no se ha acabado ni se acabará. Platón, el gran filósofo griego, dijo: “Solamente los muertos ven el fin de las guerras”. En las familias tal parece que para resolver los problemas hogareños es normal gritar, insultar, golpear, humillar y a veces matar. El mundo perdido no conoce otro medio ni quiere saberlo, para lograr la paz. ¡Si tan solo hubiera aprendido lo negativo del asolamiento que la violencia produce!

Hoy en día, como en el pasado, es común que los victoriosos en una revolución tomen presos a sus enemigos. Pero desgraciadamente lo único que logran es que otros busquen la venganza y destruyan al pueblo.

Al estar cerca el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt declaró: “Si la civilización va a sobrevivir tenemos que cultivar la ciencia de las relaciones humanas, la habilidad de todo el mundo de vivir juntos y trabajar en conjunto y en paz”.

Al retirarse el general Douglas MacArthur, quien participó en las dos Guerras Mundiales y en la de Corea, dijo al Senado de su país: “Se ha dicho que me encanta la guerra. Esto está muy lejos de la verdad… no hay otra cosa más desagradable. Ha sido inútil como medio de arreglar disputas internacionales”.

Desde que los norteamericanos se rebelaron en 1776, tuvieron guerras con los indígenas, con Inglaterra, Canadá, Cuba, México, Corea, Vietnam, la guerra civil y las dos guerras mundiales, por enumerar solo algunas. Y claro, esto se hizo para buscar la paz.

“¡Ay del que edifica la ciudad con sangre y del que funda una ciudad con iniquidad!” clamó el profeta bíblico Habacuc. Dio a entender que el país que inicia la violencia siempre la tendrá, porque de las contiendas nacen los pleitos. Dice un proverbio bíblico que “ciertamente el que bate leche sacará mantequilla, y el que recio se suena las narices sacará sangre, y el que provoca la ira causará contienda”.

Ningún país se ha escapado de las guerras internas y externas. Todos están involucrados en algo sanguinario en el pasado o en el presente. Hay quienes dicen que de las guerras vendrá la paz universal y la armonía internacional. Esto es tan absurdo como querer quitarse la mugre con tierra.

Parece totalmente ilógico destruir nuestro mundo por una guerra, pero el mundo persiste en armarse y prepararse para pelear. Con razón hay tanta violencia en el cine, la televisión, las escuelas, los hogares, las calles, etcétera.

El hombre tiene dificultades para dialogar. Prefiere atacar o defenderse, no tratar de comprender a su prójimo. El mundo ve como debilidades la ternura y la comprensión. Pero si el hombre no se adiestra para vivir en paz, nunca lo logrará.

Jesús de Nazaret dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy. No como el mundo la da yo os la doy. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”. Además dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”.

Jesucristo invita al mundo a aprender de Él, quien es paciente y amoroso. En vez de la venganza, Cristo nos enseña a perdonar y amar.

Cristo nos invita a aceptarlo como Salvador de nuestra vida. Nos amó tanto que murió por nosotros en el Calvario. Pero también se le debe aceptar como nuestro Maestro y Señor de nuestras vidas. Si solamente dejamos que Él nos guíe, podremos resolver todos los conflictos de nuestra existencia.

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