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Para todos

Enamorarse de un moribundo

Quiera Dios despertar en nosotros el anhelo de servir a quien sufre

Por Luis D. Salem

Hay lugares célebres por la extraordinaria belleza de sus mujeres. En tiempos del Antiguo Testamento, existió en Israel un pueblo llamado Sunem, cuna de mujeres hermosas, amables, caritativas.

Después de una activa búsqueda, allí encontraron a Abisag, última esposa del rey David. Allí nació y vivió una dama rica en cuyo hogar el profeta Eliseo halló descanso, después de penosas tareas. Se cree que en Sunem nació la hermosa sunamita, esposa de Salomón y personaje central de El Cantar de los Cantares, quien decía a su amado:

“Ven, oh amado mío, salgamos al campo, moremos en las aldeas. Levantémonos de mañana a las viñas; veamos si brotan las vides, si están en cierne, si han florecido los granados; allí te daré mis amores” (Cantares 7:11).

Hablemos hoy de Abisag. La Biblia dice: “Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas pero no se calentaba. Le dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen para que esté delante del rey, lo abrigue y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor. Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey. Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció” (I Reyes 1:1-4)

Don Miguel de Unamuno, al comentar esta historia, se ríe de David, cuya impotencia no le permitió “conocer” a su joven y hermosa compañera. Luego compara a David con tantos cristianos impotentes, incapaces de engendrar un hijo espiritual en las almas que, sonrientes y hermosas, pasan a su lado.

Nosotros guardamos silencio ante la impotencia de David y entonamos canto de admiración para Abisag, la joven hermosa, virgen, enamorada de un anciano. Abisag se enamoró de una causa moribunda.

No entendemos cómo una joven puso el sol de su radiante juventud en las manos de un anciano; la espléndida rosa de su belleza, ante unos ojos incapaces de admirarla, el ardor de sus años juveniles en el seno de un hombre helado por los años. Abisag merecía el amor de un joven de su edad: romántico y hermoso como ella.

Además, Abisag es un modelo de la gente que se enamora de las causas moribundas y lucha por ellas hasta darles vida. Cristo sintió simpatía infinita por Lázaro, el joven de Betania, muerto hacía cuatro días. Fue a su tumba, lloró y lo “llamó a la existencia”.

Años más tarde, Saulo de Tarso se disgustó con Bernabé, su amigo. ¿La causa? Un joven llamado Marcos. Para Saulo, este joven nada prometía. Era un ser sin esperanza. Posiblemente Bernabé sintió lo mismo, pero se dedicó a dar vida al joven “que se había vuelto del camino”. Le dio una segunda oportunidad invitándolo a un nuevo viaje misionero.

En esta forma sacó de ese joven inútil para Saulo un joven ideal, un magnífico escritor evangélico, un hombre conciliador, un puente tendido entre dos seres hostiles, como lo fueron Pablo y Pedro.

Pablo, años después, contempló a Marcos y gritó: “Marcos me es útil en el ministerio”, mientras Pedro dijo: “Os saluda Marcos, mi hijo”. Este joven fue hechura de Bernabé, hombre que simpatizó con él, le dio una nueva oportunidad y lo puso en la senda de la prosperidad.

Sería bueno que nosotros también nos “enamoráramos” de las personas casi fracasadas, de las causas moribundas, como lo hicieron Abisag y Bernabé. Si se nos diese el pastorado de una Iglesia floreciente, deberíamos rechazarla para aceptar el de una iglesia moribunda. Si logramos darle vida, venceremos; si se muere, por lo menos hicimos lo posible por salvar una vida.

Al hacerlo, es necesario imitar a Abisag y entregarnos con todo cuanto somos y tenemos a calentar esa causa fría, agonizante. Debemos dedicar nuestra cabeza, nuestro corazón, nuestras manos, hasta traer a vida la causa que amamos.

Eso hizo Eliseo con el hijo de la mujer de Sumen (2 Reyes 4). Se equivocan quienes buscan posiciones cómodas y hechas. Éstas pueden encerrar un fracaso. En cambio, quien busca cosas moribundas puede lograr una victoria.

Abisag consagró su juventud, su castidad, su belleza, sus ternuras, toda su personalidad al servicio de un anciano, triste y sin esperanza. Si no obtuvo de él un hijo, por lo menos dedicó lo mejor de sus años, como una madre, para ser el consuelo de un desvalido.

Quiera Dios despertar en nosotros el anhelo de servir a quien sufre. Encendamos las almas tristes con la antorcha de nuestra juventud, pongamos el amor en donde haya discordia, la lámpara de nuestras caricias en las noches heladas por la desilusión.

En una palabra, hagamos realidad la oración de Francisco de Asís: Donde haya odio, pongamos el amor; donde haya ofensa, pongamos el perdón; donde haya discordia, pongamos la unión; donde haya duda, pongamos la fe.

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