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Cómo ganar la constante batalla con la bulimia

Por -Sara Trejo de Hernández

—Señor, me parece que no te agrada que el alimento que tú me das lo regrese, perdóname por hacer esto, ya no lo voy a hacer.
Esa fue mi oración un día que el Espíritu de Dios me redarguyó sobre mi problema de bulimia. De hecho, en ese tiempo ni siquiera existía el término, sino que lo vine a descubrir años después.

Desde que era una nenita fui la más gordita de mi familia. Mi mamá pesaba 49 kilos cuando estaba embarazada, y mi hermana parecía una niñita finita, aun después de ser mamá. En comparación con ellas yo fui grande de estatura y complexión.  Por esto siempre me sentí gorda y esto se constituyó en mi constante batalla.

Probé todas las dietas de las que tenía noticia: la de la luna, la de comer solo toronja, la de la clínica Mayo, y otras, pero siempre que me miraba al espejo veía a una gordita.

Tenía dieciocho años cuando una amiga de la Universidad me habló de Cristo y su amor por mí. Aceptar la invitación de Jesús para ser mi Señor ha sido la decisión más trascendente que he tomado. Lo que no sabía era que Él quería transformar todas las áreas de mi vida.

Pasaron tres años y experimenté un tiempo de mucha ansiedad, luchaba con mi falta de aceptación y el alimento siempre me sirvió de consuelo, por lo que subí de peso y no lograba bajar, fue entonces que padecí de bulimia. Por supuesto, ahora sé que Él fue el que hizo posible que dejara de vomitar, yo nunca lo hubiera logrado sola.

Años después, en un retiro el conferencista mencionó: “Existen cosas con las que vamos a lidiar siempre y es como el sonido del teléfono, podemos responder o no a la llamada. Algunas de ellas después de no responder dejarán de sonar, pero otras lo seguirán haciendo y tenemos que decidir, cada vez, no responder”.

Al día de hoy, aún sigo oyendo el teléfono que me dice que estoy gorda, y necesito dejar de responder a la llamada. Desde luego debo ser cuidadosa con lo que como, por salud y testimonio, para ejercer el dominio propio que Dios me ha dado al no dejar que la comida me controle. Pero debo dejar de afanarme por el peso.

Sé que esta lucha vieja, solo la voy a ganar en mi relación diaria con Jesús, quien dijo que Él era el pan de vida. Es mi deseo elegir este pan y que sea suficiente para estar satisfecha.

 

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