Para todos

El valor de cumplir

Por Felipe Guereña

“Ahí se va” dicen muchos cuando no quieren hacer bien las cosas.  Otros, tienen un santo que les arregla los trabajos o compromisos inconclusos. “Allí, San Sebastián lo arregla”, dicen.  Lo cierto es que las cosas nunca se componen solas.

Ser excelentes en nuestro trabajo y cumplir nuestra palabra no es común. ¿De dónde viene este gran mal? Por lo general proviene de los malos ejemplos recibidos desde la niñez. Es común escuchar a un padre decirle a su hijo: “No llores, al ratito vengo”. Pero en realidad, tardan horas y quizá hasta días en regresar.

También es común que no se cumplan los castigos prometidos, lo cual trae una manipulación de padres a hijos y viceversa.  Entonces los hijos, de la misma manera, comienzan a hacer promesas y amenazas que no piensan cumplir. Cuántos hijos dicen: “Me voy a ir de la casa” para que los padres cedan a sus caprichos, cuando en realidad no tienen ninguna intención de irse.

Se escucha con frecuencia en estos días: “Ellos hacen como que me pagan, y yo hago como que trabajo”. ¿No sería mejor que todos fuéramos más cumplidos? Lo cierto es que, por la irresponsabilidad de uno, pagan otros. ¿Y nosotros qué parte tenemos en todo esto?

Hace casi tres mil años, el sabio Salomón dijo: “Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad ¿quién lo hallará? (Proverbios capítulo 20, versículo 6).  Se dice que, en tiempos de Alejandro el Magno, hubo un filósofo que andaba de día con una lámpara encendida buscando a un hombre honesto. Parece que nunca lo encontró.

Lo más triste del relato, es que cuando el filósofo entró a una comunidad donde se profesaba seguir al Cristo vivo y verdadero, también ahí se topó con gente de palabra ligera y mentirosa.  El salmista David oró: “Rescátame, oh Señor, de los mentirosos y de todos los embusteros” (Salmo 120 versículo 2).

Se tiene que romper el círculo vicioso. Es imprescindible decidir ser fieles a nuestra palabra. Decir siempre la verdad.  Hacer las cosas bien desde el principio. Si llega el momento en que no podemos cumplir con lo que ofrecimos, debemos dar la explicación y cumplir con nuestra promesa lo más pronto posible.

Sin importar que la gente a nuestro alrededor no tenga palabra ni excelencia en lo que hace, nosotros debemos seguir el ejemplo de Jesucristo, quien nunca mintió y a la fecha cumple cada una de sus promesas. Él nos enseñó cómo y nos pide actuar de la misma manera. ¿Difícil? Sí. Pero recordemos que nada hay imposible para Dios (Lucas capítulo 1, versículo 37).

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