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¿Quién habría querido deshacerse de algo tan valioso?

Por Elisabeth F. de Isáis

Aquella mañana allá por el año de 1910 el joven Alejandro Medina Saavedra caminaba lentamente por las calles de Uruapan, Michoacán, y sus huaraches resonaban huecamente en el polvoriento camino.

Iba pensando quizá en la belleza de su joven esposa, María de la Luz, en sus pequeños hijos, en la bendición de tener un trabajo (aunque fuera como fabricante de aguardiente de caña), en su afán de investigar bien las cosas. Cuánto hubiera querido estudiar más y llegar a penetrar con su viva inteligencia los grandes misterios de la ciencia y la filosofía, pero en aquellos tiempos las oportunidades eran sumamente limitadas.

Alejandro pensaba también en la peregrinación que había hecho recientemente. La música y las flores, el gentío y la algarabía. Las imágenes, el ritual y el fanatismo de su religión, lo llenaban a veces de pasiones violentas e inexplicables, pero sentía que el hombre sin Dios era un ser incompleto y quería cumplir con todo lo que el Creador ordenara.

De repente algo inusitado interrumpió sus meditaciones. A un lado del camino, en un basurero, con sorpresa vio los restos de un libro bastante grande, medio destruido y parcialmente quemado. Por aquellos años los libros no abundaban; representaban verdaderos tesoros. ¿Quién habría querido deshacerse de algo tan valioso? ¿Por qué incomprensible motivo tirarían un volumen tan hermoso como ese?

Bueno, si estaba en el basurero y a punto de quemarse, no sería ningún pecado tomar el libro y llevárselo a la casa. Alejandro lo recogió con cuidado, acomodó las hojas lo mejor que pudo, y se apresuró al hogar a depositar su nueva posesión en un lugar alto donde los niños no lo pudieran encontrar, hasta tener tiempo de verlo bien. Lo único que alcanzó a captar era el título del libro: Santa Biblia. Luego se fue rápidamente a la fábrica.

Durante todo el día sus compañeros lo notaron distraído y pensativo, pero nadie se imaginaba la razón. Por la noche cuando la pequeña familia se había acostado y dormía tranquilamente, Alejandro sacó el libro y empezó a examinarlo con calma.

Uno por uno veía los números de las hojas revueltas y las acomodaba en orden, hasta que tenía más o menos completa toda una parte llamada Éxodo. Y allí comenzó a leer. Leyó con cierta lentitud, pero no encontró difícil la lectura.

Noche tras noche prácticamente devoraba las exóticas historias contadas por Moisés en Éxodo: la matanza de los bebés por Faraón, la llegada de Moisés al palacio, su experiencia con la zarza que ardía pero que no se consumía, las Diez Plagas, las aventuras de los exilados en el desierto… y en el capítulo 20 encontró algo verdaderamente revolucionario: los Diez Mandamientos.

Varios de los mandamientos lo hicieron temblar un poco, pero el que más le inquietó fue el segundo: “No te harás imagen… no te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso…”.

Alejandro tenía varios cuadros e imágenes en su casita, y sí las honraba en compañía de toda su familia, pero de acuerdo a la lectura de Éxodo parecía que Dios no estaba de acuerdo con ese proceder. El hombre se sentía confundido y preocupado.

Cuanto más leía, más le gustaba, y más le entraba al alma el mensaje de la Biblia. Después de Éxodo, logró juntar más o menos las páginas de otra sección de la obra divina: Isaías, escrito por un profeta elocuente y poético, pero que también enfatizaba que Dios no quería que los hombres tuvieran ídolos. Su consciencia no estaba tranquila.

Por fin Alejandro decidió buscar a alguien que le pudiera explicar más acerca del Libro. Allí empezó el gran cambio en su vida, porque llegó a conocer al Salvador Jesucristo de una forma personal y se vio impulsado a unirse al grupo despreciado de los evangélicos, donde se estudiaba la Biblia en cada reunión y donde no se adoraban imágenes.

Su esposa y todos sus pequeños hijos lo acompañaban, pero los familiares de ambos lados se escandalizaron. Durante muchos años sufrieron por su nueva fe, ya que la gente decía que los Medina “tenían al diablo”.

Poco después de su conversión, la familia se fue por un tiempo a Bobina, Texas, donde un pastor trataba en su pobre castellano de explicarles más acerca de la Biblia. En la década de 1920 se mudaron a Irapuato, Guanajuato, y más tarde a Tacámbaro, Michoacán, donde lo corrieron de su trabajo por causa de la religión.

Finalmente la familia se estableció en Zacapu, Michoacán, donde con el pastor Miguel Alfaro ayudaron a fundar la Primera Iglesia Bautista en la década de los años 30, a pesar de mucha persecución.

Poco a poco Alejandro se dio cuenta de que la producción de aguardiente no era el oficio ideal para un hombre cristiano, así que con el paso de los años empezó a dedicarse al campo.

Más de cincuenta descendientes de Alejandro Medina Saavedra y de María de la Luz Sánchez Pulido, asisten a la Iglesia evangélica en distintas partes de la República Mexicana, como resultado de un libro tirado a la basura por… ¿quién? Nunca se supo.

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