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La historia de una joven que escogió el mal

Mi madre quedó viuda, siendo joven, enferma y con una hija pequeña de seis meses. No podía trabajar fácilmente, pero como había cursado la secundaria, logró obtener un trabajo honroso y productivo.

Recuerdo que siempre estaba triste y decepcionada por el ambiente que la rodeaba y la dura suerte que la perseguía. Sin embargo, siempre se conservó pura de alma y cuerpo, con la esperanza de algún día verme crecida y hermosa como ella me imaginaba. Con todo amor y ternura me cuidaba. Es más, hubiera querido hacer de su corazón un albergue acorazado para verme salva de todo peligro; pero no fue así.

Cuando crecí, comencé a sentirme halagada por mis compañeros de escuela, al oír los piropos de ellos, empecé a considerarme grande, libre y dueña de mí misma, olvidando los sabios y sinceros consejos de mi madre.

Un día falté a la escuela y acepté la invitación a un paseo, y fue ese paseo lo que me arrojó al abismo de la perdición. Las alas de mi fe fueron tan débiles que no pude levantarme. Rodé por el mundo y me olvidé de mi madre. No me atreví a volver con ella ni tampoco tenía fuerzas para rehacer mi vida.

A diario pasaba por incontables sufrimientos, unos días comiendo, otros ayunando, los más soportando las críticas y mofas de cuantos querían, estrujones de seres sin escrúpulos que se creían con derecho de hacerlo por ver a una mujer caída. Lejos de darme la mano y ayudarme a levantarme, más se gozaban en hundirme.

Pero un día que vagaba sin rumbo y sin dirección por la calle de Los Inocentes, como mera coincidencia me encontré a dos inocentes criaturas que en cuanto me vieron, me dijeron:
—¡Un pan por caridad!
Yo, que estaba sin un céntimo en mi bolsillo, los acerqué con ternura a mi corazón y empecé a caminar con ellos.

Entre tanto, mi cerebro comenzó a transportarme como unos seis años atrás. Recordé a mi madre que así me llevaba con ternura y amor a una capillita acogedora que estaba en aquella misma calle.

En esa iglesia pasé los primeros años de mi infancia, siempre tomando parte en los programas de Navidad y en todas las actividades, pues, éramos asiduas asistentes a todos los servicios religiosos. Creí estar firme en mis convicciones cristianas. Pero, ¡qué equivocada estaba! Lo que había oído allí, cayó en mala tierra, no echó raíces y por eso con mucha facilidad vino “el maligno” y se la llevó.

Todo eso lo iba repasando en mi cerebro, mientras caminaba con los dos extrañas pequeños por la calle de Los Inocentes.
Pero, ¡cuál sería mi sorpresa que sin darme cuenta y cuando menos lo pensé, me encontré frente al templecito de mis recuerdos!

Era Noche Buena y había gran regocijo. Se oían hermosos himnos cantados por los adultos y alegres villancicos que entonaban los niños. Mientras escuchábamos, los niños que había levantado en la calle me decían: —Señorita, cómprenos pan y leche, tenemos hambre.

Yo, recordando en ese momento una de tantas cosas hermosas que había oído en la Iglesia, les dije: —Vamos, que ahí hay quien dé comida y bebida, para no volver a tener hambre ni sed jamás.

Entramos al templo. En el dintel de la puerta del santuario, engalanado con lindos adornos navideños, vi a una mujer sin duda víctima del sufrimiento, que seguramente había sido una mujer hermosa. De repente la reconocí, era mi madre.

En sus brazos estrechaba a una hermosa niña de las que iban a tomar parte en el programa de Noche Buena. Lloraba con ella, y musitaba palabras que me hicieron comprender la semejanza que encontraba en aquella niña, con su adorada Lilí, como ella me había llamado.
La contemplé por un instante. Luego corrí, me arrodillé abrazándola y llorando mi desgracia, al mismo tiempo que imploraba su perdón.

Separándose de la niña, ella me miró sorprendida y nerviosa. Se retiró un poco y volvió para reconocerme mejor, y entonces, casi llorando y gritando, me oprimió en su corazón diciendo: —¡Lilí! ¡Mi dulce Lilí! Mi oveja perdida, has vuelto a mi corazón como la dádiva más hermosa que el Señor me haya dado en esta Navidad.

Así, las dos unidas por el amor y el perdón, entramos al santuario y oímos el hermoso sermón de las Buenas Nuevas de salvación. Rendimos nuestro corazón a Cristo, ofreciéndolo con toda sinceridad, para que naciera nuevamente en aquella noche y viviera para siempre en Él.

Hoy mi madre y yo somos portadoras de esas benditas Nuevas de salvación y perdón, dando nuestro testimonio con nuestras propias vidas. Gloria sea al Señor que tiene poder para transformar la vida y hacerla útil para su servicio.

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