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Mi esposo y yo nos sentíamos cansados desde que despertábamos hasta que nos íbamos a la cama…

Por Sara Trejo

Mi esposo y yo nos sentíamos cansados desde que despertábamos hasta que nos íbamos a la cama. Por varias semanas, a pesar de tener el sábado y el domingo, seguíamos igual.

Me empecé a preocupar, ¿qué haríamos para solucionar esa situación? ¿Cuáles de nuestras actividades podíamos recortar para descansar? Pensé que debíamos tomar vitaminas y dormir un poco más temprano.

Estaba en eso, cuando recordé que el cansancio se produce por diferentes situaciones, puede ser físico, emocional, mental o espiritual y muchas veces se relacionan.

Si es físico el agotamiento, una buena alimentación y descanso junto con unas buenas vitaminas harán la diferencia. En una ocasión estaba tan débil que me costaba trabajo aun levantarme en la mañana, pensé que estaba deprimida. Me inyectaron vitamina B y sentí como si la vida me hubiera regresado al cuerpo. Sin embargo, si no hubiera desaparecido sería una señal de alguna enfermedad y debería ver a un médico para que me hiciera exámenes y determinar qué lo producía. Podría ser un problema de tiroides, corazón o hepatitis, entre otros.

Las emociones de dolor, temor y tristeza desgastan mucho. Y como somos personas integrales, no podemos separar lo que sentimos de las reacciones de nuestro organismo. Por eso al estar frágil una parte, se afectan las otras. Descubrir qué ocasiona esos sentimientos y solucionarlo es muy oportuno para resolver nuestra situación. Cuando mi hijo se divorció me sentía agotada, eso afectaba mi desempeño diario en el trabajo y el hogar. Tuve que buscar ayuda para salir de ese bache.

En lo mental sucede de una forma similar. La debilidad puede producirse por estrés, ansiedad, exceso laboral o nervios. Así que dormir y comer bien, además de hacer ejercicio mejoran nuestra condición.

Por último, en la parte espiritual, el cansancio debido a una desobediencia como la de David, cuando adulteró con Besabé y mató a su esposo, provocó que expresara: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos, en mi gemir todo el día” (Salmo 32:3). Su dolor era físico, emocional, metal y espiritual.

En el caso de Elías, cuando luchó en contra de los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y los cuatrocientos profetas de Asera, se cansó tanto que su oración expresó su agotamiento: “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”. Estaba experimentando todos los tipos de cansancio.

En una ocasión me sentí así. Mi esposo y yo llegábamos cada domingo al lugar de reunión, para armar los salones en donde los niños tenían sus clases. Había que subir muebles y materiales en un edificio de tres pisos y al final del día, guardar todo. Solo llegábamos él y yo con dos o tres personas más.

Mi cansancio no desaparecía hasta el jueves de la siguiente semana. Uno de esos domingos, cuando llegué a casa me puse a llorar. En cuanto comí, sentí algo de alivio, pero la verdad es que me sentía triste por la falta de apoyo y en mi espíritu también estaba cansada. Mis hermanos no eran capaces de ver el esfuerzo extenuante que estábamos haciendo y no llegaban los refuerzos, eso me entristecía, frustraba y desanimaba. Dios puso el remedio y nos liberó de esa tarea.

He aprendido que el cansancio es una señal de alerta para revisar cada área de mi vida y hacer lo necesario para corregir lo que no anda bien. Existen metas y objetivos por los que bien vale la pena sentirme así, pero debo revisar si es la voluntad de Dios o solo es mi locura por hacer cosas.

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