Vidas transformadas

Del dolor al propósito

Un día asaltó la sede de la Federal de Caminos de San Luis Potosí, ahí se robó una metralleta con municiones

Por Karina Rodríguez Chiw

El papá de Rosilia se dedicaba al narcotráfico y sus ausencias eran frecuentes, sobre todo porque a menudo lo apresaban y permanecía algún tiempo en la cárcel. Mientras tanto, su mamá sola y con 6 hijos, casi nunca estaba en casa ya que en su afán por buscar el cariño de un hombre mantuvo relaciones con varios, la mayoría de ellos cultivaban mariguana. 

Un día, cuando su papá estaba en la cárcel, su mamá se fue a la capital con un militar y abandonó a Rosilia y a sus hermanos en la casa que tenían en la selva lacandona de Quintana Roo. 

Durante un año sobrevivieron pescando y comiendo frutos silvestres, hasta que su mamá volvió por ellos. Sin embargo, su hermana mayor se escapó ya que tenía miedo de que el militar con el que andaba su mamá volviera a abusar de ella.

Ya en la ciudad de México, Rosilia de 6 años y sus hermanos vivieron en diferentes casas y colonias. Su mamá se ausentaba por largas temporadas ya que se prostituía y ya era adicta al alcohol y a las drogas. Por años vivieron así y tanto Rosilia, como sus hermanos, empezaron a vagar por las calles. 

Durante un tiempo estuvieron en casa de su mamá y su padrastro, pero este abusaba de ella y de sus hermanas. Por miedo a que él siguiera abusando de ella, un día Rosilia decidió escaparse ya que su mamá había sido encarcelada por vender mariguana y no estaba para cuidarlos. Fue así que vivió en las calles en donde empezó a robar en tiendas y posteriormente también en las casas en donde le daban trabajo doméstico. 

A los 13 años la metieron por primera vez a la cárcel, ahí permaneció seis meses. Gracias a los reclusos aprendió nuevas y más sofisticadas técnicas para robar. Al salir ya tenía otra visión y comenzó a practicar lo que le enseñaron, unas veces lo hacía bien otras, mal. Así, fue como empezó a caer en prisión una y otra vez. A veces duraba presa quince días, tres semanas o un mes, el tiempo variaba.

También viajó a diferentes estados del país en donde cometió numerosos atracos. Satanás se convirtió en el dueño de su mente, la guiaba a lugares estratégicos en donde podía obtener grandes botines. Era como un ‘zombie’ en sus manos.

Un día asaltó la sede de la Federal de Caminos de San Luis Potosí, ahí se robó una metralleta con municiones. Esta arma fue el boleto que le dio la posibilidad de unirse a una banda de asaltantes. Un médico a quien acudía con frecuencia para practicarse abortos, fue quien le presentó al encargado de esta agrupación. 

A pesar de que Rosilia tenía una frutería, una lonchería y una jarciería que le dejaban buen dinero, seguía robando. Aunque con lo que obtenía de sus negocios bien podía vivir, Satanás le hacía creer que no tenía nada.

Su sed por robar y tener más crecía día a día. En el fondo quería cambiar pero no podía, estaba esclavizada y dominada por el enemigo. Durante mucho tiempo continuó cometiendo delitos con los cuales obtuvo joyas y mucho dinero. Y a pesar de tener demasiado, nada la llenaba ni lo disfrutaba. Siempre vivía en tensión y con temor de ser atrapada por la policía. Se había convertido en una delincuente profesional adicta al alcohol, a la mariguana y a los fármacos.

Después de estar en numerosas ocasiones presa, en 1980 cayó nuevamente en el reclusorio de Santa Martha Acatitla. Por tener tantos antecedentes fue sentenciada a 8 años de prisión sin derecho a fianza. 

Aunque el panorama en la cárcel era oscuro y sin esperanza, fue ahí en donde conoció al Señor Jesucristo. Una de las reclusas le dijo que Dios estaba vivo. La primera reacción de Rosilia fue enojarse y querer pegarle porque pensaba que no era cierto, ya que si lo fuera Él hubiera hecho algo para que ella no viviera todo lo que tuvo que vivir.

Pero la reclusa le dijo:

—Dios quería cambiar su vida, hacerla una nueva persona.

Esta frase fue el detonante para que aceptara que orara por ella. Después de la oración, Rosilia abrió los ojos y se dio cuenta de que seguía siendo la misma, que Dios no la había cambiado. Se enojó muchísimo y volvió a quererle pegar. Pero tuvo que echarse a correr porque sus compañeras de vandalismo en la cárcel la querían golpear por haber dejado que oraran por ella. Después de lo sucedido, Dios empezó a tratar con ella. 

Rosilia perdió el derecho a ser madre, sus hijos fueron llevados a diferentes casas hogar. Por enojarse y agredir a una trabajadora social fue llevada al ‘apando’, una celda de castigo aislada.

En ese lugar Rosilia le empezó a gritar a Dios, reclamándole su ausencia y el que no hacía nada por ella; que la sacara de ese lugar, y que le devolviera a sus hijos. Alguien afuera la escuchó y le aventó una Biblia, pero ella la tiró hacia una esquina. 

Continuó gritando hasta que escuchó una voz que le decía que Dios no vivía, que estaba lejos y que no haría nada por ella por todo lo malo que había cometido. Era Satanás quien le insistía en que  tenía que matarse porque había hecho daño a muchas personas, a su familia y a sus hijos. 

Rosilia subió unas escaleras para agarrar el foco de la celda y romperlo para cortarse las venas. De pronto, oyó una voz dulce y serena que le decía:

—¡No!, ¡no lo hagas! —volteó y se dio cuenta de que era Jesús quien se lo decía. Se postró de cara al suelo y empezó a llorar pidiéndole perdón por negar que Él estaba vivo. Pero al abrir sus ojos se dio cuenta que nadie estaba a su lado. Lo buscó por toda la celda, pero ya no lo veía. 

Entonces volvió a escuchar a Satanás que se burlaba de ella diciéndole que se había vuelto loca, que Dios no estaba vivo, que lo mejor era que se matara, que sus hijos en el lugar en el que se encontraban llegarían a ser drogadictos, asaltantes, asesinos, prostitutas, peor que ella. Y que además ya lo había perdido todo, que estaba destruida.  

Rosilia sintiéndose derrotada volvió a subir las escaleras para alcanzar el foco y matarse, pero nuevamente la voz dulce y serena la detuvo diciéndole:

—¡No, no lo hagas!

Ella volteó y miró a Jesús con todos sus hijos rodeándolo. Estiró la mano para alcanzarlo y exclamó:

—¡Cámbiame!

De repente la celda se estremeció, empezó a sudar, vomitar y creyó que se iba a desmayar. En un instante toda su vida de maldad pasó por su vista. Se vio en diferentes etapas: robando y prostituyéndose. Cuando las escenas desaparecieron, buscó a Jesús con sus hijos pero ya no lo vio y clamó:

—¡Quiero conocerte! ¿cómo puedo conocerte?

Entonces la voz le dijo:

—¡Voltea! —al hacerlo vio la Biblia, la abrió y la voz le susurró:
—Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre si no es por mí.

Rosilia le rogó:

—¡Enséñame pues al Padre!

Entonces Jesús la llevó hacia el cielo y le mostró al Padre y le dijo:

—Pide. —Ella le dijo—: ¡Sácame de aquí, dame a mis hijos. Quiero salir para decirle a todos quién eres. Quiero que todas mis compañeras te conozcan! —Al poco tiempo regresó a la celda.

Al volver todo a la normalidad, Rosilia entendió que en ese instante el Señor la había cambiado y transformado. Era una nueva persona, una nueva criatura para la gloria de su nombre. 

El resto del tiempo que estuvo en el penal todo fue diferente porque le dio a Dios el control de su vida. Rosilia se dio cuenta que tuvo que tocar fondo para que ella misma entregara su vida a Cristo. Gracias a la misericordia del Señor, estuvo solo un año tres meses en la cárcel y sus hijos le fueron devueltos.

Rosilia Ruíz Guerra fue fundadora y directora del Centro el Recobro, A. C., que cuenta con dos casas hogar. En ellas se da alojamiento, alimentación, asistencia social, médica y espiritual a personas que tienen capacidades físicas y mentales diferentes que se encuentran en la vía pública. También les hablan de la palabra de Dios y les presentan a Jesucristo como Salvador de sus vidas. 

Una de las casas se encuentra en Coyoacán (para mujeres) y la otra en Ecatepec (para varones). Quienes llegan a ellas son canalizados por instituciones gubernamentales como el DIF, entre otras. 

Ella supo que Dios permitió que viviera en carne propia el abandono, la tristeza y el sufrimiento para después poderla usar en este ministerio. Aunque tuvo una vida llena de dolor y de peligro, Dios siempre estuvo con ella y desde el vientre de su madre la preparó para este propósito.

Rosilia Ruiz Guerra, fue llamada a la presencia del Señor el 20 de septiembre de 2019. Sabemos que escuchó: “Bien, buena sierva y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:23).

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