Literatura

Cristo, en Rubén Darío

 Se halla en su obra una contribución valiosa en temas de inspiración bíblica

Por Luis D. Salem

Rubén Darío es quizá el más conocido de todos los poetas latinoamericanos. ¿Qué ideas de Dios proyectaba este genio literario nicaragüense, nacido en 1867? Hay en su obra poética una contribución valiosa en temas de inspiración bíblica.

Entre ellos están los poemas La queja del establo, Los tres reyes magos y La rosa niña.
En el primero hay una interesante plática entre dos jumentos, un buey, una mula y un ángel.
La “mesa redonda” se desarrollaba en el pesebre de Belén, momentos después de haberse marchado Cristo, los pastores y los magos.

Los personajes hablan sobre los cambios que tendrá la humanidad mediante la presencia de Jesús, cambios que también beneficiarán a los seres irracionales cuando “el malévolo humano, que no nos quiere bien” haya sido “sacado del lodo” por la mano del Señor.

Al llegar a esta conclusión, ante la invitación del ángel, los personajes llenos de gozo prorrumpen a cantar. Es entonces cuando la presencia del ángel llena de un esplendor divino la cabeza del buey, la testa del pollino”.

Los tres reyes magos, es un poema breve. En él vemos a Gaspar, Melchor y Baltazar entregando sus ofrendas y haciendo declaraciones de fe, como “existe Dios”. Ante esta realidad el poeta halla que la vida es bella, el amor inmenso y posible la pureza:
“La blanca flor tiene sus pies en lodo”.
Y ante la presencia de Cristo en el mundo, “brota la luz del caos, triunfa el amor y a su fiesta nos convida”. Toda esta serie de manifestaciones las ve el poeta en el mensaje del astro mensajero: “Todo lo sé por la divina estrella”.

En La rosa niña, narra una simpática leyenda donde “una niña de belleza rara” interrumpe el cortejo de los magos que van a Belén, diciéndoles:

Yo sé que ha nacido Jesús Nazareno
que el mundo está lleno de gozo por él,
y que es tan rosado, tan lindo, tan bueno,
que hace al sol más sol y a la miel más miel.

La niña pide a los magos le presenten la estrella para a ir a Belén. Al ser aceptada esa solicitud, estrella y niña viajan a Belén y hallan al niño rodeado de arrullos maternos, “oro en cajas reales, perfumes en frascos de hechura oriental, inciensos en copas de finos metales, y quesos, y flores y miel del panal”. La niña llega sin regalo alguno y se pone “rosada, rosada, rosada, ante la mirada del niño Jesús”. En seguida resuelve entregarle “su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha flor”.

Tanto gustaba Rubén Darío esta leyenda que la cubre con un nuevo ropaje y en Margarita, está linda la mar, nos habla de una princesa que “siguió camino arriba por la luna y más allá”, con el fin de tomar una estrella para decorar un prendedor. Como la viajera iba sin permiso, al regresar al palacio el rey le pide regresar al cielo y entregar la estrella.

Ante la tristeza que le causa a la niña el mandato real, se le presenta a Cristo y en forma sonriente le dice: “En mis campiñas esa rosa le ofrecí. Son las flores de las niñas que al soñar piensan en mí”.

La Paz, es otro de los temas favoritos del ilustre bardo. A este tema pertenece un poema donde dice a los encargados de fomentar discordias:

No reyes, que la guerra es infernal.
Es cierto, cierto que duerme un lobo,
mas también Jesucristo no está muerto:
él es la luz, y el camino y es la vida.

Rubén Darío sabía que el flagelo de la violencia tendría fin el día en que los hombres aceptaran y practicaran en forma sincera las enseñanzas de Cristo. Dice:

“Ante la sacra sangre del Calvario,
se acabarán las sangres de la guerra”.

Pero un cuadro de dolor surge ante el poeta haciéndole decir:

Al llegar las ternuras de Noel,
Santa Claus, el que viene a la cuna del niño,
tuvo que recoger su túnica de armiño
por no mancharla en tanta sangre y tanta hiel.

Vuelve el poeta a sus anhelos de convivencia pacífica pidiendo a sus semejantes que oigan y obedezcan a Dios: “Si los hombres guerrean, es porque nadie escucha los clarines de paz que suenan en el cielo”.

Entre otros poemas de inspiración bíblica están: La ley escrita, La entrada a Jerusalén y el Salmo de la pluma. En este, cita las Sagradas Escrituras e imita la forma del Salmo 119 titulando cada serie de estrofas, con una letra del alfabeto hebreo.

En el soneto Cristo, traducido del portugués, supera a Lope de Vega al hablar del Señor en la cruz. En otro de sus poemas recomienda la oración al decir:

Escribe, siente, trabaja,
ora a Dios como el querube
pues cada oración que sube
es un consuelo que baja.

Del amor del poeta al Libro de los libros, sabemos que este se inició en plena niñez y en la casa del Coronel Félix Ramírez Madreguil, donde existía una valiosa biblioteca. Allí, entre otras obras de orientación liberal, estaba la Biblia, que el poeta leyó con interés.

Se dice también que en la ciudad de San Salvador sufrió un ataque de viruelas y que mientras se restablecía leyó la Biblia con entusiasmo. En esos días nació su soneto El Cantar de los Cantares.

Dicen sus biógrafos que al terminar la redacción de sus poemas, el poeta los leía detenidamente en voz alta. Después se ponía en pie y expresaba su alegría con unas frases del Génesis que llegaron a ser proverbiales en sus labios:
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”.

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