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Vidas transformadas

Cómo casi arruiné una amistad y lo que aprendí

Hace años, compartí un chisme acerca de una amiga y su familia, y ella se dio cuenta

Por Margarita Hord

Voy a hacer una confesión. Los que me conocen tal vez no crean lo despreciable que puedo ser, pero saben que en el fondo, todos tenemos muchas cosas ocultas.

Hace años, compartí un chisme acerca de una amiga y su familia, y ella se dio cuenta. De repente, cuando la llamaba por teléfono, era brusca y distante. Cualquier sugerencia de que nos reuniéramos pronto recibía respuestas vagas. Me tomó tiempo, pero al fin “me cayó el veinte”, como decimos en México. Ella sabía lo que yo había hecho y me veía más como traidora que como amiga.

No me malinterpreten. Mi amiga no era una persona mezquina, ni de esas personas sensibles que se molestan por cualquier cosa, ni una amiga solo cuando todo me iba bien. Había sido un ejemplo y una mentora para mí. Perder esa relación abierta y de confianza fue devastador para mí.

Al principio yo estaba a la defensiva. No era la gran cosa, ¿o sí? Yo no había dicho mentiras, y en mi opinión, no había revelado un secreto terrible y vergonzoso. ¿Por qué lo tomaba tan en serio? (Bueno, esos son el tipo de pretextos que a menudo usamos para defendernos).

Con el tiempo, la verdad ganó la batalla. Estaba yo avergonzada, apenada y arrepentida. Sabía que esperar para que se calmaran las cosas no era la solución. Tenía que confesarme si quería salvar, si fuera posible, nuestra amistad. Mi esposo me acompañó a visitar a mi amiga, para darme apoyo moral.

Nuestra llegada inesperada fue recibida con tibieza. Hace tanto que ocurrió que no me acuerdo de los detalles, pero probablemente dije algo como: “Necesitamos hablar”. Pronto se confirmaron mis temores en cuanto a la razón de su distanciamiento. Hice mi confesión y pedí perdón, casi sin esperar que me lo concediera.

Gentilmente, mi amiga aceptó mi confesión y mi petición de reconciliación. Aun así, la confianza no floreció inmediatamente, sino que tomó su tiempo. A lo largo de los años, nuestras familias compartieron decenas de reuniones e importantes eventos familiares. Saber que la relación había resistido una sacudida tan importante hacía que fuera mucho más valiosa. Sobre todo, Dios nos había tocado a ambas, dándome a mí humildad y a ella la gracia para perdonarme.

A fin de cuentas ¿cuál es la moraleja? El hecho de que todos somos seres quebrantados no es nada nuevo. Me equivoqué gravemente al infligir heridas a otras personas. Sospecho que a la mayoría nos ha ocurrido. La sanidad no está garantizada, pero nos toca a cada uno iniciarla, ¿o no? Cuando eso toma años, las heridas se infectan y puede requerirse una cirugía mayor. Gracias a Dios, tomé acción antes de que fuera más difícil.

También aprendí que algo aparentemente insignificante puede ser un detonante atroz. Eso me recuerda la referencia del hermano de Jesús, Santiago, a la lengua como una llama de fuego, o una chispa que puede incendiar un bosque. “Puede incendiar toda la vida, porque el infierno mismo la enciende” (Santiago 6:3).

El chisme, ya sea hablado o escrito, es uno de esos “males aceptados” que rara vez se considera inmoral, y lo practican personas que parecen ser normales y en general decentes. Pero lo he visto destruir iglesias. Los malentendidos (un primo cercano), han arruinado matrimonios. En los medios sociales, las palabras han llegado a causar suicidios.

Una vez tras otra, he tenido que repasar esta lección. Y me digo: “Si dudas en cuanto a expresar algo, lo más seguro es… cerrar la boca”. “Cuida tu lengua y mantén la boca cerrada,  y no te meterás en problemas” (Proverbios 21:23).

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