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Dios nos recoge en pedazos con el plan de restaurarnos.

Por – Georgina Raudry de Almazán

Todo lo que tiene vida cambia constantemente. El embrión crece en el útero cada día. Una vez que el bebé nace se produce su desarrollo físico, social, mental y espiritual. La mente sigue aprendiendo durante toda la vida.

Existe una mentira que viene de las profundidades del infierno: “Nunca vas a cambiar”. Esta forma de pensar es tan común en nuestra cultura que tenemos dichos populares como: “El que nace para maceta, no pasa del corredor”, “Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, y otros más.

La verdad es que no somos ni macetas ni árboles, sino la creación máxima de Dios, deteriorada por el pecado. Pero en Cristo podemos ser libres para acercarnos nuevamente al Padre, para que nos revele nuestra verdadera identidad y el propósito por el cual nos trajo a esta tierra.

Lo primero que se nos enseña cuando tenemos un encuentro con Cristo es: “Si alguno está en Cristo nueva criatura es, las cosas viejas pasaron he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Dios nos recoge en pedazos con el plan de restaurarnos. Nos escoge por ser débiles para mostrarnos su fuerza y grandeza. Somos menospreciados por el mundo, pero valiosos para Él.

Tenemos que entender que el milagro del nuevo nacimiento que se produce al creer en Cristo, también implica renunciar a seguir nuestro camino equivocado, para tomar el correcto. El Señor obrará una transformación verdadera en cada uno, si decidimos cambiar la ruta, dejar el pecado y los malos hábitos que nos distraen de avanzar hacia la meta. Su voluntad siempre es lo mejor para nosotros y mientras la nuestra nos esclaviza, la de Él nos hace libres.

Decidámonos a seguir a Cristo para cambiar nuestra esclavitud por libertad.

 

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