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No somos un fracaso, solo cometemos errores que se pueden corregir mientras seguimos aprendiendo.

Por -Georgina Raudry

¿Qué hacemos cuando algo no nos sale bien? ¿Nos enojamos y lo dejamos; lo intentamos hasta que nos salga bien; no lo volvemos a intentar o nos sentimos fracasados?

Aunque no nos gusta fracasar y tememos aun escuchar esta palabra, el fracaso puede llegar a ser un gran maestro porque las lecciones dolorosas se aprenden mejor y no tenemos que volverlas a repetir. Pero también nuestros errores pueden ser utilizados por el diablo para hacernos creer que no servimos para nada. Su plan es sumirnos en un mar de desesperanza, que nos quitará el deseo de luchar y avanzar hacia los grandes propósitos que Dios quiere realizar a través de nosotros.

Ahora bien, no somos un fracaso, solo cometemos errores que se pueden corregir en la medida en que sigamos aprendiendo. Nuestra derrota nos afecta mucho más cuando basamos nuestro valor en lo que podemos hacer o en lo que las personas piensan de nosotros.
Este débil soporte emocional nos hace tambalearnos y caer cuando fallamos.

El libro de Josué capítulo 7, versículos 1 al 13, nos enseña algo al respecto.
Después de la gran victoria del pueblo de Israel contra la ciudad amurallada de Jericó, el siguiente reto de Josué, su líder, era conquistar un pequeño pueblo llamado Hai. Envió a un grupo para inspeccionar la tierra y ellos le dijeron:

“No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos”. En lugar de buscar la dirección de Dios, escuchó a sus soldados. El resultado fue desastroso, ya que los habitantes de Hai los hicieron correr y se perdieron treinta y siete vidas.

¿Con cuánta frecuencia solo le llevamos a Dios los asuntos grandes y los pequeños los reservamos para nosotros? Aunque la derrota de Josué también era a causa del pecado de Acán, que había guardado objetos del pueblo que habían conquistado, Josué lo pudo haber evitado si hubiera consultado a Dios primero. Dios le hubiera revelado la condición en la que se encontraba el pueblo para luchar.

¿Cuál es nuestra reacción normal cuando fracasamos? El dolor que sentimos nos hace irracionales y nubla nuestra visión, a veces hasta culpamos a Dios. Eso fue lo que hicieron Josué y los líderes cuando comenzaron a reclamarle a Dios por haberlos dejado solos:

“¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán! ¡Ay, Señor! ¿Qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?  (v. 7-8).

Dios respondió a la acusación de Josué, y le dijo la verdad, algo muy distinto a lo que el enemigo había traído a su mente. Dios le reveló la causa de su derrota: alguien había desobedecido y su pecado había afectado el avance de todo el pueblo. ¿Con qué frecuencia juzgamos por las apariencias en lugar de hablar con las personas involucradas? Esto es un arma del enemigo para ponernos a pelear.

Dios no aprueba la conmiseración, le ordena a Josué: “Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?” (v. 10). El enemigo nos pone a lamernos nuestras heridas y nos sume en la desesperanza, pero Dios no quiere que permanezcamos ahí. De inmediato le revela a Josué la causa de su derrota. Le describe la gravedad del pecado que habían cometido y le da instrucciones precisas para restaurarlos:

“Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros” (v. 13). El capítulo 8 de Josué relata la estrategia de Dios que lleva a la victoria a Israel sobre Hai.

Los fracasos nos enseñan:
1. Que siempre, siempre, siempre, debemos pedir primero la dirección de Dios en todo lo que hagamos, en las grandes y en las pequeñas decisiones. Es más fácil escuchar a la gente, bien intencionada, pero es mejor escuchar a Dios, quien nos dará instrucciones perfectas porque ve el cuadro completo.
2. ¿Qué pecado tenemos que quitar para que Dios nos dé victoria? Debemos escudriñar nuestro corazón para ver si hay algún pecado oculto, una mala actitud o un mal hábito, que le impida a Dios caminar a nuestro lado para pelear nuestras batallas.
3. Dios no quiere que permanezcamos tristes por nuestros errores, quiere que nos levantemos y lo volvamos a intentar, ahora con su dirección y con las lecciones que aprendimos de los errores.

El fracaso puede ser muy útil para limpiar nuestro corazón de cualquier pecado que tengamos escondido. Como lo podemos ocultar de la gente, nos tardamos más en renunciar a él, nos acostumbramos a él, y tal vez hasta lo justificamos. Pero Dios lo ve y nos mantendrá en derrota hasta que renunciemos a eso.

El deseo de Dios es que tengamos éxito en todo (Josué 1:8). Solo tenemos que meditar en Su Palabra, llenar nuestra mente de Su instrucción y obedecerla. Solo entonces nos irá bien y seremos prosperados en todo, porque Dios estará al mando de nuestra vida. Tal vez podremos descubrir habilidades escondidas, desarrollar creatividad y tendremos un entusiasmo divino para nunca darnos por vencidos. No todo en la vida es fácil, pero con el Espíritu Santo en nosotros, podremos vencer cualquier reto por grande que este sea.

 

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